Cultura y Sociedad - 14/06/12

Una espiga de trigo para Castro y Calvo

Si no se hubiera inventado el mar no

hubiera nacido la literatura”

José María Castro y Calvo

 

INTRODUCCIÓN

José María Castro y Calvo, retrato de Guillermo Baylo

Tuve el honor de recordar la figura de José María Castro y Calvo en una Jornada Literaria que se celebró en Fonz (Huesca). Lo recordaba estos días pasando por su antiguo domicilio barcelonés que visité en muchas ocasiones.

La Villa de Fonz es cuna de personajes ilustres como Pedro Cerbuna, Pedro María Ric y el arabista Codera. Muy cerca, en Azanúy, vivió durante muchos años otro ilustre aragonés como fue Jose María Castro y Calvo.

Acudió a mi memoria “el té de los miércoles” durante el último año de su vida. Adela nos servía té de Fonz a las cinco de la tarde y muchas veces finalizaba la visita a la hora de la cena. Murió en Barcelona el 25 de julio del año 1987. La ciudad perdió para siempre la silueta entrañable de un gran escritor aragonés de la diáspora. Son 25 años de ausencia.

Hablaré brevemente del escritor y profesor, del recuerdo de Aragón en su obra y del amigo-paciente, ya que además de amigo fui su médico personal. También es cierto que nuestras charlas giraban más alrededor de la literatura que sobre temas sanitarios.

 

EL ESCRITOR Y PROFESOR

José María Castro y Calvo había nacido en Zaragoza, en la calle Sobrarbe del Rabal y fue bautizado en la Parroquia de Altabás. Estudió en su ciudad las Licenciaturas de Medicina y Filosofía y Letras. Fue Catedrático de Historia de la Lengua y Literatura Españolas, en la Universidad de Barcelona (1942).

Su padre, José María Castro y Millá fue médico de Azanuy (Huesca). Administraba una hacienda importante con cuatro siglos de historia y fue buen cazador. Su madre, Candelaria Calvo y Tello, tuvo la desgracia de quedar ciega, lo que en aquella época se llamaba “la gota serena” y falleció joven, cuando su hijo contaba pocos años.

Lo primero que recuerdo de su casa es la hermosa biblioteca. Recordaba que en Egipto las llamaban “el tesoro de los remedios del alma. En efecto allí se curaba de la ignorancia, la más peligrosa de las enfermedades y el origen de todas las demás”. Era una cita que repetía con frecuencia.

Editó 72 publicaciones, entre las que citaré algunas que he tenido el placer de leer:

–    El Agualí, donde el paisaje duro del Alto Aragón está siempre vivo en su memoria, la evocación de un señorío provinciano hoy desaparecido, la observación de la historia pequeña que trasciende a la grande, constituyen el trasfondo sentimental de los relatos.

–    Vivir y cavilar.

–    Teresa de Ávila.

–    Balmes o la expresión del pensamiento.

–     La mujer en la poesía española.

–     Ruyra y la novela catalana.

–     Contribución al estudio Miguel Servet.

–     Historia y espíritu de un hombre.

–     La vida y el camino.

–     Valores universales de la literatura española.

–     Veinticinco años después, recogiendo impresiones de tertulias literarias barcelonesas de la calle de la Paja, que dirigía Abelardo Prats y de la calle San Pablo que presidía Ramón Sender.

Su obra cumbre, que algunos han considerado como una de las mejores de la posguerra es “Mi gente y mi tiempo”. Es una correspondencia exacta entre el quehacer literario y una forma de ser y estar en la vida. Castro y Calvo ahonda en su propio vivir, fija sus recuerdos, recoge lo que el tiempo fue arrebatándole. Una gran obra intimista y lírica con mesura y sosiego de su sentir, gozando de la contemplación de recuerdos que abarcan la infancia en el Rabal zaragozano con Fleta, El Royo, Los Agudo, Comet, las familias Puerta, Buscarons, Aínsa, la farmacia de Sánchez-Rojas, la parroquia de Altabás, de sus estudios, sus amigos y los trágicos recuerdos de la guerra civil. Un documento histórico y literario de primera magnitud, con una asombrosa galería de personas como su encuentro con el anarquista Durruti. Una obra escrita con el corazón en la mano donde la vida recorrida nos la devuelve perfumada, aleteante, envuelta en un manto de exquisita melancolía.

 

EL RECUERDO DE ARAGÓN

Entre los numerosos artículos y libros que me facilitó su viuda Adela Buil, he seleccionado algunos fragmentos que hacen referencia a la tierra que nunca olvidó o que quizá no abandonó nunca:

“Para los que vivimos fuera de la tierra donde nacimos, Aragón es un recuerdo nostálgico, y profundo, un paisaje lírico y lejano, el eco de una vieja canción perdida en el aire, quizá un mundo pretérito que llevamos en el corazón”

“No se sabe lo que es ser aragonés hasta que salimos de Aragón. Mientras se vive allí, soloñando de paisaje, sacudido de tantas virtudes, el amor a la tierra es un sentimiento casi adormecido.

“Mucho se ha hablado de nuestro carácter aragonés. Se censura nuestra terquedad, la claridad de nuestro razonamiento, la sinceridad de nuestra expresión, ausencia de hipocresía, la franqueza a flor de labios, la hidalguía del corazón, la resistencia al sufrimiento. Tenemos también el afán de conservar nuestro vínculo, con sacrificio,valentía y arrojo”.

Solía decir en tono coloquial que “nos hacemos buenos cuando nos hacemos jota” y… Aragón es “una jota para cada uno”.

