Cultura y Sociedad - 29/12/10

Cultura, tablón de anuncios diciembre 2010

Chesús Yuste, ya lo sabíamos por haberle oído estupendas conferencias sobre el tema, es además de un respetable político, un gran conocedor de Irlanda, a la que ama y estudia apasionadamente. De ahí que no nos haya sorprendido su novela La mirada del bosque (Paréntesis), ubicada entre esa arboleda de palabras impronunciables, y con un estilo detectivesco impecable. Estupendamente escrita, muy recomendable para cuantos aman, amamos, amáis, ese género híbrido, ágil, fuerte crítico social. Se lee muy bien, incluso por su aspecto, letras, etc.

Dos muertes recientes en Zaragoza de dos personas del mundo cultural: Santiago Lorén y Joaquín Mateo Blanco. Dos personas ligadas al periodismo, a la transición política. Lorén, médico ginecólogo, profesor un tiempo de Historia de la Medicina, escritor que tuvo hace más de medio siglo uno de los primeros premios Planeta por Una casa con goteras, novelista de pluma fácil y cercana, protagonizó en la transición un papel de puente, presidiendo la edición aragonesa del diario Pueblo, rodeado de un interesante equipo, y rozando con más ganas que suerte la política de centro en sus comienzos. Mateo fue en los años sesenta una excepción en aquél régimen, por su humor caústico, su control del “techo” que la censura permitía (llegué a llamarle el “Emilio Romero zaragozano”), sus cintarazos a diestra y sobre todo siniestra, sus ediciones hoy muy raras de encontrar. También por impulsar y dirigir una Escuela de Gerentes de Cooperativas realmente singular, con ediciones muy curiosas del socialismo utópico y buenos y aprovechados alumnos. Dirigió, además, la Biblioteca de Aragón y a los Amigos del Libro, con entusiasmo un tanto escéptico. Descansen ambos en paz.

Mateo Blanco a la derecha

Santiago Lorén, foto de Carlos Moncín

Las buenas gentes de Xiloca, ribera y centro de estudios en torno a Calamocha, han dedicado el número 38 de la revista de ese nombre a quien fuera entusiasta animador cultural del grupo, Ángel Alcañíz, de cuya semblanza y biobibliografía se ocupa, cómo no, José María de Jaime Lorén. Otro histórico del mismo nido, José Hernández Benedicto publica La jota en el Jiloca, un libro (y disco) que a buen seguro ya habrá hecho las delicias de nuestro principal estudioso y promotor del canto y baile, José Luis Melero Rivas.

La Jota en el Jiloca de Ángel Alcañiz

Consideramos una buena noticia –y al comentarla hemos comprobado que ha trascendido muy poco todavía- la edición en aragonés de Os cuatre Ebanchelios d’o nuestro Siñor Chesucristo, realizada por el ya fallecido escolapio Pedro Recuenco, un gran filólogo. Las Escuelas Pías, de origen aragonés por su fundador, es bien sabido, van por do solían, y se embarcaron en esta hermosa tarea editora, con ayuda del Gobierno de Aragón y de la Federazión de Ligallos de Fabláns de l’Aragonés, que revisa y ratifica el texto. Un texto por cierto que suena a caserío, a aldea, como nuestra lengua minoritaria, a veces incluso a divertida chanza, que nunca irreverente. Siendo, como es, la base de las creencias y la ética cristiana, qué bien que también tengan sus fieles una edición en que, quizá, encontrar viejas esencias familiares.

Evangelios en aragonés

Hesperia, la veteranísima y excelente librería –desde hace años ya sólo anticuaria, de prestigio internacional-, acaba de publicar su catálogo número 75. Amigos ante todo, orientadores, ayuda para tantos de nosotros en años de transiciones y buscas, los Marquina (don Santiago, luego Luis, ahora Nativel, y siempre con ellos Nati, los otros hijos, el llorado yerno Vicente Pascual Rodrigo) han supuesto un hito en la cultura zaragozana. Me temo que, ay, esta ciudad (su Ayuntamiento, sus instituciones, sus gentes) es demasiado olvidadiza, si alguna vez supo de estas aventuras y grandezas de ánimo. Llégueles, al menos, nuestra gratitud y cariño.

Cuatro personas preseciamos el domingo 5 de diciembre por la noche, en los beneméritos cines Renoir, la proyección de Flamenco Flamenco, de Carlos Saura. Temíamos que, como ocurrió con la fabulosa Fado, no se llegara siquiera a proyectar, apenas se pasó un en el Centro de Historia sin mayores ecos. La película, en la línea de sus espectaculares y magníficas películas documento musical y de danza, como Sevillanas, Tango, la primera serie de Flamenco de hace cinco años y la ya citada Fado, es una obra de arte. ¿Por qué no va la gente a ver estas maravillas? Creo que no se enteran bien, que no se las acoge por nuestras autoridades culturales, que la prensa apenas lo anuncia. Y luego le pedimos que haga una más de esa serie, sobre la jota. Y Carlos Saura, somarda de Huesca y excelente persona además de genial cineasta, mirará para otro lado con discreción, para no insultar a cuantos le ignoran. El artista, más que premios políticos, quiere que se le conozca, se vean sus obras, incluso que, como ocurre a veces, se le critique y denoste. Lo peor es esto, la ignorancia absoluta con uno de los nuestros más grandes.

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