Cultura y Sociedad - 10/07/11

La guerra de los mundos

El conflicto siempre ha sido Norte-Sur. No tiene que ver con ser de izquierdas o derechas, conservador o progresista. El 20 % de la población mundial posee el 80 % de la riqueza del planeta. Ellos representan a ese Norte privilegiado y exclusivista que cierra las fronteras y blinda leyes para conjurar la miseria de otros pueblos. Al Norte explotador que tras extraer toda la riqueza de sus colonias se desentendió de su destino. Al desentrañado que vende armas a los sátrapas con los que compadrean por el business, aunque saben que serán empleadas para masacrar inocentes. A esta elite humana que se nutre de la guerra y el hambre. De la inestabilidad de los países más pobres que, asfixiados por la deuda externa y la violencia interna, se ven obligados a ofrecer sus productos a los ricos a precios de saldo.

La pobreza que generan está creciendo exponencialmente incluso en el considerado como primer mundo. En la Unión también tenemos Norte y Sur. Todas las estrategias de rescate, recortes y demás medidas encaminadas a salvarnos de la hecatombe se demuestran inútiles e incluso contraproducentes. Que la reforma laboral no ha servido para crear empleo es un hecho constrastable. Como la precariedad y el incierto futuro en el que se ven envueltos los contratos, convenios y todos los derechos arrancados históricamente por la lucha obrera.

Los desahucios aumentan. Cada vez son más los ciudadanos que pasan a formar parte de ese Sur exprimido y desechado en la cuneta. Se agita el señuelo del racismo, la versión del clasismo extremo contra los más débiles, para canalizar la rabia de las masas lejos de los auténticos responsables de sus problemas. Occidente construye murallas para mantener a la indigencia que ha creado fuera de sus fronteras. De la misma forma, levanta la tapia de las desigualdades en su propio territorio. Día a día, el injusto reparto de la riqueza hace más profunda la brecha entre ambos mundos.

El Norte es el Gran Dictador al que se refería Chaplin en el discurso final de su primera película hablada.  Esa bestia que desprecia y esclaviza a la raza humana tratándonos como ganado y robándonos la libertad y la alegría. El genial Charlot nos exhortaba a desafiar al monstruo. Aseguraba que los dictadores del mundo acabarán cayendo y el pueblo recuperará el poder que no se le debería haber sustraído.

Por una cuestión de equilibrio natural, puede que Chaplin no se equivocara tanto. El mundo que habitan los del Norte permanece impasible a las señales, ciego de codicia. No quiere ver las vacas exprimidas que el hambre le pasea ante los ojos. Ni las desafiantes quijadas que se alzan contra las barrigas satisfechas de estos cerdos que tienen peor origen que los cerdos.

Cuando estalló la crisis, la guerra de los mundos volvió a recrudecerse. Los gobiernos decidieron apoyar a los poderes financieros. No podían calcular la explosión de rebeldía que encendería primero a los países árabes y luego se extendería por el resto. Tampoco alcanzan a prever sus consecuencias. Siguen amorales y fieles a un sistema que se resquebraja. Se están volviendo temerarios y estúpidos.

Ajenos a que los humanos no somos objetos de mercado y  a que, en el Sur, se nos está acabando la paciencia.

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