Historia y Política - 27/11/16

La socialdemocracia no tiene articulado un relato de una sociedad muy diferente de la actual

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Unos de los documentos más importantes del siglo XX fue el informe elaborado en 1942 por Beveridge, sobre “Seguridad Social y Servicios Afines”, solicitado por las autoridades británicas, que sintetiza y recoge gran parte de las reflexiones y prácticas de las políticas de bienestar ensayadas hasta entonces. Beveridge, junto a las políticas de Bismarck medio siglo antes y las propuestas de Keynes, forman la triada que fundamenta el moderno Estado de bienestar. El verdadero significado del informe podemos constatarlo a través de las palabras de Janet en 1954, la esposa de Beveridge: Tanto si les gusta como si no, tanto si se sienten contentos como apenados, el Informe Beveridge significó la inauguración de una nueva relación entre los hombres en el seno del Estado, y del hombre con el Estado, no sólo en este país, sino en todo el mundo. La ética de la hermandad universal de los hombres fue entronizada aquí en un plan a llevar a cabo por cada individuo miembro de la comunidad al servicio de si mismo y de sus compañeros.

 

Acabada la guerra en 1945 se inaugura un nuevo período para Inglaterra que practicamente perdura hasta el ascenso de Margaret Thatcher. Esta nueva Inglaterra se modelará según las directrices de Beveridge, el cual se hace las siguientes preguntas: ¿Que perspectiva de futuro había para Inglaterra tras la guerra?  ¿Qúe enemigos internos había que derrotar? Sus respuestas son  muy claras. Veámoslas.Durante la primera guerra mundial pareció al pueblo que el planear la paz carecía de importancia. Terminada la guerra esperaban volver a los buenos tiempos de la preguerra. Hoy no existe esa perspectiva de alegría en la vuelta del pasado porque los tiempos precedentes a la segunda guerra no fueron buenos. El pueblo británico ha aprendido por experiencia que tras esta guerra tiene que avanzar hacia algo nuevo y no retroceder a lo antiguo. Como pueblo sensato que es, se da cuenta de que se avanza mejor si se ha mirado previamente hacia adelante y se han hecho planes para el viaje». Finalizada la guerra, debían abrirse nuevas trincheras en el interior, pero ahora mirando los problemas de la gente. Si la guerra fue total también lo debe ser la del frente interno, una vez vencido el enemigo exterior”. La reconstrucción tiene muchas facetas, y el Informe Beveridge  establece entre otros principios que la Seguridad Social debe evitar la miseria, enfermedad, ignorancia, desamparo y desempleo. De ahí,  en 1945 la Ley de subsidios familiares, la de la Seguridad Social en 1946, la de  la asistencia social en el 1948, y el Servicio Nacional de Salud en 1946, la auténtica joya de la Corona. Alguien dijo que la muerte de cualquier hombre disminuye al resto de la humanidad. Esta afirmación es válida en el caso de Beveridge.

Resulta conveniente y aleccionador echar una mirada al pasado no tan lejano. Todas estas políticas se pusieron en marcha en Gran Bretaña tras la II Guerra Mundial porque había unos dirigentes impregnados de un conjunto de valores éticos, como la solidaridad, la justicia social,  la empatía hacia los otros seres humanos, que hoy han desaparecido de nuestro panorama político. Un detalle muy significativo es el gabinete ministerial laborista que puso en marcha el Estado de bienestar tras los destrozos de la II Guerra Mundial. Los más destacados del Gobierno de Clement Attlee fueron Ernest Bevin, ministro de Exteriores; Nye Bevan, fundador de la Seguridad Social; y Herbert Morrison, el número dos de Attle. Todos eran de origen obrero, y en sus inicios fueron peón agrícola, minero y dependiente en una tienda, respectivamente. Y sin formación académica fueron capaces de llevar a cabo políticas para el progreso de la  gran mayoría de la sociedad. Hoy eso de la ética de la hermandad universal suena a antigualla.  El contraste es casi obsceno con muchos gabinetes actuales. Fijémonos en Cameron, de niño fue al colegio privado Heatherdown, donde estudiaron los príncipes Andrés y Eduardo. A los 11 años viajó en Concorde a los Estados Unidos  con 4 compañeros al cumpleaños de Peter Getty, nieto del magnate del petróleo John Paul Getty. Un antiguo tutor, recuerda ver a Cameron y a sus amigos comiendo caviar, salmón y ternera a la bordelaise, y levantarle la copa de Dom Perignon del 69 para hacer un brindis: ¡Señor a su salud! Antes de llegar a la universidad se educó en el colegio Eton, el lugar de formación de la élite política británica. Por ello, no debe sorprendernos que 23 de los 27 ministros de su primer gabinete fueran millonarios. Son las élites que creen tener derecho a gobernar. Y gobiernan para los suyos, lo triste es que todavía existe gente que no se ha apercibido de ello. Por ello, las víctimas votan a sus verdugos.

