Noticias - 16/05/17

Representación en Híjar, en el verano de 1934, de El Divino Impaciente de José María Pemán, según nos la describe Santiago Lorén en su obra Memoria Parcial.

 

 

 

 

 

 

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El Divino Impaciente es una obra de teatro escrita por José María Pemán, cuya primera representación se hizo en septiembre de 1933 en el teatro Infanta Beatriz en Madrid. Es una obra pensada como réplica a la disolución de la Compañía de Jesús y el laicismo del gobierno de la II República. En definitiva, es una especie de contraataque del catolicismo español.

 

El texto de Santiago Loren se debe a que al tener familia en Híjar, un tío registrador de la propiedad, pasaba las vacaciones de Semana Santa y del verano en este pueblo. Habla muy bien de estas estancias, que le generan unos recuerdos inolvidables. Y en su libro Memoria Parcial, un libro de memorias sobre la II República, sobre todo en Zaragoza, también hay algunas alusiones a su presencia en este pueblo del Bajo Aragón histórico.  Realmente es un fragmento espectacular. Es una descripción portentosa, llena de viveza y cargada de ironía, donde hace una crítica  a ese viejo catolicismo, que tanto ha contribuido a retrasar la modernidad en esta España nuestra. Es para disfrutar.

 

 

 

 

 

 

“Otra de las ocurrencias eficaces de aquel verdadero comando diocesano de la Acción Católica fue la formación de un cuadro artístico-teatral, y elegir como primera empresa la representación de “El divino impaciente” de Pemán, lo que implicó tareas para toda la juventud del pueblo para todo el verano, porque “El divino impaciente” aburre a las ovejas si se ve, mientras que los que actúan se divierten como micos con tantos decorados, tantos trajes, tantos disfraces, las multitudes de figurantes, los follones espantosos en el escenario superpoblado; durante los ensayos hay que hacer arder hogueras o simularlas; quemar chozas con bengalas; abrir salsas de tomate para hacer manar la sangre y, sobre todo, largar parrafadas de versos de muchos latiguillos y frases de efecto: en el pueblo no había bastante gente para encontrar tantos actores, por lo cual unos cuantos hacíamos varios papeles aprovechando que San Francisco Javier fue culo de mal asiento y conoció a mucha y muy diversa gente: yo mismo hacía de paje, de caballero de armas y de chino; los decorados se improvisaron devastando cañaverales y embadurnado papeles, y los trajes los alquilamos en Zaragoza, junto con el resto del atrezzo, a unos proveedores teatrales que nos fiaron hasta que hiciéramos taquilla, que era prometedora; el papel de San Francisco se lo reservó Simón Calvo, a pesar de que era rechoncho y tosco, en vez de dárselo, como hubiéramos preferido todos, a Rafael, un seminarista alto y guapo por el que suspiraban en secreto todas las mozas del pueblo, pero aquí mandaba ala jerarquía y Simón era el que estaba más cerca para ordenarse; por esto en los ensayos fue perfilándose un divino impaciente muy poco ascético, bastante entrado en carnes, melifluamente pastoral y demasiado pasicorto para andar por tierras tan lejanas, en una palabra, un Simón Calvo de cuerpo entero, que andando el tiempo iba a ser secretario y hombre de confianza  de Monseñor Guerra Campos, el obispo de Cuenca, el espécimen clerical más comprometido con el régimen franquista; pues sí, el bueno de Simón Calvo nos dio a todos una premonición de curas tragarojos que llamaron a la salvajada de la Guerra Civil Cruzada, guerra santa contra el mal; los ensayos fueron una continua juerga en la que Pepito Marro tuvo magníficas oportunidades para su genio gamberril, irrumpiendo a destiempo con sus huestes de capitán de conquista, casi siempre en el momento que en que unos indios blandengues iban a ser bautizados, o disparando la pólvora de un tremendo trabuco que había sacado de los insondables baúles de su casa, precisamente en medio de una Nochebuena oriental y angélica, con lo que se daba la impresión que allí moría de susto por lo menos el niño Jesús; ay, cuánta implícita ironía latía en esa increíble representación de la evangelización del Oriente lejano, llevada a cabo a fuerza de trabucazos de Pepito Marro y de cristazos de Simón, que blandía la cruz como arma descalabrante o arrojadiza según los casos, y mira, tal vez todo aquello resultaba muy propio y, más o menos, adecuado a lo que debió ser la verdadera historia de la cristianización del extremo asiático; si nos hubieran dejado continuar en la misma línea, la gente se habría divertido mucho más cuando al fin se representó “El divino impaciente” ante un público de pueblo no menos impaciente pero si menos divino, porque al haber sido degradado Pepito Marro a soldado raso y manteniendo más o menos quieta la cruz Simón Calvo, que se conformaba ya con hacer arrojadizos sólo sus tremendos tirones de versos interminables, emitidos en un sonsonete adormedecedor, el personal lo pasó únicamente bien cuando se incendiaban las chozas, larguísimos minutos después de que anunciáramos a voces ¡fuego!, aunque el júbilo general  se apagaba pronto ante la increíble cantidad de humo que salía de las bengalas, llenado todo el local y ocasionando un estrepitoso coro de toses incoercibles; muchos espectadores se salieron al jardín del Pancho para respira como Dios manda; muchos otros se marcharon a sus casa para cenar, porque, entre una cosa y otra, las aventuras del divino impaciente; que habían comenzado a las seis de la tarde, se prolongarían hasta bien entrada la noche; la gente entraba y salía, algunos volvían ya cenados y otros, dispuestos a sacarle partido a la peseta que les había costado el asiento, volvían con chorizos, huevos duros, botas de vino y abundante pan, mientras nosotros continuábamos impertérritos y cansadísimos recitando nuestros papeles y contemplando con envidia la lifara tipo San Fermín, que se había armado en el patio de butacas; fue todo un acontecimiento aquel alarde teatral que llenó de comentarios todo el verano, la gente sencilla nos identificó con nuestros papeles, y así el seminarista guapo, Rafael, ya nadie le llamó más que Ataide, el guerrero adelantado de San Francisco, a mí el chino o el paje, según el mérito que viera cada cual en mis dos actuaciones, pero, cosa extraña, a San Francisco Javier todo el mundo siguió llamándole el Simón, no se sabe si por respeto al santo o en su venganza. Mi tío Beltrán el Negro peroraba en la tienda del tío Modesto que pronto iban a abarse todas esas mojigangas, que eran una vergüenza que el pueblo estuviera en manos de una panda de seminaristas, muertos de hambre, a los que más les valdría aprender a levantarse la sotana  para correr dentro de unos meses; pero no fueron las amenazadoras profecías del tío Beltrán el Negro lo que nos apartó a los chicos de los seminaristas; habíamos salido hartos de tanto Evangelio, de tanto Simón Calvo y sobre todo de tanto José María Pemán, quien, seguramente, estaba muy ajeno al efecto disolvente de sus versos en nuestras manos de hijos de buenas familias…”

 

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