Cultura y Sociedad - 18/04/11

La casta de los parias

La escena sexta de Luces de Bohemia reproduce un breve encuentro en los calabozos entre Max Estrella y un anarquista catalán. El poeta pregunta a su compañero de infortunio: ¿Quién eres? A lo que el reo responde: Un paria. Para añadir después: soy lo que las leyes me han hecho.

La conversación entre los reclusos es breve porque la ejecución del obrero es inminente. Pero su lucidez sobrecoge, aún más ahora, cuando millones de españoles están conducidos a engordar ese ejército de parias desposeídos de su dignidad por obra de la codicia de las castas dominantes. 

La obra de Valle-Inclán se desarrolla a finales del siglo XIX. Una época convulsa y salpicada de tragedia en la que la miseria condujo a muchos trabajadores a fraguar un ideal revolucionario. En el siglo XXI, en la misma España que indujo al suicidio a Max Estrella, la desigualdad y la injusticia lejos de resolverse, extienden su alargada sombra sobre una legión de excluidos y desheredados del sistema.

Solo en una sociedad que antepone los dividendos y la competitividad al bienestar del pueblo podrían darse casos como el de Telefónica. Una empresa sólida, levantada con el dinero de todos para ser posteriormente vendida, por el ínclito Aznar, a los tiburones mercantiles. Y para rizar el rizo del cinismo financiero, con unas ganancias declaradas superiores a los 10.000 millones de euros, decide despedir a 6.000 trabajadores mientras incentiva con bonus millonarios a sus altos directivos. Como la avaricia es contagiosa, son muchos los empleados que sueñan con ser los agraciados en esta ruleta rusa de despidos, transformados en pre-jubilaciones de lujo a cuenta del estado. El resultado, ya se sabe, será sustituirlos por subcontratados “low cost” o por esos becarios de saldo que la reforma ha servido en bandeja a la moderna esclavitud empresarial.

Éstos y los desempleados son los nuevos parias de la tierra. Peones rotos por la especulación de los mercados conducidos inevitablemente a un futuro de pobreza y marginación. Pero tan siquiera eso es admisible. Inmigrantes, mendigos y en general todos los que “afean” con su antiestética presencia en las calles, deben ser barridos como escoria para sanear la imagen de nuestras ciudades. Y también son muchos los respetables ciudadanos que, distantes de empatizar con los más infortunados, apoyan estas medidas de limpieza ofendidos y temerosos de que algún día les salpique el hedor de su indigencia.

En días como hoy, cuando una batería de noticias a cada cual más intragable me revuelve las entrañas, me identifico plenamente con el esperpéntico personaje del poeta ciego. También yo me siento como el dolor de un mal sueño del que no encuentro manera de poder despertar. Y simultáneamente, me introduzco en el pellejo del anarquista patibulario que predice que la única forma de atajar esta ignominia es la de destruir la riqueza.

No basta una guillotina eléctrica que seccione las cabezas de los usureros. Como decía el condenado, siempre surgirá un heredero o pretendiente que conspire para recuperar el imperio arrebatado. Hay que hacer imposible el orden anterior. Y esto implica otro tipo de limpieza, menos sangrienta pero mucho más profunda. Recuperar la humanidad sería un buen comienzo. Para ello habría que comprender nuestra fragilidad dentro de un sistema depredador que no distingue entre sus víctimas. Hoy puedes ser un tipo afortunado con un empleo estable, una familia y un techo donde cobijarse y mañana, los índices bursátiles invierten tu destino y pasas a formar parte de la humeante montaña de basura que la comunidad de Madrid, la ciudad de Granada o las “misericordiosas” patrullas ciudadanas de Triana acosan como jaurías enajenadas a los más elementales principios solidarios.

Es otra clase de revolución la que tenemos pendiente. Una que explote en el corazón de los hombres y las mujeres para agitar violentamente ese rincón donde escondemos la conciencia. Que nos obligue a indignarnos y reaccionar. A convertir la justicia social en un derecho inalienable que ponga cotas a la desmedida ambición de algunos miembros de nuestra propia especie.

¡La barbarie ibérica es unánime! -clamaba Max Estrella-. ¿Donde está la bomba que destripe el terrón maldito de España?

Quiero pensar que este artilugio puede anidar entre los que nos afiliamos voluntariamente a la casta de los parias. Los que sentimos como propia su desgracia y no nos resignamos tranquilamente al descabelle. En esos que todavía pretendemos enderezar la concavidad del espejo para mostrar crudamente la tragedia y abandonar el esperpento de esta España que aún nos duele.

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