Cultura y Sociedad - 15/11/21

Antología en la Lonja zaragozana de la pintura del aragonés Francisco Pradilla (1848-1921)

                                                                       Nuevo Carderera

 

 

Francisco Pradilla Ortiz (1848-1921)

Organiza: Ayuntamiento de Zaragoza

Comisariado: Wifredo Rincón

La Lonja, 8 octubre 2021 / 9 enero 2022

Alfonso I el Batallador, 1879, óleo s. lienzo, 237 x 151, Ayuntamiento de Zaragoza

 

 

En su muerte el 1 de noviembre de 1921, por expresa voluntad del finado ni se repartieron esquelas ni se admitieron coronas. Al sepelio, celebrado en el cementerio madrileño de San Justo, asiste un coronel, en representación del monarca, y Antonio Maura, la máxima autoridad del gobierno de entonces. También están Benlliure, Tomás Bretón, Gascón y Marín y otros tantos; menos personas, no obstante, que quienes le visitaban en Roma para pedirle un autógrafo en el último tercio del siglo XIX. La Gaceta de Bellas Artes afirmaba el año 1930: “Madrid, y sobre todo Zaragoza, están en deuda con este gran artista”.

El ayuntamiento cesaraugustano -antes lo había hecho el Museo de Zaragoza, poniendo a dialogar la obra de Pradilla con la de sus coetáneos aragoneses- salda estupendamente el debe y sale al paso del injustificado olvido con esta magnífica exposición, comisariada por el mayor especialista en su figura, Wifredo Rincón, que atesora dos monografías y muchos artículos dedicados a este artista nacido el año 1848 en Villanueva de Gállego (que precisamente ahora convierte en permanente un espacio dedicado a su insigne paisano).

Fue Pradilla director del Museo del Prado y de la Real Academia de España en Roma. Le

Autorretrato, 1887, Museo de Zaragoza

acompañaron medallas de honor, condecoraciones, encargos oficiales, éxito económico (aunque sufrió un grave quebranto financiero que le atribuló en los últimos años), proyección nacional e internacional; sin embargo, la personalidad de este hombre, melómano, viajado y culto, tendió siempre a la austeridad y a estar más cerca de los pinceles verdaderos que de los falsos oropeles. Esa misma realidad es la que encontramos en su estilo ya que, al decir del mismo W. Rincón, “reflejaba todo lo que veía y lo hacía de manera natural plasmando en el lienzo la realidad”. La realidad de un dibujante académico, de un colorista espectacular, de un especialista en el tratamiento de la luz y diestro en la distribución de composiciones complejas que terminaba siempre por armonizar.

De las 187 piezas de la muestra, de múltiples procedencias, casi un 45% no se han expuesto nunca. Se sigue un criterio cronológico, temático y estético, con dos salas dedicadas en exclusividad a la obra sobre papel de dibujos y acuarelas.

Una misma exposición y diversos itinerarios posibles. Si quieren hacer la ruta del color, visiten sus acuarelas y esos paisajes en los que el dibujo académico se descompone con toques iluministas de delicada pincelada, casi impresionistas, como los de su amigo Sorolla. Adviertan, por favor, los tonales e italianizantes azules del retrato de la Duquesa de Encinares. Si lo que desean es encontrarse con las diversas formas de articular complejas composiciones y atmósferas, pueden detenerse en el 3’3 x 5’5 m de la Rendición de Granada o en el Retiro de las Musas. Mientras tanto, les será difícil olvidar la maestría del dibujo, reflejada en un sinfín de personajes situados en todas las posiciones imaginables.

