Cultura y Sociedad - 11/11/13

Carencia de un proyecto colectivo para España

Estamos atravesando momentos muy críticos a nivel político, social, económico, cultural, e incluso, ético, en esta nuestra querida España. No existe en este país un proyecto colectivo ilusionante para amplios sectores de la ciudadanía, algo básico para cimentar una gran nación.  Por ende, no resulta sorprendente que habitantes de determinados territorios del Reino de España hayan interiorizado y asumido como algo inevitable  la conveniencia de desvincularse del Estado español. Esta es la realidad, mal que le pese a alguno. En Cataluña, una parte importante, sin saber cuántos, aunque sería muy fácil resolver esta cuestión con una consulta, tienen un proyecto ilusionante: la independencia. Algo que he podido constatar en mis frecuentes estancias en ese territorio. ¿Cuál es el proyecto en el resto de los territorios del Estado español? Lo ignoro. Bueno, según su relato, aunque ni ellos mismos se lo creen, los Rajoy, Guindos, Montoro, es  el de alcanzar la consolidación fiscal, que traerá el crecimiento económico, y de ahí la creación de puestos de trabajo a millones. En el caso de que así fuera, ¿qué tipo de trabajos?, ¿con sueldos de miseria? ¡Qué poca imaginación se requiere para repetir esta cantinela! La emiten una y otra vez, cual si fueran auténticos loros. Cada vez estoy más convencido que este relato es un señuelo para ocultar sus auténticos objetivos. Los expresa muy bien José Luis Pardo “La sensación de que el relato está resultando demasiado largo no hace más que traducir una sospecha más funesta: la de que nunca llegaremos al final. O, dicho más claramente: la sospecha de que no se trata en absoluto de llegar a ningún final, de que no hay ningún final al que llegar o de que, si lo hay, hace ya tiempo que lo hemos alcanzado. Por lo que sabemos, ha servido para dejar sin expectativas a buena parte de los jóvenes del país, para despojar de su empleo o de su vivienda a amplias capas de la población, para mutilar, descualificar y desacreditar a todas las instituciones de naturaleza pública (incluidos los servicios públicos como sanidad, educación o justicia) y para empobrecer a las clases medias y miserabilizar a las más desfavorecidas”.  Yo añadiría que los atropellos a la ciudadanía todavía no han terminado. Esta cuadrilla de desalmados que nos gobiernan necesitan más libras de carne de la gente sufriente para que satisfagan su voracidad unas élites. Hoy mismo acabo de leer que el Instituto de Estudios Económicos (IEE), el think tank de la CEOE ha propuesto elevar la edad de jubilación hasta los 70 años y un periodo mínimo de cotización de 40 años para poder cobrar el 100% de la pensión y de 20 años para el 50%; también ha de rebajarse el gasto en desempleo. ¡Son auténticos sinvergüenzas! Esto es pura locura. Deberían nuestros gobernantes y las élites económicas tener especial cuidado, no fuera que se produjera una auténtica explosión social. Digamos que la pradera estaba cubierta con bastante pasto seco y cualquier chispa será suficiente para incendiarla. En un aviso a navegantes, puede que el capitalismo salte hecho pedazos, no porque sea sustituido por el sistema comunista por el triunfo de la lucha obrera, sino por la locura de la clase capitalista misma, que irremediablemente explotadora, llegaría en su máximo delirio, a la autoexplotación brutal, plasmada en que el 1% acumule el 90% de la riqueza. Así se cumplirían las predicciones de Marx: «El capitalismo lleva en si el germen de su propia destrucción por su insaciable sed de plusvalía y de ganancia».

Hay numerosas razones para explicar tal situación crítica. Desde el funcionamiento del propio sistema capitalista a la subordinación de la política a la economía, que ya han sido expuestas por activa y por pasiva.  Ahora  solo quiero referirme además a otras, que tienen suficiente calado: la carencia de liderazgo político y de referentes éticos.

