Historia y Política - 02/10/17

España es mucha España. Es todo un aviso a navegantes. Si el Estado ha podido con Pujol, también podrá con otros.

Publicado hace 3 años. Parece oportuno leerlo hoy.

 

 

 

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La sociedad catalana, y también la española, se han visto sacudidas al conocer por unas declaraciones de Jordi Pujol “ que durante 34 años tuvo dinero fuera de España, producto de una herencia paterna y que en este largo período no había encontrado la ocasión oportuna para regularizar su situación ante Hacienda”. Es lamentable el regocijo con la corrupción de no pocos españoles según su procedencia. Usando términos de Unamuno, con el Gürtel disfrutan, hunos. Con los Eres de Andalucía, hotros. Y si de un nacionalista catalán, hunos y hotros. A mí me produce malestar y asco toda corrupción, sea de quien sea. Es imprescindible una nueva moral pública, pues los españoles que votan a corruptos a sabiendas que lo son, también son responsables. Son corruptos los que corrompen, los que se dejan corromper, los que votan a los corruptos y los que no los denuncian. Ya lo cantó Joan Báez,  “si no luchas por acabar con la corrupción y la podredumbre, terminarás formando parte de ella”. Por tanto, que cada palo aguante su vela.

 

En el caso de Pujol sorprende que estas declaraciones  las hemos conocido 7 días antes de la entrevista de Artur Mas con Mariano Rajoy. ¿Se habrían producido si CIU no se hubiera decantado por la independencia? ¿Por qué hemos esperado 34 años?

 

Conviene hacer un poco de historia. Los fiscales Mena y Jiménez Villarejo elaboraron una querella presentada en mayo de 1984, contra el Consejo de Administración de Banca Catalana, incluido su vicepresidente ejecutivo, Jordi Pujol, entonces presidente de la Generalitat, que en noviembre de 1986, el pleno de la Audiencia de Barcelona la desestimó.

 

Los nacionalistas lo tomaron como una declaración de guerra. El aparato de agitación y propaganda de CIU, con la ayuda de TV-3, funcionó a toda máquina para que el día de la investidura de Pujol, 30 mayo de 1984, casi 100.000 catalanes hicieran sentir su ira ante la sede del Parlament  y ante el Palau de la Generalitat. En el balcón de la plaza de Sant Jaume, Pujol pronunció una de sus arengas más conocidas: «Dejadme decir una cosa por última vez. El Gobierno de Madrid, o el central, mejor dicho, ha hecho una jugada indigna. A partir de ahora, cuando se mencionen las palabras moral y ética podremos hablar nosotros, pero no ellos». Poco antes los más significativos representantes de «ellos» – Raimon Obiols; el alcalde de Barcelona, Pasqual Maragall  habían sido despedidos en el Parlament con golpes, gestos obscenos y gritos como: «¡Obiols, cabrón, somos una nación!», «¡Botifler!», «¡Traidor!» o «¡Matadlo! ¡Matadlo!». Tampoco faltaron «Felipe y Guerra atacan a nuestra tierra”Según recientes declaraciones de Jiménez Villarejo, estábamos en una situación clave de la transición iniciando el proceso autonómico.  Pujol se había convertido en el símbolo de la nueva Cataluña y aunque era evidente su responsabilidad penal en los delitos que le imputaban, el Tribunal evitó que el proceso continuara, que fuera juzgado y eventualmente condenado -que habría sido lo justo- y a partir de ahí se creó un clima de impunidad. Clima de impunidad que le sirvió para seguir operando en su política, social y económica de forma arbitraria y fuera del peligro de cualquier persecución judicial, porque él controlaba perfectamente la parte del poder judicial que le interesaba. Impunidad que la utilizaron como chantaje los gobiernos del PSOE y del PP, para poder contar con el apoyo político de CIU en los momentos que lo necesitaron. “Tú nos apoyas, nosotros te dejamos hacer”.

Según un esclarecedor artículo de José Antonio ZarzalejosQué coño es la UDEF? El Estado, señor Pujol”. A Pujol  se le consintió este continuo comportamiento corrupto mientras se instaló en la política de “la puta y la Ramoneta”, es decir, en una tolerable ambigüedad que no amenazaba la integridad del Estado. Pero cuando -con sus bolsillos no precisamente de cristal, incluidos los de miembros familiares- decidió hacerse independentista y respaldó a Artur Mas en su misión de vanguardia del secesionismo, el Estado ha dicho “hasta aquí hemos llegado”. El Estado le ha hecho al que fuera Molt Honorable, un traje a la medida. Porque para enfrentarse al Estado, retándolo, hay que estar limpio como una patena. Cuando Pujol se preguntó retórica y públicamente “¿Qué coño es la UDEF?”, alguien debió contestarle: es el Estado, señor Pujol, que le está tomando la matrícula para ver si usted -y tras de usted otros tienen autoridad moral para atentar contra su integridad. España está débil y padece muchas patologías pero el Estado se defiende cuando ve que está siendo atacado. Los políticos secesionistas de Cataluña pecaron de ingenuidad y además de imprudencia. No sabían con quién se la estaban jugando. El independentismo se planteó desde Barcelona como una partida de mus sin cartas ganadoras. Y así no se hace política de ruptura de un Estado con siglos de historia. Alguien le dijo a Pujol “confiese” y debió ser muy persuasivo porque se ha suicidado políticamente, ha destrozado a su partido, además de dejar noqueados a su delfín y a una buena parte de la sociedad catalana.  Es todo un aviso a navegantes. Si el Estado ha podido con Pujol, también podrá con otros. Se ha acabado la ilusión popular del Viatge a Ítaca (un poema de Kavafis y cantado  por Lluís Llach).  A partir de ahora hay que temer a los lestrigones, los cíclopes y al colérico Poseidón

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