Cultura y Sociedad - 17/03/11

Los liquidadores de Fukushima

La concatenación de catástrofes que asola Japón estos días nos vuelve a enfrentar de bruces con el dilema de la energía nuclear. Sus riesgos, infinitamente superiores a las ventajas que nos quieren hacer creer, toman cuerpo y amenazan cualquier forma de vida biológica en el país nipón. Todavía es difícil prever las dimensiones de la tragedia. Aún es pronto para determinar el alcance sobre las personas, los animales, las plantas o por cuanto tiempo quedarán contaminadas el agua y la tierra. Tampoco podemos predecir hacia donde soplará el aire que porta una  carga radioactiva y que en estos momentos acaricia letalmente las costas norteamericanas. Se calcula que el desastre de Chernóbil envenenó la zona afectada por un periodo de 24.000 años. Este dato es, sin duda, el argumento anti-nuclear más duro y contundente que podemos esgrimir.

Pero como la codicia y la insensatez humana no tienen límites aún escuchamos las voces de quienes, escudándose en la crisis energética, siguen apostando por lo que defienden como una fuente limpia y segura. La liberalización de los mercados eléctricos ha servido para que las medidas de seguridad y el personal se redujeran al mínimo exigible. Y aunque así no fuera, lo ocurrido en Fukushima nos demuestra que la Naturaleza es ingobernable. No hace falta un terremoto de proporciones dantescas. Las inundaciones, sequías, cortocircuitos o fallos humanos pueden desencadenar un episodio similar.

Además la vulnerabilidad de la centrales ante un ataque terrorista ha sido puesta en evidencia por las acciones pacíficas de los ecologistas de Greenpeace. Incluso Ecofontaneros, ese otro Greenpeace local con cachirulo que organizamos a finales de los 80, consiguió que sus activistas se encaramaran a una de las torres de refrigeración de la central de Garoña.

Sin embargo este artículo no está impulsado por mi determinación anti-nuclear. Lo que me empuja a escribir hoy, desde la más profunda de las tristezas, es la aparición en escena de esas cincuenta personas, los liquidadores, que están dispuestos a arriesgar sus vidas para intentar preservar las de los demás. Ingenieros, bomberos o albañiles, trabajadores todos, que no ignoran que su valor puede acarrearles la muerte o, aún peor, una existencia marcada por las consecuencias de la radiación.

Imposible retraerse a la memoria de otros liquidadores, los de Chernóbil, que tan duramente pagaron las consecuencias de su heroico comportamiento. Se estima que fueron unos 700.000 los reclutados por la Unión Soviética para esta tarea. Algunos de entre ellos podían adivinar el destino que les aguardaba. Otros, simples campesinos o soldados a los que se les ofrecía sextuplicar su sueldo y un utilitario de regalo, se entregaron a estas labores con ridículos petos de hojalata, aluminio o plomo en una desproporcionada lucha de la pala contra el átomo.
Hacían turnos de apenas cuarenta segundos. 8.500 murieron de forma casi inmediata. Los denominados como “los gatos del tejado” fueron las primeras víctimas de la sinrazón nuclear. Del resto, a estas alturas no sobreviven ni la mitad y quienes consiguieron hacerlo padecen horribles enfermedades con las que tienen que lidiar hasta el último día. La respuesta a su patriótico comportamiento fue el desamparo. Como si su presencia, el recordatorio perenne del peligro radioactivo, fuera otro deshecho más del que la vieja URSS quiso librarse enterrándolos en el más oscuro de los olvidos.

¿Héroes o víctimas? Posiblemente ambas cosas. Los liquidadores de Fukushima, conscientes del peligro, no dudan en exponerse a la muerte invisible para menguar el apocalipsis que se cierne sobre su pueblo. Están hechos de otra pasta. De esa materia intangible con la que se forja el carácter de los semidioses. Son mártires por la locura de una especie que antepone los índices bursátiles a la conservación de cualquier tipo de vida.

Pero ante todo son trabajadores. Compañeros inmolados inútilmente por la cerrazón y la avaricia de quienes desestiman invertir en desarrollo e investigación para encontrar otras fuentes de energía.

Desde el dolor y la rabia escribo este último párrafo en su nombre. En el de todos ellos, soviéticos y japoneses. Esperando que este incidente sea el último. Que no necesitemos sacrificar más héroes. Confiando en que aprendamos la terrible lección que nos está dando el Planeta y abandonemos para siempre este sendero de horror.
Y por si así no fuera, luchemos por despertar las conciencias de la gente. Son muchas las manifestaciones que están brotando espontáneamente en todo el mundo. El próximo jueves a las 20hs. en Pza. España de Zaragoza está convocada otra con el mismo fin. Peleemos por un futuro donde el aire sea respirable y las aguas no se conviertan en una amenaza para la supervivencia. Esta es la única apuesta sensata que podemos hacer.

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