Zaragoza estaba siempre en su corazón dolido en la diáspora. Idealizaba la ciudad que la recordaba como adolescente. A veces dejaba entrever un profundo dolor que nunca manifestó. En todo caso lloraba.

Moneva y Puyol al comentar alguno de sus libros refiere “en sus libros puede aprender la gente lo que es Aragón, que aunque públicamente existe todo ello, la gente necesita, para aprenderlo, quien bellamente se lo enseñe”.

 

EL AMIGO-PACIENTE

Uno de los privilegios que me ha dado la vida es haberme cruzado en mi camino con una persona tan singular como José María Castro y Calvo. Un hombre de extremada sensibilidad, buena educación, corrección en la palabra y en el gesto, elegancia en el vestir, caballerosidad en el trato, discreción y señorío personal.

Muchos miércoles de 1987 acudí a su casa de la calle Diputación de Barcelona. Su piso era amplio, silencioso, cálido y proustiano. En el vestíbulo unas mariposas disecadas enmarcaban un gran espejo. Tenía una sala dedicada a retratos. Me recibía en su biblioteca con un libro en la mano que acariciaba continuamente. Una embolia cerebral reciente le tenía postrado en una silla y una manta roja cubría sus piernas. Su mente estaba fresca, rememoraba perfectamente y asociaba muy bien las ideas. El teléfono era su cordón umbilical con el mundo.

La biblioteca estaba muy nutrida de buenos libros. Me obsequió con La Guía de Pecadores de Fray Luis de Granada, una bellísima edición encuadernada en pergamino, El Agualí y Mi gente y mi tiempo. Toda la estancia rezumaba un sello culto, noble, de una vida dedicada a las letras.

La visita médica era rápida. Pronto pasábamos a la literatura y a las humanidades. ¡Que grandes lecciones escuché! Hablaba de los griegos, de Galdós, de Azorín. Era un torrente de erudición, una mente ordenada, un prodigio de sensibilidad. Enseñaba sin apenas darse cuenta. Con el supe que era cierta aquella frase “explicamos lo que estudiamos pero enseñamos lo que somos”

Recitaba con gran maestría y se emocionaba con los relatos. Adoraba a Cervantes y el pasaje del “Caballero del verde gabán”; Galdós y “Los tristes destinos”; “La busca” de Baroja y Azorín, su máximo ídolo, que le dedicó un retrato. También le conmovían Ruyra y Wagner. Decía que “la emoción surge espontáneamente… solo hay que leer despacio”.

Era un gran conversador recordaba muchos momentos de su vida a en Zaragoza, Azanuy, Fonz, Madrid y Barcelona. Era un placer escucharle. Como decía Emerson, “el ruido de lo que somos llega a los oídos de nuestros alumnos con tanta fuerza que no les deja oír lo que les decimos”

Después de grabar para Radio Zaragoza un ¡Buenos días Aragón! con la gran locutora y persona Conchita Carrillo, que nos acaba de dejar, tuvo dos infartos de miocardio y fue ingresado en la Clínica Corachán de Barcelona. Cuando su corazón latía a 260 pulsaciones por minuto me cogió de la mano, me miró con esas cejas que él llamaba de “medio luto” y con voz débil me preguntó” dígame, ¿soy buen escritor?. Creo que sonreí y no me atreví a decir nada más en esas circunstancias.

Resuelta la fase aguda volvió a su domicilio. Reingresó a los quince días y superó nuevamente otro infarto. Los cardiólogos me decían que era un hombre con un corazón peculiar.

A los pocos dias, comenzó a leer y a dar pequeños paseos. Me invitó al restaurante “Los Pacos” cerca de su domicilio y comió con buen apetito y mejor humor contando anécdotas de Juan March y de reyes y reinas de aquel Madrid que tanto recordaba.

Pocas veces le vi tan emocionado como oyendo el “¡Buenos días, Aragón!”

“...Y esta tierra, que está llamando al viejo...”

Cada tarde escuchaba esta grabación, que relataba un paseo imaginario desde la calle Sobrarbe hasta el Pilar. Conservo la grabación y la escucharon todos los asistentes a la Jornada literaria. Pude observar que todavía quedaban lágrimas para Castro y Calvo.

Preparaba sus vacaciones en Azanúy, hacía sus últimas compras, su salud era excelente, pero Adela, su fiel ama de llaves, enfermó.

Adela Buil, hija de Fonz, tuvo un herpes en la cara que se impetiginizó. Se impresionó mucho Don Jose María. Llevaba diez años viviendo con su fiel ama de llaves. Dejó de comer, se deprimió mucho pensando en la gravedad de Adela. Todas las explicaciones fueron inútiles.

Una 25 de julio, a las 5 de la tarde, dejó de vivir, cuando las calles de Barcelona estaban desiertas, castigadas por un sol implacable…

La ciudad perdió a esa silueta entrañable de un gran aragonés en la diáspora.

 

A MODO DE EPÍLOGO

Antes de abandonar el bello pueblo de Fonz (Huesca) tuve ocasión de recorrer la arquitectura medieval con casonas nobles y palacios y de saludar a Adela Buil, casada con Castro y Calvo “in artículo mortis”. Vivía feliz en su pueblo, rodeada del afecto de su familia, de sus vecinos y de una gata siamesa muy cariñosa con el visitante.

A sus 90 años, tuvo un hilo de memoria para recordarme después de 19 años y sonreír con el recuerdo. Gracias, Adela.

Me permití despedirme diciendo que “aunque la luz se haya apagado, el resplandor de los pasos de Castro y Calvo aún permanecen”.

El grano de trigo debe morir para fructificar.

Hoy ha crecido una espiga en tu memoria, José María.

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