Música - 22/02/14

Años de peregrinaje: de Franz Liszt a Haruki Murakami

La relación entre “Años de peregrinaje” (1833-1877) de Franz Liszt y “Los años de peregrinación del chico sin color” (2013), de Haruki Murakami pone de relieve la universalidad de la música como lenguaje artístico, que puede ser entendido y disfrutado por todos en cualquier cultura y lugar.

Franz Liszt (Hungría, 1811-1886) compuso para el piano una serie de piezas breves que se presentan bajo la denominación global de “Años de peregrinaje”. Son tres ciclos, de distintas épocas de su vida, en que refleja sensaciones ante lugares, pinturas, poesías o creencias, utilizando su maestría como compositor y pianista.

Los dos primeros ciclos tienen su punto de partida en la época del amor entre Liszt y Marie d’Agoult, casada con el conde d’Agoult, que les lleva a huir de Paris e iniciar unos años de viaje, primero por Suiza y luego por Italia (lago de Como, Venecia), desde 1833 a 1840, en que se separan. El primer libro de composiciones  recrea recuerdos de Suiza: paisajes idílicos, fenómenos naturales, ambientes pastoriles. En el segundo libro, el vínculo que une las distintas piezas es Italia, y las composiciones están inspiradas por la contemplación de obras de arte renacentistas (Rafael, Miguel Angel) y la literatura de Dante y Petrarca.

Haruki Murakami

Haruki Murakami

El tercer ciclo, muy posterior y diferente (de 1867 a 1877), refleja meditaciones de naturaleza esencialmente religiosa, con corales y cantos fúnebres.

En la novela “Los años de peregrinación del chico sin color”, de Haruki Murakami (Kioto, 1949), como sugiere el título, esta música está presente a lo largo de los años en que discurre la narración. Enmarca las vivencias del protagonista, desde su adolescencia a su madurez. En especial, se reiteran las referencias a una de las piezas del primer ciclo, la número ocho, titulada “Le mal du pays”, de apenas seis minutos de duración, en que Liszt ve Suiza desde la perspectiva lejana del recuerdo.

En diversos momentos de la narración se hace presente esa música: “Le mal du pays”: la tristeza, sin razón aparente, que la contemplación de un paisaje bucólico despierta en el alma. Nostalgia, melancolía…” “Aquella pieza tranquila y melancólica fue dibujando poco a poco la tristeza informe que envolvía su corazón…”. “Adoraba aquella música porque lo unía a Haida y a Shiro. Era, por así decirlo, una especie de vena que unía a tres seres alejados. Una vena fina como un suspiro, pero por la que aún corría sangre roja. Lo propiciaba el poder de la música, sobre todo “Le mal du pays”, se acordaba con tristeza de los dos. En ocasiones, le parecía sentirlos a su lado, respirando en silencio”. 

Cuando los personajes comentan sus preferencias personales sobre la interpretación de la obra, que demuestran conocer muy bien, aluden a las grabaciones de varios pianistas célebres (el ruso Lazar Berman (1930/2005); el chileno  Claudio Arrau (1903/1991), el austríaco Alfred Brendel, 1931).

Resulta interesante comprobar como una música de origen, motivación y carácter occidental puede ser conocida y sentida e impresionar profundamente las vivencias de un oriental. Demuestra la universal potencia comunicativa de la música y su capacidad para expresar y transmitir sentimientos en abstracto, que el oyente recibe y siente desde sus propias circunstancias vitales.

La novela ha despertado en Japón un interés especial por estas obras de Liszt, la venta de cuyas partituras y grabaciones ha experimentado un gran incremento.

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