Política - 21/03/13

La política

Viñeta Mafalda

Viñeta Mafalda

La Política no es una finalidad en sí misma, es un instrumento para la mejora de la colectividad, de la mayor parte de los ciudadanos. Y ésta –a la mejora me refiero- no puede darse cuando quien legisla y quien gobierna no está pensando en cuáles son los deseos y los intereses de la mayoría de esos ciudadanos, sino en los de aquellos que manejan los hilos del dinero y, por tanto, del poder, o de lo que venimos entendiendo por “poder”.
No es que algunos, o muchos, de quienes se han dedicado a la actividad política se hayan olvidado de los ciudadanos, es que nuestro Sistema político en sí mismo ha desconfiado profunda y crecientemente de los ciudadanos. Y lo ha hecho, en primer lugar, porque la piedra angular sobre la que en los sistemas representativos gira la propia esencia de la representación -esto es, la ley electoral-, tuvo entre sus pretensiones desde un principio –y ese principio temporal se remonta a 1977 y por tanto, a antes de la actual Constitución- “corregir” a los ciudadanos, “enmendar” su opinión expresada en su voto.
Si el axioma primero e incuestionable de una democracia es el de una persona un voto, mal camino es iniciar y transitar una democracia subvirtiendo deliberadamente este principio. (Podrá argumentarse, y con razón, que existen países en los que se vienen cociendo similares e incluso más duras habas, pero ni puede servir de legitimación lo que, en este plano, acontece en otros ni el desprestigio de las instituciones ha alcanzado en la mayoría de ellos, por algo será, las cuotas que en el nuestro).
En cualquier caso, la subversión de ese esencial principio democrático implica no creer en la democracia ni, por tanto, en las capacidades de los ciudadanos por más que, siendo en la actualidad lo políticamente correcto, los discursos se llenen de alabanzas a aquella y de piropos –“el sabio y buen pueblo”- a éstos.

No hay sistema electoral perfecto, pero los hay más imperfectos –menos democráticos- que otros. El nuestro, desde luego, tiene mucho de “imperfecto”. Primero porque subvierte, especialmente en el senado pero también en el congreso, el principio, en la práctica, de la igualdad del voto, del valor real del voto. Y, segundo, y no menos importante, porque es el que ha generado, con las listas cerradas, un tipo de clase política. Una clase política que, parafraseando a Ortega, no es, sin embargo, el sujeto del error, sino el objeto. Esto es, con un sistema electoral así –las listas cerradas- no podía haber, con el paso del tiempo, otros individuos ejerciendo la política, sino éstos. Con los perfiles, tan comunes y generalizados en todos los partidos, que actualmente, y desde hace ya tiempo, tienen.

Las reglas
Quien aspire a ejercer la política debe conocer sus reglas. Y a estas alturas no hay ningún aspirante que las desconozca. Unas reglas que, dada la ley electoral, se traducen en sumisión y fidelidad a lo que dictamine el “aparato” del partido que es quien designa no solo cargos de “libre” nombramiento sino diputados, senadores, eurodiputados, parlamentarios autonómicos, alcaldes, concejales, diputados provinciales, etc, etc.
El ciudadano queda libre, en el mejor de los casos, para elegir la opción política pero el “aparato” del partido ha designado previamente los quiénes concretos. Ni qué decir tiene que, como consecuencia de ello, para cada aspirante político es mucho más importante, de cara a ver satisfecha su aspiración, el quién designa que el quiénes parece que eligen. Con un cursus honorum basado –como consecuencia práctica de la ley- en la sumisión, la fidelidad, el amiguismo, el trapicheo y el navajeo interno ¿qué puede esperarse de la clase política así seleccionada? ¿Cómo no ser fieles a quienes designan y cómo no ignorar a quiénes en la práctica no eligen? Por otra parte ¿puede resultar extraño que quien se forja en la sumisión al poder –y el poder en este caso se llama “aparato del partido”- sea igual de sumiso ante cualesquiera otros poderes –en este caso económicos-¿
La actual clase política no es, ya lo dije, el sujeto del error, sino el objeto, pero, aun siendo así, ello impide que pueda ser –incluso sus “polis buenos”, sus caras más amables, sus bolsillos más limpios- la transformadora del sistema político.
La única transformación vendrá, a corto plazo, o de un “Monti” al servicio del gran capital y de las instituciones seculares, o de los ciudadanos al servicio de los propios ciudadanos.

Leave a Reply