Internacional - 16/11/10

Los indómitos saharahuis

Existen pueblos empeñados en desafiar a su destino. Son gentes obstinadas en una supervivencia inconveniente para otros, que se revuelven enconadamente contra su holocausto. Resisten en nombre de una dignidad que la comunidad internacional les mantiene secuestrada desde hace varias décadas. En medio de la nada y careciendo de todo. Rehenes de un desierto que se ha convertido en una desolada cárcel de arena a cielo descubierto. Estos indómitos saharauis, como esos otros palestinos, no quieren entender lo que incomoda su existencia. Su determinación en seguir vivos, enturbia la fluidez en los negocios y la política. Surgen problemas “estéticos”, como la sangre derramada por las fuerzas de seguridad marroquíes, que son demasiado visuales para poder seguir maquillándolos con palabrería y vaguedades.

Pero la realidad es que los saharauis no le importan a nadie. Ni a Estados Unidos, a quien le conviene la férrea dictadura de Mohamed VI para controlar el fundamentalismo islámico en la zona. Ni a Francia, que ya colaboró en las infamia junto a su antigua colonia, a golpe de bomba de napalm y fósforo blanco. Ni a España, esa Madre Patria contra natura que renegó de sus hijos cobardemente en el pasado y que ahora antepone los caladeros de pesca y los intereses empresariales a la defensa de los derechos humanos. Ni a la ONU, cuyas resoluciones sobre la autodeterminación del pueblo saharaui y la legalidad del Frente Polisario no pasan de ser una mera declaración de principios de un organismo que se manifiesta incapaz para resolver el conflicto. No, los saharauis no les importan a nadie. O a casi nadie, porque la derechota nacional, con González-Pons como portavoz de la cruzada, han visto rentabilidad en la causa saharaui y se han apuntado al carro de las movilizaciones ciudadanas obviando que, durante sus legislaturas, el gobierno del PP no movió un dedo para ofrecerles su apoyo. Muy por el contrario, durante este periodo se fraguaron muchos tratos financieros con Marruecos que implicaban un tácito compromiso de silencio sobre la política alauí para el Sahara.

Así que, como en este territorio no existe petróleo ni otro recurso apetitoso para las potencias mundiales, la ética y la justicia no son suficientes acicates para mover las voluntades diplomáticas y acabar con la masacre. No me voy a centrar en la deuda histórica que nos une a este pueblo. Quiero trascender sobre este dato y resaltar el ejemplo moral que nos aportan. En un mundo donde todo parece estar predestinado lo más sencillo sería doblegarse al poderoso. Rendirse para intentar minimizar el sufrimiento. Pero los saharauis nos están dando un testimonio de resistencia pacífica frente a la fatalidad. Algo que, en los tiempos que corren, nos hace mucha falta.

Somos muchos quienes lloramos con sus lágrimas y sangramos de vergüenza por sus heridas abiertas. Una marea humana a la que nos repugna la supremacía de los intereses económicos sobre los derechos legítimos de las personas.

Pero como no se le puede pedir que ejerza el uso de conciencia a quien carece de ella, los gobiernos del mundo deberían reparar en otra cosa: Quien nada tiene que perder se convierte en el más peligroso de los enemigos. El hostigamiento que sufren los palestinos se ha transformado en una factoría que exporta terroristas. En el Sahara podría ocurrir lo mismo.

Si se siembra odio, no debería extrañarnos que las cosechas acaben siendo letales.

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