Cultura y Sociedad - 06/02/11

Quien bien te quiere…

Me despierto esta mañana dominical con la noticia de dos brutales asesinatos que se suman a la interminable lista de crímenes por eso que se viene a llamar “violencia de género”. Una vez más, una mujer y su hijo pierden la vida de manos de quién, en algún momento, le susurró hermosas palabras de amor a los oídos. Una rabia sorda va creciendo desde la boca de mi estómago para tomar forma de estruendo al llegar a la cabeza. ¿Violencia de género? Yo iría un poco más allá.

Según informes desarrollados por las Naciones Unidas no existe ningún país del mundo, por civilizado que se crea, donde mujeres y hombres tengan las mismas oportunidades. Partiendo de esta base podemos entender que es precisamente esta desigualdad la que genera la violencia contra el género femenino. Pero para que el crimen sea perfecto no solo necesitamos un macho dominante y desequilibrado. Es imprescindible todo un entramado social y familiar que perpetúe la discriminación y de cobertura a actitudes que atentan contra la libertad, dignidad e igualdad de las mujeres.

De lo que hablamos pues es del sometimiento consentido y consensuado, también por gran parte de la población femenina, de la mitad de los seres humanos de este mundo. Esto supera ampliamente el término “violencia de género”.

Sus manifestaciones son múltiples y variadas. Desde los asesinatos perpetrados por la propia pareja hasta los feminicidios de ciudad Juárez. Mutilaciones genitales, tráfico sexual, selección de sexo e incluso infanticidio femenino son solo algunas de las perlas del rosario con el que se estrangula la integridad física y moral de las mujeres del planeta. ¿Qué decir de esa adolescente ejecutada a latigazos por el execrable delito de haber provocado la lujuria de un adulto que decidió violarla?

Pero a pesar de estas infamias de género la comunidad internacional no se conmueve. Apenas unas palabras de condena. Al fin y al cabo, los consideran asuntos “domésticos”. Domésticos, que debe venir de domesticar sin duda alguna.

Recientemente he tenido el placer de leer la obra de la escritora Clarissa Pinkola, Mujeres que corren con los lobos. La autora establece un paralelismo entre las mujeres y los lobos. Ambos comparten valores comunes como la sociabilidad, una aguda percepción, la resistencia o el fervor por cuidar de su camada. Y curiosamente, comparten algo más: Un acoso secular y sistemático por parte del hombre que ha originado un alto riesgo de extinción para los lobos, pero también para la parte más libre y salvaje de nuestra psique: la femenina.

Las consecuencias negativas no son únicamente para las mujeres. La doma del animal humano a cargo de su propia especie también ha mutilado al macho. Ha reprimido su parte emocional impidiendo que explorara libremente cualidades como la compasión o el afecto.

Todos perdemos con este modelo represivo. Hay que romper con la complicidad social para acabar con la sangría. No podemos seguir educando a los hombres para que se sientan superiores a sus compañeras. Y no debemos olvidar que parte de esta responsabilidad está en nuestras manos, las lobas humanas que criamos a nuestras camadas adjudicando roles o aceptando la supremacía de la casta dominante masculina.

Esta es la mayor revolución que tenemos pendiente. Así lo entendían, allá por el año 1934, la sección de Mujeres Libres del sindicato anarquista CNT. Sus objetivos eran educativos pero ponían especial interés en formar a las mujeres en la autoconfianza para que pudieran participar como iguales en la gestación de un mundo mejor. Ellas insistían en que no querían sustituir la dominación masculina por la femenina. Reclamaban una relación entre iguales dentro y fuera del hogar. Por eso criticaban a la familia tradicional patriarcal y pugnaban por otro modelo basado en la libertad, solidaridad e igualdad entre los miembros

Para MM.LL. la revolución debía socavar la dominación machista porque esta era la auténtica clave para transformar la sociedad. Sus ideas, aún hoy en día, continúan siendo dolorosamente trasgresoras para una sociedad que sigue sujeta al yugo de estos atávicos lastres.

Pero nosotras, las mujeres que atendemos a la llamada salvaje de la selva, sí que podemos hacer algo por nuestra cuenta. Nuestro es el poder de inculcar a los cachorros que todos somos seres humanos libres e iguales independientemente del sexo al que pertenezcamos.

Enseñar a nuestros hijos que llorar es de muy machos y a nuestras hijas que, quien bien te quiere, te hará reír.

A lo mejor de esta manera, consigamos contribuir a un futuro donde las relaciones humanas estén basadas en principios más justos y progresistas sin que nadie sea estigmatizado por su género u orientación sexual.

Vamos, lo que algunos percibimos como un mundo mejor.

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