Cuadernos de viaje - 11/10/13

Auschwitz-Birkenau, testimonio del horror

A pocos kilómetros de Cracovia, en el sur de Polonia, se encuentra Oswiecin. Inicialmente su nombre dice poco al viajero, que comprueba enseguida que se trata del lugar donde estuvo emplazado el campo de exterminio de Auschwitz. Y, aunque esa sola palabra evoque en nuestros recuerdos la muerte y la crueldad, resulta obligado visitarlo para completar el conocimiento de lo que allí ocurrió.

Tras su inclusión en el Patrimonio Mundial de la Unesco, su nombre oficial es “Auschwitz-Birkenau. Antiguo campo de concentración y de exterminio nazi alemán (1941-1945)”. Fue un sistema de centros de trabajo y de exterminio, de los que los más grandes se encontraban en Auschwitz I (Oswiecin), Birkenau (II, Brzezinka) y Monowitz (III, Monowice). Sus primeros prisioneros fueron polacos y procedían de las prisiones alemanas. Desde 1941 el campo se convirtió en fábrica de muerte a la que fueron deportados judíos de toda Europa. Una vez llegados al campo, se procedía a su selección. Despues, la mayoría era gaseada con zyklon B en las cámaras de gas y sus cuerpos incinerados en los crematorios. Los que quedaban con vida se convertían en esclavos. A los prisioneros se les quitaba todo, incluso los nombres que se sustituían por números. Hasta la liberación del campo en enero de 1945, en él fueron asesinados alrededor de un millón quinientos mil prisioneros; de ellos, el noventa por ciento fueron judíos.

Entrada de Auswichtz / foto: RSA

Entrada de Auswichtz / foto: RSA

La visita de Auschwitz I viene precedida de la proyección de un documental en la sala de cine del gran centro de recepción. El recorrido del campo se efectúa en grupos, con guías de diferentes idiomas. A la entrada se encuentra la sarcástica y cínica inscripción “Arbeit Macht Frei” (El trabajo te hace libre). Luego se pasea entre las alambradas y se visita algunos de los barracones, que estuvieron superpoblados y privados de condiciones sanitarias. También se muestran objetos diversos recuperados: maletas, zapatos, monturas de gafas… incluso cabellos que se cortaban para venderlos. Se señala el barracón en que el médico Josef Mengele se dedicó a experimentar con personas, convirtiéndolo (el barracón F, conocido por “el zoo”) en un laboratorio donde llevaba a cabo sus atroces prácticas.

Para concluir la visita, un autobús lleva hasta el cercano campo de Birkenau. El edificio de acceso tiene un gran portalón por el que entraban los vagones llenos de desgraciados, como muestran las vías férreas que se conservan todavía.

Auswichtz-Bikernau / foto:RSA

Auswichtz-Bikernau / foto:RSA

Se trata de una visita cuya impresión excede de las habituales sensaciones que el conocimiento de lugares históricos y monumentales transmite al viajero. Aunque el recorrido de los numerosos grupos organizados, atentos a sacar fotos de todo, y las explicaciones de los guías puede recordar a un parque temático, se trata de un lugar real donde tuvo asiento la crueldad y el horror más indescriptible. Por ello, es inevitable volver a hacerse las mismas preguntas: ¿Cómo fue posible un exterminio sistemático y organizado? ¿Cómo los seres humanos pueden llegar a ser autores de tal horror? ¿Cómo una sociedad avanzada, como la alemana, pudo admitirlo?

Ha habido muchos intentos de narrarlo y explicarlo. Pueden citarse algunos ejemplos. La película, ya antigua, “Vencedores o vencidos (el juicio de Nuremberg)”, dirigida por Stanley Kramer en 1961, con Spencer Tracy, Burt Lancaster, Richard Widmark y Marlene Dietrich, entre otros protagonistas, narra como un sencillo juez americano se pregunta cómo juristas alemanes de prestigio pudieron legalizar atrocidades nazis, y cuál fue el conocimiento y la responsabilidad del pueblo alemán.

Alambradas en Auswichtz / foto: RSA

Alambradas en Auswichtz / foto: RSA

Más recientemente, la novela “El niño con el pijama de rayas” (2006), del irlandés John Boyne, llevada a la pantalla por Mark Herman en 2008, cuenta la inocente perspectiva del hijo de un oficial alemán que se muda con su familia a un lugar llamado Auchwiz y que traba amistad con un niño que vive al otro lado de la verja del campo de concentración.

En “Los pájaros de Auschwitz” (Salamandra, 2013), de Arno Surminski, se narra la relación cotidiana y distendida entre un guarda ornitólogo y un dibujante cautivo, como si no fueran verdugo y víctima.

Y, todavía en las pantallas, en la película “Hannah Arendt”, de Margarethe von Trotta,  Barbara Sukowa interpreta a la filósofa, pensadora y periodista, judía exilada en Estados Unidos. Hannah Arendt (1906-1975) provocó una gran controversia con su informe  sobre el proceso de Adolf Eichmann, criminal de guerra nazi, un sujeto mediocre y amparado en la obediencia debida, lo que le llevó a denominar los horrores nazis como “la banalidad del mal”. Según su opinión, esas atrocidades no fueron realizadas por monstruos, sádicos o sujetos con profundidades demoníacas, sino por miembros respetables de la sociedad, que colaboraron y siguieron órdenes, organizando un asesinato en masa, frío y administrativo.

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