Publicaciones - 03/10/13

Una visita de Richard Wagner a Burgos, contada por Pepín Bello

wagner_belloEste año se celebra el bicentenario del nacimiento de Richard Wagner. Los teatros de ópera y las salas de conciertos más prestigiosas dedican especial atención a sus obras. Se publican libros y revistas. Y, como curiosidad un tanto irreverente, podemos recordar un documento peculiar: la carta en que se cuenta su visita (imaginada) a Burgos.

José Bello (Huesca, 1904-Madrid, 2008), personaje singular, surrealista nato, fue íntimo amigo y compañero de Dalí, Buñuel, García Lorca y Alberti, con los que coincidió en la Residencia de Estudiantes madrileña. Último testigo de la generación del 27, no dejó apenas obra escrita; su mayor mérito fueron sus amigos. El Gobierno de Aragón le concedió el Premio Aragón 2004.

Pepín Bello escribió una carta dirigida a Alfonso Buñuel, hermano pequeño de Luis, en que le cuenta la visita de Richard Wagner a su casa de Castañares, en Burgos. Resulta deliciosa su narración, llena de humor e ironía. En realidad, Wagner no visitó nunca España.

Fechada en Burgos el 22 de mayo de 1952 (Wagner había muerto en 1883), la carta empieza así: “Querido Alfonso: el miércoles llegó Wagner. Con anterioridad me había escrito anunciándome su llegada y su estancia aquí conmigo durante unos días. Excuso decirte mi alegría. Bajé a esperarle. Vino en el mixto de Miranda a las tres y media de la madrugada. El encuentro en la estación puedes imaginarte que no carecía de emoción para mí. Él no me conocía. Yo a él…¡quien desconoce al gran Ricardo Wagner¡ En cuanto le ví en la ventanilla me acerqué con el corazón palpitante. Nos abrazamos”.  

“Es bajo de estatura, pequeñísimo; le llevo yo –que no soy alto—más de la cabeza. Pero está bien proporcionado. Esa misma cabeza grande y algo abultada, se siente firme sobre su menudo busto. Todos los movimientos y gestos (es muy gestero) son en él rápidos, nerviosos y muy graciosos. Lo más personal es su atuendo. Se tocaba con una gran boina de terciopelo negro, enriquecida con un precioso camafeo etrusco de lapislázuli. Luego, llevaba liada al cuello una enorme toquilla, más bien tapabocas, de cachemira, color corinto. El cuerpo se abrigaba dentro de un amplio, pero corto, abrigo o zamarra de martas cibelinas ”.

Para su sorpresa, Wagner hablaba el español perfectamente. Y le advirtió: “Nada de don Ricardo ni de maestro. Me vas a llamar Wagner…Estoy cansado de fórmulas protocolarias”. Le cuenta que viene de Calanda: “Hacía años que tenía la ilusión de ir a aquel pueblo en Semana Santa a tocar el tambor. Lo he pasado divinamente”.

Wagner le confiesa que “tengo mal oído”. Y le pide una bicicleta para dar una vuelta. Y también quiere ir a pescar: “podríamos llevarnos la merienda y en esos sotos junto al río lo pasaríamos tan ricamente. En Leipzig, por las tardes durante el verano, cojo la tartana y me voy de merienda con el pretexto de echar los anzuelos”.

Cuenta también Pepín Bello que Wagner lee el Diario de Burgos y van al cine, a ver “A mí la legión”, donde se tronchaba de risa. Le lleva a ver la Catedral. “Le gustó, pese a que le opuso algunos atinados reparos. En estos templos de la antigüedad faltan muchas comodidades y en cambio sobran otras cosas. Mucho retablo, mucho retablo, y los canónigos no tienen donde vivir”. 

En la víspera de su marcha, acuden a visitarle autoridades y representaciones: el gobernador civil, el arzobispo, el presidente de la Cámara de la Propiedad, el de la de Comercio, el del Orfeón Burgalés, la Hermandad de Labradores, el prior de la Cartuja, Colegios Profesionales, la abadesa de Las Huelgas, etc., etc.

Tras su marcha, Bello se siente en una soledad terrible.”Hallé unos papeles rotos en los que el maestro había escrito lo que parecía una carta. Una misiva  que encabezaban estas palabras: Adorada Matilde. El gran amor, el imposible amor de Wagner”.

El lector curioso que desee conocer la carta completa puede acudir a un lindo librito, publicado en 2009 por la Residencia de Estudiantes, con una introducción de Andrés Ruiz Tarazona.

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