Cultura y Sociedad - 18/10/11

Un recorrido sentimental por la Barcelona de Gargallo

El pastor del águila

Autorretrato con pipa

En la calle de San Pablo, muy cerca del Liceo, comenzó sus primeros pasos artísticos. La gran chimenea del hotel España inicia la gran carrera de Gargallo. Allí nos reunimos de tarde en tarde aragoneses nostálgicos después de alguna velada literaria. Su talento se desgranó posteriormente por la plaza de Cataluña, hospital de San Pablo, Palacio de la Música y en el Museo de Arte Contemporáneo. Barcelona le dedicó una calle.

 

Su familia se trasladó a Barcelona desde Maella cuando Pablo tenía siete años. El primer estudio lo tuvo en la calle Comercio, muy próximo al de Nonell. Se lo cedió a Picasso cuando se trasladó a la calle Aribau, en 1903.

Picasso jugó un papel importante en su vida. Fue en París, en el mítico Bateau Lavoir de Montmartre, donde tuvieron una larga discusión sobre arte. Se dice que después de escuchar durante una noche las ideas de Picasso tuvo un delirio… La poética del cubismo había penetrado en él…

Cultivó el modernismo, cubismo, novecentismo y simbolismo. El modernismo ofreció una salida muy importante para su imaginación y capacidad de expresión. Después se afilia al novecentismo, un retorno a la antigüedad mediterránea, intentando expresar la vida de griegos y romanos. Toda su vida fue inquietud, búsqueda, ansiedad de nuevas formas. Hay un Gargallo épico y otro lírico. Fue un hombre con sed de eternidad.

Dominó todo tipo de metales con lo que enriquecía su expresión: hierro, plomo, oro y plata, bronce, mármol, alabastro o piedra.

D’Ors dijo que “invertía en el arte la mayor cantidad posible de inteligencia”. José Pla dijo que “era un hombre singular que sirvió a su oficio con una fidelidad heroica, con una fuerza adorable, con una nobleza ejemplar”.

Gargallo fue un poeta luchador que se adaptó a los vientos de la época, desdoblándose magníficamente en diferentes expresiones fruto de búsquedas insaciables. Un hombre que vivió el exilio y, como los árboles, “no dan buenos frutos su no son trasplantados”.

Recorrido barcelonés

En el hotel España, Doménech i Muntaner encarga al escultor Arnau la chimenea del comedor, y Gargallo, considerado el mejor del taller, realiza gran parte del encargo. La figura situada a la derecha se parece a “El panadero”. Hay una maternidad intimista, un tema que repetiría con frecuencia y de forma magistral.

En el cine Bosque han desaparecido las esculturas de bronce sobre “La comedia del arte”, “La tragedia griega”, “El siglo XVII” y “Los segadores”. Había también cuatro carátulas: Ramón Raventós, Picasso, Nonell y un autorretrato.

En la plaza de Cataluña hay dos esculturas que demuestran su dominio del paisaje urbano: “El pastor del águila”, de gran fuerza expresiva, cerca de las Ramblas, y “Modelo para el pastor con flor”, próximo al paseo de Gracia, de rasgos expresionistas. Estas obras fueron seleccionadas mediante un concurso público convocado por el Ayuntamiento. Junto a Gargallo, también fueron elegidos Clarà, Llimona, Casanovas, Dunyach, Navarro, Arnau, Viladomat y Tarrach, que ornamentaron magistralmente la plaza.

En el Palacio de la Música, obra magna de Doménech i Muntaner, hay varios grupos escultóricos que se atribuyen a Gargallo, aunque no está documentada su autenticidad. Corresponden a decorados del escenario: un homenaje a la canción popular con el busto de Anselmo Clavé, el busto de Beethoven y la cabalgata de las walkirias.

En el hospital de San Pablo encontramos una amplia muestra de su talento escultórico. Hay una primera etapa (1906) de carácter expresionista, con acabado tosco y aristas agudas. Son los frisos de la fachada principal del hospital: San José, San Luis, San Juan Bautista y las santas Teresa, Ana y Catalina, así como las siete misericordias. En la etapa de 1910 se observa un gusto más refinado y mayor idealización de los temas. Corresponde al plafón de San Jorge y el relieve de San Martín bajo la escalinata principal. En la etapa anterior captaba la realidad; aquí consigue asimilarla e idealizarla.

Gargallo insinúa el derecho a interpretar y cambiar la realidad de las cosas, es decir, el derecho a la originalidad. Podemos apreciar cómo se hacen patentes las tendencias que caracterizan la obra del primer Gargallo: el simbolismo comprometido o si se quiere la mística de la realidad, como el de los belgas Mennier o Minne, y el simbolismo idealista y decorativo heredado de los rafaelistas o de Lacombe o Jules Desbois. Las misericordias y los frisos de los santos y santas son un canto a los humildes. Como contraste, los cuatro ángeles de los contrafuertes de la fachada no tienen nada de humano. Simbolizan la fe, esperanza, caridad y buenas obras. Si los relieves describen el mundo cotidiano, los ángeles son el mundo ideal. Son seres imaginarios que no tienen rostro como las sirenas de Klimt o las medusas de Khnoff.

En el Museo de Arte Contemporáneo (MNAC), se recogen obras nacidas a partir de 1912-19, años de forzosa bohemia dedicados a la fiebre cúbica, como un es más de la necesidad de superarse, de renovarse, de caminar con la época y el medio ambiente.

Hasta entonces había vivido de encargos de arquitectos. Ahora podía vivir para él. Había pasado sufrimientos múltiples soportados estoicamente. Había juventud y esperanza. Aquí encontró “su camino de Damasco” y con el impulso del converso sólo podía considerar válido lo que hiciera de allí en adelante. Sabía Gargallo que el arte es algo individual, que hay un momento donde el espíritu de creación sopla sobre lo que se ha elegido de un modo imprevisto. Hacía falta un coraje de salida, una voluntad de vencer, un esfuerzo que no conocen los que han tenido el camino sembrado.

Está representada su etapa simbólica como “Los humildes”, donde interpreta la realidad de manera mística, expresando con gran maestría la marginación. El simbolismo siguiendo a Mallarmé sería “suprimir las tres cuartas partes de fruición y adivinar poco a poco. Sugerir, ése es el sueño…”

La forma no es más que una manera de expresar el pensamiento. Es la forma de entender “La chica de Caspe” o los retratos de Chagall o Picasso. En “Los aguadores” o “El joven de la flor” tiene presente a su tierra natal: Aragón.

“La bestia del hombre” se incluye en el novecentismo, agudizando más la expresión de las formas de sus esculturas y orientándolas en sentido expresionista.

En “La segadora” y “Andrómeda” observamos, como señala Benet, el gusto ibérico y moruno por los desnudos, anteponiéndolo al modelo griego. Hay una base arcaizante y esquemática, simplificadora, sobre fondo expresionista. La mejor prueba quizá sea “La vendimiadora”, en 1929, para la plaza Cataluña, pero que actualmente está en Montjuich. Un camino que en Cataluña sigue Viladomat y en Italia Manzú o Emilio Greco.

Las bailarinas denotan esa lucha intensa ante el cubismo caminando hasta la abstracción y la voluntad de cultivar el antropomorfismo de los novecentistas.

Una de sus bailarinas preside grácilmente una nave del museo donde también hay obra importante de Julio González.

Gargallo sigue presente. Un aragonés con coraje, y alma de poeta que trabajó con sed de infinito, sembrando de oro su paso por Barcelona.

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