Perlas cultivadas - 21/06/21

De la verdad y mentira o falsedad

Andrés Ortiz-Osés

Andrés Ortiz-Osés (Fuente: ‘El Correo’)

Sé verídico contigo mismo (W. Shakespeare)

 

Formamos parte del sistema del universo, en el que nada es absoluto ni tampoco relativo, sino que todo es relacional y correlacional. En este sistema correlacional hay una ambivalencia radical entre lo verdadero y lo falso, lo necesario y lo contingente, ya que lo absoluto está implicado en lo relativo y viceversa, lo necesario en lo contingente y viceversa, configurando así una correlatividad o coimplicidad entre lo real y lo surreal, lo positivo y lo negativo, la vida y la muerte, la verdad y la mentira o falsedad, el ser y el no ser. En efecto, la verdad es lo que realmente es o aparece, pero el aparecer aparece también como una apariencia o mero aparecer engañoso.

El sistema del universo ofrece una razón y verdad no puras sino encarnadas, al modo como el propio Dios no es puro o abstracto sino encarnado en el mundo contingente y en el devenir temporal. El ser del universo, el ser universal, se encarna en el no-ser hasta acabar acabando, o sea, feneciendo, aunque no del todo. Por eso la verdad es la vida y lo vital o existencial, pero es una verdad corroída por la mentira de su putrefacción mortal y del morir dexistencial. La ambivalencia de la vida y la muerte recorre nuestra existencia y tiñe nuestra coexistencia. Por eso la verdad del amor está en que es una ilusión vital, pero su mentira o engaño está en ser también una ilusión mortal. A no ser que…

A no ser que asumamos ambivalentemente la verdad y la mentira de todo, incluido el amor, así pues tanto su aparición verdadera como su apariencia engañosa, tanto su ser como su no-ser, tanto su necesidad como su contingencia. La verdad de la realidad dice revelación o desocultamiento, la mentira o falsía de lo real dice ocultación o velamiento, porque ocultamos la realidad oscura o negativa en nombre de lo claro o preclaro. Pero se trataría de asumir la claridad de la verdad y la oscuridad de su mentira ambivalentemente, o sea, ambi-valientemente. Pues todo tiene su verdad y su mentira, su cara y cruz, su luz y sombras, proyectando así la dialéctica de su mutua complicidad o coimplicidad. Entre la verdad absoluta de Platón y la no-verdad relativista de los Sofistas, el propio Sócrates se sitúa en el medio, a la búsqueda de una verdad cómplice, dialógica o interhumana.

Y. Tanguy, ‘La muerte acechando a su familia’, 1927.

Cuando buscamos la pura luz de la verdad a menudo denegamos la oscuridad de su mentira. Por eso exaltamos la vivencia de la vida, dejando a la sombra la moriencia de la vida. Pero la verdad de la vida es que acaba en la vejez, la enfermedad y el morir malamente, así pues en el rotundo fracaso vital, perfectamente sobreseído por nuestra sociedad y su idealismo letal. No hay pues que casarse con ninguna verdad, para poder así relacionarse con la verdad y su mentira o engaño abiertamente. Me ha llamado la atención antropológica que Sara Carbonero, la ex de Iker Casillas, haya codefinido complejamente el amor como decepcionante y gratificante a un tiempo. Y, en efecto, el amor es una esfinge que no finge: pues trata de re-mediar bien que mal lo divino y lo diablesco, el bien y el conflicto, la vida y la muerte del ser de este mundo, y no tenemos otro. A no ser que…

A no ser que ese fracaso del morir, que es la mentira de nuestra verdad vital, sea revisitado y revisado en un campo-santo y su silencio eterno. Porque si el morir es la disolución de nuestra verdad mundana, la muerte es la solución perenne a nuestro error/errar en el mundo. En la vida proyectamos solo lo positivo, pero en la muerte asumimos lo negativo: aquí yace la verdad del mundo y su mentira, lo bello y lo siniestro, lo racional y lo irracional. Porque el ser de lo real no es solo verdadero, bueno y bello, como quería la filosofía clásica, sino mentiroso o engañoso, malo y feo. Tradicionalmente el ser se ha olvidado del no-ser, así como Dios se olvida del diablo: nos hacemos mutuamente luz de gas para aturdirnos ilusoriamente y no ver o negar la negatividad, lo cual lleva políticamente a un irrealismo. La clave está en la ambivalencia de los contrarios: el amor dulcifica el dolor, pero el dolor amarga el amor.

 

Tan nefasto como el miedo a la verdad, del que hablaba H. F. Amiel, es el miedo a la mentira o falsedad. Mas la verdad de Dios es su crucifixión humana, mientras que la verdad del hombre es su crucifixión mundana. La verdad final de la vida es la muerte, aunque la verdad final de la muerte es la paz perpetua. La verdad del amor es el desamor hiriente como ruido de fondo, y la verdad del desamor es el amor herido como bajo obstinado. La verdad de la verdad sería puro idealismo, y la verdad de la mentira sería impuro realismo. La verdad dice apertura y la mentira o falsedad cerrazón, pero somos apertura y cierre o defensa. Desvelar la verdad es desvelar la mentira del mundo: la verdad del mundo es que está desnudo, pero se reviste de oropeles. Finalmente, la verdad es que la vida se venga de la muerte en el tiempo abierto, pero la muerte se revenga de la vida en su trastiempo o eternidad cerrada. Nuestras casas y enseres revelan su sentido cercano y humano, pero el ser revela su sentido transhumano o extraño, y el mundo  su sentido animalesco o inhumano.

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