La guerra de los velos

La polémica suscitada por el uso del hiyab islámico en escuelas e institutos de nuestro país tiene diferentes lecturas según el enfoque que se aplique a esta cuestión. Como mujer que ha crecido en una cultura en la que el machismo imperante ha tratado de asfixiarnos con infinidad de velos, más o menos invisibles, no puedo sino sentir un rechazo personal contra cualquier negación de la naturaleza femenina o símbolo represivo de nuestra sexualidad. Como no creyente, experimento una aversión espontánea contra toda clase de imaginerías religiosas en los centros educativos. Sin embargo resultaría demasiado simplista y pueril creer que, la prohibición del pañuelo en las aulas, resolvería definitivamente el problema que subyace bajo la utilización de este controvertido trozo de tela.

El caso de Najwa, la adolescente expulsada de su instituto por la decisión de cubrirse la cabeza, es una invitación a la reflexión social más allá del enfrentamiento cultural o la convivencia entre los diferentes credos. Muchas jóvenes españolas de origen musulmán han adoptado esta práctica, no como una imposición, sino como un signo de rebeldía y autodeterminación frente a la creciente islamofobia que perciben a su alrededor. Negarles el derecho a la educación por esta causa no contribuye a la liberación de los atavismos que les someten a la dominación masculina. Por el contrario les aísla de la única posibilidad de enfrentarse, a través del aprendizaje y el conocimiento, a las ataduras que les impiden realizarse como seres humanos libres y completos.

Las mujeres españolas, adoctrinadas en un catolicismo alienante y misógino, hemos experimentado nuestra propia revolución contra el papel que tradicionalmente se nos había asignado en la sociedad. Reposo del guerrero o amantísima madre resignada en cuyo vientre se alojaba el útero-altar donde se cocía la vida, muchos han sido los velos que, uno a uno, hemos tenido que ir arrancándonos para tomar conciencia de nuestro derecho a la libertad.

En nuestra historia reciente, y durante muchas décadas, la Sección Femenina dirigida por Pilar Primo de Rivera constituye un lamentable ejemplo de la función a la que se destinaba a nuestro género. Sirvan como muestra unos extractos de la ideología que se transmitieron a nuestras madres y hermanas de parte de esta organización falangista:

«Ten preparada una comida deliciosa para cuando él regrese del trabajo. Especialmente, su plato favorito. Ofrécete a quitarle los zapatos. Habla en tono bajo, relajado y placentero. Prepárate: retoca tu maquillaje, coloca una cinta en tu cabello. Hazte un poco más interesante para él. Su duro día de trabajo quizá necesite de un poco de ánimo, y uno de tus deberes es proporcionárselo. Durante los días más fríos deberías preparar y encender un fuego en la chimenea para que él se relaje frente a él. Después de todo, preocuparse por su comodidad te proporcionará una satisfacción personal inmensa. Minimiza cualquier ruido. En el momento de su llegada, elimina zumbidos de lavadora o aspirador. Salúdale con una cálida sonrisa y demuéstrale tu deseo por complacerle. Escúchale, déjale hablar primero; recuerda que sus temas de conversación son más importantes que los tuyos. Nunca te quejes si llega tarde, o si sale a cenar o a otros lugares de diversión sin ti. Intenta, en cambio, comprender su mundo de tensión y estress, y sus necesidades reales. Haz que se sienta a gusto, que repose en un sillón cómodo, o que se acueste en la recámara. Ten preparada una bebida fría o caliente para él. No le pidas explicaciones acerca de sus acciones o cuestiones su juicio o integridad. Recuerda que es el amo de la casa».

Estas directrices, y otras muchas que nos relegaban a meras esclavas al servicio del macho, pertenecen a un texto que se titulaba «Economía doméstica para Bachillerato y Magisterio» de la Sección Femenina, año 1958.

Definitivamente, no me gustan los velos que esconden el cabello. Pero tampoco los otros, imperceptibles a los ojos de la gente, que poseen la misma carga represiva contra la dignidad de las mujeres. Esos que, aún hoy en día, quieren controlar nuestra sexualidad y derechos reproductivos subordinando nuestra libertad a prejuicios religiosos patrios tan reprobables como los ajenos.

Únicamenete Najwa debe ser la dueña de tomar sus propias decisiones. Ni sus padres ni esta sociedad que presume de tolerancia poseen derecho alguno sobre ella. Solo a través de la cultura podrá desprenderse de todas las presiones y optar por claudicar a la predeterminación que le impone su cultura o prender fuego al pañuelo que asfixia sus posibilidades de crecer como un ser humano libre. Esta es la guerra de Najwa y la de todas las hermanas del planeta, nosotras incluidas.