Y así estamos donde estamos. Mas todo tiene un porqué. Lo explica muy bien Tony Judt en su libro Algo va mal, durante 30 años hemos hecho una virtud de la búsqueda del beneficio material: de hecho, esta búsqueda es todo lo que queda de nuestro sentido de un propósito colectivo. Sabemos qué cuestan las cosas, pero no tenemos idea de lo que valen. Ya no nos preguntamos sobre un acto legislativo o un pronunciamiento judicial: ¿es legítimo? ¿Es ecuánime? ¿Es justo? ¿Es correcto? ¿Va a contribuir a mejorar la sociedad o el mundo? Estos solían ser los interrogantes políticos, incluso si sus respuestas no eran fáciles. Tenemos que volver a aprender a plantearlos. El estilo materialista y egoísta de la vida contemporánea no es inherente a la condición humana. Gran parte de lo que hoy nos parece «natural» data de la década de 1980: la obsesión por la creación de riqueza, el culto a la privatización y el sector privado, las crecientes diferencias entre ricos y pobres. Y, sobre todo, la retórica que los acompaña: una admiración acrítica por los mercados no regulados, el desprecio por el sector público, la ilusión del crecimiento infinito. No podemos seguir viviendo así. El pequeño crac de 2008 fue un recordatorio de que el capitalismo no regulado es el peor enemigo de sí mismo: más pronto o más tarde está abocado a ser presa de sus propios excesos y a volver a acudir al Estado para que lo rescate. Pero si todo lo que hacemos es recoger los pedazos y seguir como antes, como ha ocurrido, nos aguardan crisis mayores durante los años venideros.    Sin embargo, parecemos incapaces de imaginar alternativas. Esto también es algo nuevo. Judt es muy claro. Naturalmente que las hay. Lo dramático es que la socialdemocracia amedrentada asume que no las hay. Por ello, se necesita una reactivación de la identidad socialista, una reafirmación de los motivos y de los fines de un movimiento que corre el riesgo de debilitarse en una inconsistencia resignada si no sabe afirmar sus señas de identidad. Observamos que los partidos que se llaman socialistas, hablan poco de socialismo. Incluso algunos se avergüenzan, por lo pretenden renunciar a su denominación. Nadie espera que estos partidos propongan la realización de una sociedad socialista alternativa a la existente.  Lo que quieren es coherencia, la definición de unos objetivos claros vinculados a unos principios, y una práctica adecuada, no contradictoria; que incluya el comportamiento de sus representantes. Sobre todo la gente quiere veracidad y coherencia entre lo que se dice y lo que se hace. Encontrar una definición de socialismo es complicado, pero sabemos que siempre que en el mundo haya desigualdad, injusticia y falta de libertad existirá algo (que Engels, llamaba un «principio energético«) que hace que mucha gente se rebele contra la injusticia.  A pesar de la interesada literatura sobre la “muerte del socialismo”, su fuerza se mantiene y se manifiesta en su fecundidad para iniciar nuevos rutas. Los socialistas no podemos ni debemos renunciar a la utopía ni a conseguir un mundo mejor. No debemos esperar que el mercado con su mano invisible resuelva los problemas. Necesitamos una nueva cartografía, que sitúe claramente, en todo momento, dónde estamos, y a dónde queremos llegar. Unos mapas solventes y fiables, y que sean  nuestros mapas, no los de nuestros adversarios. Nuestro mapa, nuestra cartografía. Yo nos lo veo que la socialdemocracia los tenga. No tiene claro el sentido de lo que significaría su éxito político, si lo obtuviera; no tiene articulado un relato de una sociedad muy diferente de la actual. Al no tenerlo, ser socialdemócrata hoy no es más que un estado de protesta, tratando de contener, y a veces con poca convicción, los ataques a la Europa social. Clement Attlee, Ernest Bevin, Nye Bevan, y Herbert Morrison sí que lo tenían. Como también Beveridge.

 

 

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