Política - 29/09/11

El caso Vadillo

El nuevo director general de Cultura del Gobierno de Aragón, discutido desde su nombramiento por muchas personas relacionadas con ese amplio y rico mundo, ha respondido el jueves 22 de septiembre a una oportuna entrevista de Mariano García para Heraldo de Aragón: “Mi opinión personal sobre la cultura es irrelevante en este momento: soy gestor”. Parece así desmarcarse de todos sus escritos, declaraciones, blogs anteriores, en que despreciaba nuestras otras dos lenguas (aragonés y catalán), calificaba de “titiriteros” a los trabajadores de la cultura, negaba que ésta debiera subvencionarse, etc., que llevaron a la sorpresa y el estupor en cuanto se fueron conociendo, tras ser nombrado.

Parece que prácticamente nadie le conocía, y se duda si es una apuesta decidida y consciente de la consejera de Educación, Cultura y Deporte, mi amable y entusiasta colega María Dolores Serrat, o ha sido un “gol” que alguien, proponiendo a tan exaltado personaje, le ha metido nada más comenzar su andadura. Quizá no lo sepamos nunca, pues los políticos, y este nuevo Gobierno del PP en especial, suelen ser muy cautos y, utilizo otro símil futbolístico, “sacar balones fuera”.

Al “regreso” ha arreciado la tormenta. Casi un centenar de personas hicieron público el día 18 un “Manifiesto de repulsa y petición de cese del director general”. Entre ellas los historiadores Julián Casanova y José Luis Corral, el último premio de las Letras Aragonesas Ángel Guinda, el primer Justicia de Aragón Emilio Gastón, el cantautor Joaquín Carbonell, los escritores Ánchel Conte, Manuel Vilas, J. Giménez Corbatón; profesores como A. Pérez Lasheras, Pedro Arrojo, Pilar de la Vega y Mariano Berges; dramaturgos y actores como Mariano y Javier Anós, periodistas como Luis Granell y Luis J. García Bandrés, abogados como Paco Polo y Gloria Labarta, cineastas, músicos, etc. ¿Todo el viejo rojerío de la Transición a la democracia? Es posible, con otros más jóvenes y tan destacables. En una larga lista de facebook con más del millar de incorporaciones, se debate sobre el tema; y el diputado de CHA Gregorio Briz ha pedido la comparecencia del director general en Cortes para que explique sus planes.

Asume el Sr. Vadillo, pasando página, que ahora va a “gestionar” todos los grandes temas fallidos, ralentizados, polémicos, que se arrastran desde hace años, o los nuevos que surjan o se le ocurran, con total asepsia, como si la cultura fuera apenas estadística de públicos, recuento de entradas, logro de ecos en los medios, independientemente de su carácter crítico e ideológico. Y remite a sus superioras: “las opiniones políticas corresponden básicamente a la presidenta y a la consejera, que son quienes hacen política”.

No ha tenido mucha suerte esta Comunidad con los “gestores” culturales, con alguna excepción; pero ninguno de ellos había manifestado una tal hostilidad hacia los asuntos y personas con que debía trabajar. Me cuentan algunas personas que, a título individual o como miembros de diversos grupos, han sido llamadas por Vadillo, que les ha tratado con exquisita cortesía, ha escuchado sus ideas, planes, quejas, y ha prometido estudiarlos. No es mucho, pero quizá esta recepción de uñas le haya llevado a caminar con pies de plomo.

Aunque pensé considerar añadir mi firma al citado manifiesto, a lo que fui invitado, varios viajes y ocupaciones me distrajeron y lo olvidé. Quizá era un lapsus, porque no tenía ni tengo claro que hubiera que pedirle la dimisión a quien, llamado por dirigentes de su partido, acude encantado a hacerse cargo de la parcela quizá más atractiva para un ensayista agresivo. Ese nombramiento es consecuencia de la victoria en las urnas del partido popular: si quienes le votaron creen que se han “pasado” la Señora Rudi o la Señora Serrat, que les pidan cuentas. Y también, es su tarea, los diputados de la oposición.

Pero quienes no les votamos no podemos sino, en todo caso, como muchos este verano, manifestar nuestra sorpresa y preocupación porque alguien con esas ideas manifiestas vaya a regir tan delicado asunto. Y estar muy atentos a lo que diga (que será poco y cuidadosamente, ya va visto) y, sobre todo, haga o deje de hacer en los próximos meses. Quizá hasta el 20 de noviembre, en que, como todo el mundo dice, ya no precisará disimular.

Artículo publicado el 22 de septiembre de 2011 en Heraldo de Aragón

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