Hace ya tiempo que no aparece nadie en nuestro panorama político, con la capacidad de generar ilusión, aunque está situación es extrapolable a nivel internacional. Mas no siempre ha sido así. En el siglo XX al frente de nuestras democracias hubo hombres de una talla política excepcional. Dejando aparte sus ideologías políticas, cabe mencionar entre otros a Winston Churchill, Willy Brandt, David Lloyd George, Franklin D. Roosevelt representantes de una clase política profundamente sensible a sus responsabilidades sociales y morales. Es discutible si fueron las circunstancias las que produjeron a estos políticos o si la cultura de la época condujo a hombres de este calibre a dedicarse a la política. ¡Qué ejemplos de liderazgo! El de Franklin D. Roosevelt que nada más llegar a la presidencia de los Estados Unidos en marzo de 1933, en un momento muy difícil para su país, en el  que parecía cuestionarse toda una civilización con millones de parados, cierres de empresas, quiebras de bancos, agricultores arruinados, supo ponerse al frente de su pueblo. Les inyectó confianza para evitar un miedo paralizante, diciéndoles “a lo único que debemos tener miedo es al miedo mismo”; les explicó con claridad su proyecto político y les pidió sacrificios para llegar a una meta segura, impregnada de un profundo sentido de justicia social. Por el contrario, políticamente, nuestra época es de auténticos pigmeos: Merkel, Hollande, Cameron, Barroso, Rajoy. Hoy en España nadie tiene la capacidad de transmitirnos una ilusión, nadie nos explica nada con claridad, ni nos dice qué se está haciendo de verdad, ni cuál es el auténtico objetivo final de todas estas políticas. Todo es improvisación y cortoplacismo. Probablemente porque nuestros gobernantes no tienen proyecto político alguno, salvo el que ya he expuesto anteriormente con claridad, aunque tienden a ocultarlo. Por ello, inmersos en un miedo aterrador ante un futuro incierto y cada vez más sombrío, al desconocer qué nos espera al final de este auténtico calvario, estamos desorientados, desanimados, sumisos y, sobre todo, cabreados. El momento actual en España es muy semejante,  al  que reflejó hace más de un siglo en  un artículo Francisco Silvela –hombre inteligente y cultivado, abogado y distinguido político conservador que llegó a la presidencia del Gobierno–  publicado el 16 de agosto de 1898, en el periódico El Tiempo de Madrid,  titulado Sin pulso, poco después del desastre colonial, que causó una gran conmoción en la opinión española. Decía: Quisiéramos oír esas o parecidas palabras brotando de los labios del pueblo; pero no se oye nada: no se percibe agitación en los espíritus, ni movimiento en las gentes. Los doctores de la política y los facultativos de cabecera estudiarán, sin duda, el mal: discurrirán sobre sus orígenes, su clasificación y sus remedios; pero el más ajeno a la ciencia que preste alguna atención a asuntos públicos observa este singular estado de España: dondequiera que se ponga el tacto, no se encuentra el pulso.

Según Boaventura de Sousa Santos “Este estado de ánimo lo ha propiciado la cultura neoliberal basada en el miedo, el sufrimiento y la muerte para la gran mayoría de la población; frente a la cual las izquierdas deberían oponer una cultura de la esperanza, la felicidad y la vida”. Las izquierdas han caído en la trampa tramada por la derecha para mantenerse en el poder: reducir la realidad a lo que existe, por más cruel e injusta que sea, para que la esperanza de las mayorías parezca irreal. Las izquierdas deben librarse de esa trampa y asumir con plena convicción de que las cosas se pueden cambiar. Si no lo hacen están condenadas a ir a parar al museo de antigüedades. De momento parece que las izquierdas no se enteran. El SPD va a gobernar con Merkel. Pero esta opción es un camino minado para el SPD, ya que de hacerlo le provocará un grave perjuicio electoral al hacer sus diferencias con la derecha cada vez más irreconocibles, como el sufrido en las elecciones de 2009, tras los 4 años de gobierno en coalición, que perdió 11,3% puntos y 75 escaños.

Con ser ya suficiente grave la carencia de liderazgo, no lo es menos la ausencia de valores éticos de nuestros gobernantes, que irradia como una marea negra a todos los sectores de la sociedad sin que se vislumbre una reacción contundente para  combatirla. Tiempo ha, que en este nuestro país se ha perdido cualquier referente ético  a la hora de configurar y orientar nuestra convivencia política. Hoy la mentira es práctica cotidiana. La corrupción es endémica. Las desigualdades se acrecientan. Nos interesa cada vez menos si una decisión política es justa, ecuánime, o si va a mejorar al conjunto de la sociedad. Lo único que nos parece importar es: ¿cuánto dinero nos va reportar? Así hemos construido una sociedad desnortada en cuanto a unos valores éticos que sirvan de basamento para construir y legitimar una sociedad justa, solidaria  y auténticamente libre. Como decía John Stuart Mill  “La idea de una sociedad en la que los únicos vínculos son las relaciones y los sentimientos que surgen del interés pecuniario es esencialmente repulsiva”.  Esta situación lamentable la podemos constatar. Dos expresidentes de Gobierno incapaces de renunciar a su pensión pública, a pesar de sus cuantiosos ingresos por ser consejeros de grandes empresas. Un exvicepresidente del Gobierno del Reino de España, que sigue siendo militante del PSOE, defendiendo la legalidad de unos sueldos en una Caja de Ahorros para unos ejecutivos de más 800.000 millones de euros. ¡Vaya socialista! Un Jefe de Estado cazando elefantes a Botswana. Y  muchos españoles votando a políticos incursos en delitos de corrupción. Por todo ello,  es imprescindible un proceso de regeneración ética, como también encontrar un liderazgo allí donde lo podamos hallar. El futuro de España lo requiere.

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