29/04/2010

Origen de los cerdos

Una sociedad como la nuestra en la que diferentes razas y culturas están llamadas a entenderse, pese a quien pese, se convierte en un rico caldo de cultivo para la intransigencia, la intolerancia y la xenofobia. Hermanas y hermanos de otros pueblos se ven obligados, como le sucedió al nuestro en otras décadas, a seguir la ruta que marcan la desesperación y la miseria en busca de una vida y un futuro más dignos para ellos y sus familias. Esa quimérica busca de El Dorado en la vieja Europa no siempre tiene un final feliz. Muchos se ven atrapados en una espiral de marginación que les conduce a ser carne de explotadores y candidatos a residir en nuestros centros penitenciarios. Y no siempre los delitos que les ponen entre rejas tienen que ver con la violencia, el robo o todo el catálogo de fechorías que, de forma espontánea, algunos políticos y conciudadanos asocian con la inmigración. En ocasiones, el terrible crímen por el que son enchironados, se debe exclusivamente a esa compulsiva osadía que tienen algunos de estos pobres desgraciados por sobrevivir. Esa obcecación por comer, y poder mandar algo de dinero a sus hogares para que hagan lo propio, aunque sea a costa de desafiar a la Justicia cometiendo la execrable falta de vender en el top manta. Un atentado contra el orden establecido imperdonable en el país de la rectitud y la honestidad. En esta tierra libre de corruptos donde no tienen cabida políticos marrulleros ni banqueros ávidos de sangre que, a pesar de no proceder de Transilvania, están bregados en las técnicas del empalamiento colectivo. En la España de la beatitud empresarial donde resulta inimaginable que el contratador se aproveche de la necesidad del contratado para exprimirle hasta la última gota de su sudor bajo los plásticos almerienses alojándoles, tras interminables jornadas de trabajo, en infectos barracones no aptos para humanos. Este mundo occidental y civilizado que, inmerso en una crisis perpetrada por tiburones financieros arropados por la insensata política del crecimiento ilimitado, ha generado monstruos insaciables a los que, tras el hundimiento de sus naves, exigen a las víctimas que achiquemos el agua con nuestras propias manos y que arrojemos los lastres que les impiden reflotar, o refundar, sus fantasmagóricos navíos.

Estos piratas conocen bien el arte de provocar algaradas entre la marinería. Nos enfrentan en una cruenta lucha entre la misma clase obrera, haciéndonos creer que el enemigo no son ellos. Que quienes nos roban el pan y los derechos no vienen de Valencia, Madrid o de Mallorca ni visten finos paños o presiden organizaciones patronales. Que acuden en pateras o cruzan a hurtadillas las fronteras camuflados de harapos con los que tratan de esconder la vergonzosa y delatora morenez de sus pellejos.

Y no solo en España. También en Austria, Italia, Hungría y gran parte de Europa el capitalismo ha resurgido, mucho más sangriento y amoral si cabe, azuzando a las masas proletarias contra los peones desechables extranjeros. Ahora que los trabajadores patrios estamos preparados, gracias a la inseguridad y el desempleo, a bajarnos los humos en nuestras pretensiones laborales ha llegado el momento de tirar a los inmigrantes por la borda. De aprovecharse del miedo y de la incertidumbre que nos encoge el alma para rentabilizar el racismo electoralmente. Para penalizar la solidaridad entre los trabajadores creando subclases, en virtud de la procedencia, entre el mismo género humano.

Estos predicadores del odio contra los nuevos parias de la tierra, los inmigrantes, son los expendedores peperos de panfletos racistas en Badalona o los depravados patriotas de Democracia Nacional que, ignorando totalmente no solo la cultura foránea sino la suya propia, entierran cerdos en el solar destinado a construir una mezquita para propagar la semilla de la rabia desde la profundidad de sus abominables corazones. Los mismos que desde su página web vierten lindezas golpistas como esta:

«Haremos lo posible por subir al poder y echar a esa caterva de ratas criminales y antiespañolas que nos gobiernan desde sus escaños y tribunales».

Y todo esto sin que nuestra espléndida democracia se plantee la ilegalización de estos terroristas verbales frente a la incuestionable ilegalidad que las leyes atribuyen a algunos seres humanos por su condición de «sin papeles».

Y ya que hablamos de orígenes. ¿Se han preguntado cuál puede ser el origen de todos estos bucaneros y de sus secuaces?

Por mi parte, como casi siempre, la respuesta está en la poesía. Y una vez más citaré a Miguel Hernández para decir que únicamente son: «cerdos con un origen peor que el de los propios cerdos».

La fotografía que ilustra este artículo es de Primo Romero.