Sociedad - 20/07/10

Vidas perras

Dejé de acudir a los toros cuando me empezaron a parecer un espectáculo caro, tedioso y fraudulento. Hasta entonces lo defendí públicamente, como cuando compartí mesa en el paraninfo de la Universidad de Zaragoza con Victorino Martín y Luis Francisco Esplá. Aquel día, media docena de antitaurinos intentaron reventar el acto entrando a gritos en el recinto y lanzando bombas fétidas. El comportamiento del público, que llenaba el salón principal de la universidad, fue de un sorprendente civismo, pues nadie salió a repeler la agresión.

Puedo comprender el rechazo de quienes identifican los toros con maderas resquebrajadas pintadas de rojo y gualda y un olor tórrido a sangre y excrementos, que atrae a las moscas y a los abanicos. Mas los toros han dejado hace tiempo de ser la fiesta nacional, relegados por el fútbol.

Los toros pacen durante cinco años en un hábitat construido para su felicidad, en un paraíso natural modelado por el hombre. Qué diferencia con esas granjas que constituyen el primer eslabón de la producción animal o con la situación que padecen algunos animales domésticos, como los gatos castrados que viven solos en pisos diminutos la mayor parte del día o los mastines que jadean sin parar en el largo estío zaragozano o que son recluidos toda una vida en un patio de luces.

Nuestra sociedad no distingue entre animales domesticados y animales domésticos. El hombre domesticó a los primeros animales hace miles de años, pero no los desnaturalizó. Ni los humanizó. Aún hoy, la ganadería trashumante permite una perfecta integración del hombre, de los rebaños y de los perros con la naturaleza. Esta realidad nada tiene que ver con la de los animales domésticos del mundo urbano.

Nuestra sociedad está lamentablemente condicionada por las melancólicas baladas de amor y por las películas de Walt Disney. Podemos encontrar en las fábulas y en algunas singulares obras literarias animales que hablan, pero hasta las grandes producciones de la fábrica Disney no nos encontramos con animales que hablan y que sienten como los seres humanos. Y esta errónea “humanización” de los animales está pensada para nuestra felicidad, no para la de ellos.

Desconozco si el sistema nervioso del toro es similar al del hombre. He leído y oído teorías totalmente contradictorias al respecto. Ahora bien, lo que sí tengo claro es que deberíamos distinguir entre el dolor físico y el sufrimiento humano. Porque nuestro dolor se agrava porque somos seres con conciencia, con capacidad para verbalizar nuestros males y los sentimientos que afloran cuando los padecemos, con consciencia de las causas y de los causantes de los mismos. Nos enternece Bambi porque es como nosotros, aunque su comportamiento nada tenga que ver con el mundo real de los cérvidos.

Ya dijo Oscar Wilde que no hay nada más maravilloso que el sufrimiento humano.

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