02/03/2010

La sociedad altruista

El altruismo en el individuo es antinatural pese a que por causa del optimismo antropológico tendemos a creer lo contrario. El egoísmo es el que vence en tan desigual lucha.

Esta afirmación me causó gran impacto cuando la descubrí en medio de algún libro de obligado estudio para alguna carrera. No es por tanto una opinión innata sino un paradigma científico que necesariamente tuve que asumir por la contundencia de su realidad. El comportamiento egoísta es pues naturalmente ejercitado por los individuos y no debe ser motivo de espanto. Ahora bien, cuando aplicamos otro principio básico como es del tan aristotélico: “término medio igual a virtud”; obtenemos una fórmula que puede permitir conciliar varios de los serios problemas a los que se enfrenta la Sociedad en la actualidad.

El egoísmo patológico conduce a la segregación social según grupos que se aíslan paulatinamente del resto en función de sus intereses comunes. Estos grupos obtienen ventajas siempre a costa de otros pero los otros grupos hacen lo propio. Ni que decir tiene que todos los grupos se quejan del comportamiento egoísta de los demás. Se genera así un círculo vicioso de nefastas consecuencias para la Sociedad en general y para todos y cada uno de los grupos en particular. Sus pequeñas victorias son enturbiadas por numerosas y grandes derrotas pues los grupos al estar aislados cuando vencen lo hacen en pequeña escala pero cuando son vencidos lo hacen a gran escala porque son vencidos por todos los demás grupos. La atmósfera se llena de recelos, desconfianza y conflictos.

Sucede que la Sociedad es algo más que la suma de sus individuos y que las reglas que imperan en el individuo y en las interelaciones que les llevan a formar los antecitados grupos no necesariamente imperan a gran escala. Si se consigue incorporar a las relaciones intergrupales una dosis de altruismo se neutralizaría ese belicismo destructivo, se establecerían unas reglas del juego en las que nadie gana a costa de nadie porque todos sacrifican algo de sus expectativas. Ningún grupo avanza el máximo pero todos avanzan por lo que ninguno de sus integrantes se percibe como perdedor porque ninguno de sus integrantes se percibe como vencedor. No se le exigen sacrificios a uno o unos pocos grupos sino a todos en sus conjuntos y se diluyen por tanto los éxitos. Evidentemente no se avanza por igual a nivel individual ni intergrupal pues nunca se pueden cercenar las particularidades y circunstancias de los mismos. No se pretende descubrir aquí un neo comunismo sino una actitud nueva para afrontar los necesarios conflictos sociales.

Sinceramente, la necesidad que me lleva a escribir estas líneas y a leer las vuestras es el convencimiento de que estamos atravesando por un salto cualitativo como los que apuntaba Juan Bautista Vico con su eterno corsi e ricorsi hasta que se saltaba de un círculo a otro, pero no siempre avanzando, no siempre a mejor. Somos testigos, víctimas y verdugos, diarios de infamias de toda índole a nivel nacional e internacional. La Sociedad ha segregado un sedante que aún no tiene nombre pero que ya ha definido Lipovetsky que a modo de endorfinas inyectan en el tejido psicológico social un inhibidor del dolor y por tanto de la reacción al mismo. Como tales catástrofes son sucedidas por otras incluso en el mismo día nuestra incapacidad de asumirlas nos obliga a olvidarlas. Salvo cuando nos pasa a nosotros en primera persona, la sociedad se vuelve individuo y miramos a nuestro alrededor perplejos de la pasividad de nuestros semejantes, anonadados de que les parezca normal  y cotidiano nuestro naufragio personal y económico, claro no deja de ser lo mismo que veíamos en tercera persona, ahora con nombre y apellidos y con consecuencias tangibles física y emocionalmente.

El otro día no pude por  menos que sonreír al ver una pintada debajo de mi casa. Hacía mucho tiempo que no se veían. Concluía con una sincera invitación, con una manida palabra pero que izó en mí la esperanza: Revolución (cual bandera). En otros siglos ya habría habido derramamiento de sangre por la mitad de la mitad que acontece hoy. Hoy invitar a la revolución no es invitar a la agresión sino a la reflexión. Algo debe de cambiar y ese cambio debe de nacer desde nosotros mismos, debe emerger desde el individuo y contagiar a la sociedad. Creo que fue San Agustín quien dijo: «practica el heroísmo diario de cumplir con tu deber». Apliquemos ese principio desde nuestra condición individual, desde nuestra pequeña aportación al todo, introduzcamos en nuestras vidas, en nuestras decisiones, un poco de altruismo, rebelémonos contra nuestro egoísmo natural, por adaptación, porque la sociedad necesita ese cambió, radical quizá, evolutivo pues, pero seguro que imprescindible.