Política - 07/10/13

Recordando a Salvador Allende

El 11 de septiembre se cumplieron 40 años de la muerte de Salvador Allende, Presidente de Chile, en el asalto del ejército al Palacio de la Moneda.

Desde el momento en que Allende triunfó electoralmente en septiembre de 1970, libremente elegido por el pueblo, tuvo que sufrir una tremenda presión, tanto interna como externa, dirigida a derrocarlo. Tres años después, lo que parecía imprevisible, dada la tradición democrática del ejército chileno, ocurrió: Pinochet y sus secuaces, apoyados por Estados Unidos, no dudaron en llegar a bombardear el Palacio presidencial para eliminar al gobierno democrático. Luego vino la terrible represión, tortura y eliminación de muchos miles de chilenos.

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Hoy, en Europa, nos consideramos a salvo de que pueda triunfar una subversión similar, aunque hayamos padecido algún intento frustrado, como el de Tejero y sus inspiradores. Pero el capital y los poderes fácticos, en honor del sacrosanto mercado, van imponiendo sus leyes y, con guante blanco y rodillo político, van privando a los trabajadores y a las partes más débiles de la sociedad de derechos adquiridos con mucho esfuerzo en materia de educación, de sanidad, de dependencia y de pensiones.

Ante tantos políticos agarbanzados y falsos, que nos cuentan cada día mentiras, medias verdades o intenciones disfrazadas, resulta importante recordar el ejemplo de Salvador Allende hasta su muerte. En la mañana del 11 de septiembre de 1973, dirigió a su pueblo  tres mensajes radiados: el último, a las 9,10 horas, cuando la traición y el salvajismo de los traidores se había confirmado. Merecen recordarse algunas de sus frases:

“Ésta será seguramente la última oportunidad en que me pueda dirigir a ustedes… Colocado en un tránsito histórico, pagaré con mi vida la lealtad del pueblo y les digo que tengo la certeza que la semilla que entregamos a la conciencia digna de miles y miles de chilenos no podrá ser segada definitivamente. Tienen la fuerza, podrán avasallar, pero no se detienen los procesos sociales ni con el crimen ni con la fuerza. La historia es nuestra y la hacen los pueblos.”

“Seguramente Radio Magallanes será acallada y el metal tranquilo de mi voz no llegará a ustedes. No importa. La seguirán oyendo. Siempre estaré junto a ustedes. Por lo menos mi recuerdo será de un hombre digno que fue leal a la causa de los trabajadores. El pueblo debe defenderse, pero no sacrificarse. El pueblo no debe dejarse arrasar ni acribillar, pero tampoco vivir en la indignidad.”

“Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre digno para construir una sociedad mejor”.

“Estas son mis últimas palabras. Y tengo la certeza de que mi sacrificio no será en vano, tengo la certeza de que, por lo menos, será una lección moral que castigará la felonía, la cobardía y la traición”. 

 

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