Lugares, personas e ideas - 30/03/12

La Visión de San Agustín, de Carpaccio, en Venecia

Santa María de la Salute

La visión de San Agustín, de Carpaccio

La Visión de San Agustín” de Carpaccio, forma parte de un relato pictórico sobre la historia de San Jerónimo. Se conserva en la Scuola Dalmata di San Giorgio degli Schiavoni, una especie de cofradía fundada por los comerciantes dálmatas para ayudar a sus marineros y sus familias en 1451.        

Llego a Venecia un frío día de enero. Paola, una anticuaria veneciana, me espera en el aeropuerto Marco Polo. En invierno, Venecia despliega todas sus seducciones, y acentúa su tristeza melancólica, su añoranza por las grandezas pasadas.

Venecia es la ciudad bella entre las bellas, nació del agua, sobre cien islotes, refugio de los veneti empujados por los corceles de Atila. Fue cuna de artistas, como Bellini, Guardi, Tintoretto, Canaletto, Veronesse, Vivaldi, Palladio, Casanova. Es ciudad-espejo de melancolía en sus palacios bañados por las aguas, nostálgica y misteriosa entre los fantasmas de tantos viajeros ilustres que la amaron.

Heredera del clasicismo griego y romano investida por los gustos de Oriente. Enriquecida por el comercio, se convirtió en gran Señora, en la República Serenissima. En el setecientos era decadente y lasciva. Serenissima Ruffiana la llamó Visconti. En el XIX, el siglo romántico, era un reino sombrío y por eso los románticos como Byron, Goethe y Tolstoi, encontraron en Venecia el apogeo de sus sueños. Hubo algunos que se quedaron hasta morir en su húmedo abrazo: Wagner, Diaghilev, Ezra Pound, Fortuny Strawinski, que descansan en el cementerio de San Michele. Ahora que es anciana, halaga y emociona.

Paseando por sus calles al atardecer llegamos a la plaza de San Marco que Napoleón describió como el «salón de Europa”, y bajo la luz del crepúsculo contemplamos la bizantina Basílica de San Marco en cuya fachada galopan copias de cuatro de los caballos de bronce del Hippodrome de Constantino. La basílica se fundó en el siglo IX, como santuario de las reliquias de San Marco traídas desde Alejandría.

En los soportales de la plaza se encuentra el mítico café Florian y el Quadri. Nos decidimos por el Florian. Suena una orquesta y dos violines dialogan creando una música maravillosamente apacible. La introducción fluida y agridulce se expande por la sala a un tempo suave. Los dedos se deslizan con ternura, las notas tiemblan en un suave vaivén, limpias y delicadas.

Mientras degustamos un delicioso risotto, siento el imaginario revoloteo y el suave roce de pasos de los célebres fantasmas que visitaron estos salones, Verdi, Proust, Hemingway, Cela, Nieva…

Las farolas de cristal violeta de la Riva degli Schiavoni se dibujan en la noche con las siluetas de las góndolas balanceándose en el muelle. Detrás, los arcos entrelazados del palacio Ducal, las líneas difuminadas del Campanile y los bulbos bizantinos de la basílica de San Marcos.

 

La pintura veneciana y sus museos

Por la mañana visitamos el interior del Palacio Ducal: El enorme cuadro del “Juicio final” de Tintoretto, el pintor que vivió una larga vida y realizó un extensa obra, distribuidas en las iglesias venecianas de la Madonna Dell’Orto y de San Giorgio, en la Accademia y los 62 cuadros que habitan en la Scuola di San Rocco.

Seguimos nuestro paseo visitando los museos que encontramos en nuestro recorrido: Ca’ Rezzonico aloja a Guardi, Longhi y Tiépolo, con sus cuadros de las fiestas del settecento; Ca’ Pesaro alberga el Museo de Arte Oriental, Ca’ d’Oro, expone obras de Carpaccio, Tiziano y Mantegna. Pero es en la Accademia, donde se encuentran las obras más emotivas: las madonnas de Bellini, los milagros de San Marcos de Tintoretto, la conmovedora “Pietà” de Tiziano, la potencia misteriosa de “La tempestà” de Giorgione, el impresionante cuadro de “Los Diez Mil Mártires del Monte Ararat” de gran dramatismo y el “Ciclo de Santa Úrsula”, de Victtore Carpaccio, basada en “la leyenda dorada” de Santiago de la Vorágine.

Vittore Carpaccio nació en Venecia hacia 1460 y falleció en el año 1525. Fue el primer pintor de paisajes de esta ciudad que gozó de gran popularidad y tradición posterior. El sentido objetivo y narrativo de sus obras, proporciona una visión naturalista y realista. Su figura fue recuperada por el crítico británico John Ruskin en el siglo XIX, quien “admiró la precisión en el estudio de la arquitectura y la luminosidad en la representación de la atmósfera presente en sus creaciones”. Recibió importantes influencias de Gentile Bellini y Antonello de Messina. Se encargó de decorar las paredes de la la Scuola Dalmata di San Giorgio degli Schiavoni, con ciclos de sus santos patronos San Jorge, San Jerónimo y San Trifone .

La narración pictórica de San Jerónimo está compuesta por tres cuadros: San Jerónimo dando la bienvenida al león dentro del monasterio, el funeral de San Jerónimo y la revelación de la muerte de San Jerónimo a San Agustín.

           

San Agustín visto por Carpaccio

El tema, es la premonición de la muerte de San Jerónimo por parte de San Agustín. Se representa el estudio de un humanista, repleto de libros y objetos para el trabajo intelectual. El santo es representado en el momento preciso de su premonición, con la pluma levantada y el rostro vuelto hacia la ventana, por donde se filtra el rayo de luz que ilumina la estancia y que simboliza la inspiración divina.

Hasta el año 1958 se creía que el cuadro de Carpaccio representaba a San Jerónimo, pese a las muchas pistas que apuntaban a San Agustín: el báculo y la mitra episcopales son de San Agustín, obispo de Hipona. La concha tiene por lo menos dos sentidos: alude al niño que intentaba echar en un agujero en la playa todo el mar usando una concha (era un ángel que quería dar una lección a San Agustín) y también esa concha tenía un uso práctico, el de suavizar la raspadura al corregir un pergamino. Los papeles de música aluden al tratado De música de San Agustín. En las estanterías hay muchas plumas como referencia a la gran producción literaria del santo, y una especie de campanilla que “podría ser un candelero de obispo. Algunos objetos seculares en la habitación, como la estatuilla del caballo y lo que parece ser una Venus, son “los restos de la antigüedad pagana” al igual que la partitura de música profana. El perro situado a la izquierda no se sabe con certeza lo que simboliza, puede ser la imagen de la fidelidad o quizá el símbolo de la sagacidad, de la previsión del hiponense.

Me asombra la diversidad de objetos, la meticulosidad y el simbolismo de todos ellos.

Decidimos tomar un té en un viejo café en un placita casi desierta de San Polo. Solo se escucha el martilleo lejano de una forja y la nostálgica voz de una mujer entonando una balada desde una ventana. Se oye deslizar una góndola como si fuera un dedo sobre un tejido de seda. Aquí nos despedimos de la Serenissima Ruffiana. El ídolo de oro con los pies en el agua. La de las palomas y el cristal de Murano.

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