15/03/2010

La vergüenza en los huesos

Como sucede con las personas, los pueblos sufren a menudo terribles traumas que, de no tratarse, determinan negativamente su futuro. No existe peor pronóstico que el de las heridas que se esconden, por miedo o por vergüenza, y que siguen supurando por debajo de las vendas. La guerra civil es una de las experiencias colectivas más dolorosas que pueden sufrir los pobladores de un territorio. Si además, añadimos a ésto cuarenta años de dictadura empecinada en reprogramarnos la memoria, el olvido llega adquirir las proporciones de una grave enfermedad crónica susceptible de reproducir nuevos brotes en cualquier momento.

La Ley de la Memoria Histórica debería haber servido para este fin. Para curar las heridas del pasado. Para leer esas páginas censuradas de nuestra historia como premisa imprescindible que nos permita pasarlas. Pero este país sigue cerrando los ojos. Arrojando más tierra, a cobardes paletadas, sobre los desventuradas calaveras de los desaparecidos. Temerosos de que, de liberar sus cadáveres de las fosas donde tuvieron a bien arrojarles los verdugos, tomen formas fantasmagóricas y persigan a aquellos que nunca deben ser molestados, por si las moscas.

En Aragón tampoco somos partidarios de la escuela psicoanalítica. A la iniciativa de CHA para promover la identificación de las víctimas del franquismo, PSOE, PP y PAR han reaccionado con una negativa común. Según ellos, ya es suficiente con el programa «Amarga Memoria» que se dedica a censar, pero no a exhumar, algunas fosas comunes.

Curiosamente, su celo va más allá de no querer derrochar un euro en desenterrar a los muertos.  La ARMH (Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica) exhumó dos cadáveres de una fosa de Valderarnero (Calatayud) a petición de sus familiares y la respuesta del Gobierno Aragonés no pudo ser más pintoresca. Decidió declarar estos cuerpos como restos arqueológicos y sancionar a la asociación quepretendía rescatarlos de su indigno entierro. Lo que me hace pensar en que hay más motivos que el meramente crematístico para no desempolvar estos negros episodios históricos.

A lo mejor, es la misma deliberada amnesia que les induce a permitir la apertura de una sede de Alianza Nacional en Zaragoza. Un partido que se autodefine como «heredero ideológico de los fascismos europeos», en un barrio obrero que ha recibido la iniciativa al grito de «Fuera fascistas de nuestros barrios».

La capital zaragozana se está convirtiendo en un punto de encuentro preferencial entre los neonazis y ultraderechistas de toda Europa. La impunidad con la que consiguen autorizaciones para sus actos xenófobos y fascistas contrasta con las dificultades que otros colectivos encontramos a la hora de organizar cualquier movilización ciudadana.

Pero, ¿de qué nos extrañamos?. Dos años después de que la ley de la memoria fuera aprobada aún no se ha reconocido jurídicamente a las víctimas de la dictadura ni a los españoles exterminados en campos de concentración. Y a pesar de admitir la ilegalidad de los tribunales franquistas, no se ha rehabilitado a los que fueron condenados por su código penal.

Amarga es la memoria de nuestros gobernantes. Tanto, que no les permite abrir las ventanas para que la brisa elimine a los espectros que amenazan con renacer desde las sombras. No es a los huesos de los represaliados, invisibles a la fuerza, a los que deben temer. Éstos solo deberían provocarles vergüenza por su obstinado abandono.

Son los otros. Los que nunca tuvieron que esconderse para levantar el brazo ni ensalzar la dictadura. Los briosos cachorros de los asesinos. Esos a los que alientan, con patente de corso, para hacer apología de unas ideas que en otros países europeos están tipificadas como delitos.

A ellos son a los que deberían confinar, definitivamente, en el rincón más blindado del recuerdo.