Cultura y Sociedad - 03/02/10

Tan frágil como el cristal

Ha muerto Salinger, el escritor de The Catcher in the Rye (El Guardián entre el Centeno), novela de culto para los adolescentes de varias generaciones y un clásico de las letras norteamericanas.

El pasado uno de enero cumplió noventa y un años. Su vida se transformó en leyenda y tema de especulación cuando, hace ya mucho tiempo, decidió retirarse de la esfera pública y ejercer su derecho a la intimidad. A la biografía de Hamilton, publicada en España por Mondadori en 1988, le siguió años más tarde otra, mucho más escabrosa, escrita por su hija. Salinger interpuso recurso contra ambos textos, lo cual no hizo más que exacerbar los ánimos de periodistas y fotógrafos, ávidos de sensacionalismo. Durante un tiempo el escritor siguió la Cienciología de Hubbard, pero sobre todo buscó el equilibrio en el budismo zen y su obra aparece jalonada de imágenes que valoran el mundo sencillo del niño, la ausencia de sofisticación, la naturalidad.

Sus escritos tratan de perfilar la débil línea entre el yo y el mundo y para ello inventa unos personajes que aparecen de forma recurrente en sus historias, son la familia Glass, en español, cristal. Seymour Glass, Buddy Glass, Franny y Zooey Glass son jóvenes de clase media que buscan cómo pueden mantener el equilibrio emocional ante las agresiones de la vida moderna. Franny se siente mal porque se ve obligada a agradar a su novio Lane, joven universitario con pretensiones en el ámbito académico, que desea casarse con la chica diez. Buddy Glass es un profesor solitario que ha desconectado hasta el teléfono y Seymour Glass, el mayor, huye del hotel que comparte con su superficial esposa y se va a la playa con la ilusión de ver a una niña de seis años, Sybil Carpenter. La gente mayor le pone muy nervioso. Se siente empequeñecido cuando de vuelta al hotel se encuentra a una mujer en el ascensor que, desconsideradamente, parece que le mira fijamente los tobillos. Seymour Glass no logra franquear la distancia entre el mundo y sus sentimientos, y desconfía de la gente mayor.

En sus razonamientos los jóvenes Glass se muestran demoledores con la sociedad. Los editores tampoco quedan exentos de responsabilidades, al comportarse como un eslabón más del proceso industrial. Salinger, de hecho, había sufrido serias contrariedades con algunas de sus historias. El cuento “Viena, Viena” aparece publicado en Good Housekeeping con un título distinto “A Girl  I Knew” (La Chica que Conocí), sin duda más atractivo para el público femenino al que iba dirigido, y en la revista Cosmopolitan cambian “Scratchy Needle on a Phonograph Record” (La Aguja Retorcida que Araña el Disco del Fonógrafo) por un título facilón,  “Blue Melody”, algo así como “Rapsodia en Blue”, destinado obviamente al lector medio habitual de la publicación.

Sus cuentos son historias cerebrales, con poca acción, donde los diálogos recuerdan con frecuencia la tensión dramática destinada a la escena, donde la forma ensayística aparece entremezclada con los estados críticos de los protagonistas. Salinger busca respuestas en Oriente y, dependiendo de los títulos, razona -como en “Zooey” y “Teddy”- o silencia parlamentos y es la imagen la que ocupa, como en el cine, la retina del lector. Se advierte la deuda formal al estilo New Yorker, el semanario que publica la mayor parte de sus narraciones breves. En “A Perfect Day for Bananafish” (Un Día Perfecto para el Pez Plátano), Seymour Glass cuenta la historia del pez plátano que cava un agujero en la arena donde penetra y engulle ingentes cantidades de plátanos, tantos, que cuando quiere salir del agujero ha engordado tanto que no puede hacerlo y muere en el intento. El pez plátano es fiel reflejo de una sociedad que se ha dejado llevar por la ambición y, muestra por defecto, lo que sin duda sería el satori, el punto de equilibrio que alcanzaría el hombre en ausencia del yo. Para Occidente la posibilidad de ser feliz se ha perdido y el suicidio del personaje marca la incapacidad de sustraerse a la individualidad, agobiado por sus propios prejuicios.

Oriente se convierte para los Glass en un paraíso imposible, en retorno maldito. “Teddy”, el niño superdotado que representa la voz de la sabiduría, advierte del peligro de aprender y reniega del conocimiento ilustrado que seguramente contenía la manzana de la que comió Adán, alejándole para siempre de la omnisciencia del instinto. Holden Caulfield no puede soportar la malicia de los adultos y, ante la mirada incrédula de su hermanita Phoebe, interpreta al adolescente iluso que sueña con marcharse al Oeste y, una vez allí, evitar que los niños caigan por el acantilado. Su única meta consistirá en preservar la inocencia. Dice: “What I have to do, I have to catch everybody if they start to go over the cliff… That´s all I´d do all day. I´d just be the catcher in the rye and all” (1). Esta es la cita a la que alude el título del original inglés The Catcher in the Rye (El Guardián entre el Centeno).

Seguramente Salinger pronto se dio cuenta de que la sencillez de Oriente, la necesidad de hacer concesiones, contradecía en extremo la escalada imparable y sin escrúpulos hacia el triunfo que representaba el sueño americano. Cercano a la naturaleza, en su granja de New Hampshire, tal vez lograra escapar al rol social al que estaba destinado. Difícilmente perdona la sociedad a quien se aleja de sus obligaciones para vivir de manera distinta. Salinger se ha ido y, silenciosamente, deja lo mejor de sí mismo, su obra narrativa. Disfrutémosla.

(1) Todo lo que tengo que hacer es evitar que [los niños] se caigan por el acantilado… Eso es lo que haría en todo el día. Simplemente sería el guardián entre el centeno y eso es todo.

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