Juana La Loca, 1877, 340 x 500, El Prado

Juana la Loca visita la tumba de Pradilla, Montaje de AEPE

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Sea cual sea su interés, no obstante, van a encontrarse con todo el repertorio de géneros pictóricos del momento, un verdadero manual. La palabra género tiene mucho de literario pero aquí están aquellos retratos (y autorretratos) que tanta fama le dieron y también algún que otro disgusto por el afán de verdad con el que los hacía, que no siempre era del agrado del retratado; el paisaje, quizá su vocación principal y la revelación de esta exposición, es fondo de muchas de sus obras pero también protagonista y en absoluto desmerecedor de los principales paisajistas españoles. Como afirmaba Camón Aznar, “recoge en ellos el instante lumínico con la más afinada acuidad”. La pintura costumbrista o de género está muy bien representada (Viernes santo en Madrid, Lavanderas en un patio toledano, Rincón veneciano de la plaza de San Marcos, Día de mercado en Noya…) y hay todavía algún buen ejemplo de pintura mitológica (Lección de venus al Amor).

Sin embargo, el género que más llamará la atención es el histórico porque cuadros de esta exposición les llevarán a las ilustraciones de antiguos manuales de historia. Es este tema una constante en la pintura española del siglo XIX, auspiciado por la Academia de Bellas Artes de San Fernando primero y por la Real Academia española de Roma, así como por las Exposiciones Nacionales. Tras esto se encuentra el romanticismo que ensalza los valores tradicionales y coloca la pintura de historia en el cenit de la nacional, amparado por el nacionalismo y el historicismo. Porque, efectivamente, corre en paralelo a la construcción de una historia patria: por eso el principal cliente es el Estado que exige grandes formatos, colorismo y multitud de figuras. A principios de la siguiente centuria caerá en desuso y dejará en el olvido a sus principales representantes.

Doña Juana la Loca es un cuadro pintado durante el pensionado de Pradilla en Roma, el año 1877 y con la edad de 29 años. El tema se convirtió en verdadera obsesión del artista -recuérdese la obra La reina doña Juana recluida en Tordesillas, también en el Prado- porque tenía todos los requisitos de una visión romántica: una reina española; sus celos patológicos y un drama de amor no correspondido; necrofilia; la locura; pasión desbordada; epifanía del Imperio. En su contenido sigue la crónica de Pedro Mártir de Anglería que recoge la Historia de España de Ferrari: El cadáver del rey Felipe el Hermoso se traslada desde la burgalesa Cartuja de Miraflores hasta Granada, por expreso deseo de su viuda. El cortejo andaba de noche porque una mujer honesta “después de haber perdido a su marido, que es un sol, debe huir de la luz del día”. En los pueblos en los que descansaba, se le rendían funerales al finado y en ellos no entraba ninguna mujer. En Torquemada de Hornillos manda la reina colocar el féretro en un convento que creyó ser de frailes pero, al enterarse que es de monjas, ordena que se le saque de allí y sea llevado al campo. Estamos a finales de diciembre del año 1506 y Felipe había muerto tres meses antes. La Asociación Española de Pintores y Escultores devuelve en justa reciprocidad la obsesión del artista sobre Juana y en este montaje es la misma reina quien visita la sencilla tumba de Pradilla.

La reina centra la composición, adelantada a un asiento en tijera. Traje de terciopelo negro que deja ver, no obstante, su avanzado estado de gestación. Lleva dos alianzas y presencia el féretro situado sobre unas parihuelas, engalanado por las armas imperiales y precedido por dos velones. Las masas se articulan en aspa, de un modo escenográfico como había aprendido en Zaragoza de su maestro Mariano Pescador: la diagonal del féretro y la vertical de Juana mirando a la cabecera del mismo; a la izquierda, una joven dueña y el fraile de blanco hábito con el fondo de la comitiva; a la derecha, entre aburridos y distantes, los acompañantes más próximos, la hoguera, agitada por el viento, y el convento al fondo. Es el último atardecer de un día de invierno, alumbrado por esa pincelada segura y vigorosa que sabe crear estos impresionantes valores atmosféricos de gris celaje. No extraña el inmediato éxito que alcanzó la obra.

Por Zaragoza pasaba Pradilla en sus viajes hacia Madrid y Roma, donde vivió más veinte años. Tenía aquí a sus hermanos y al resto de la familia pero no había recibido encargos oficiales hasta que el consistorio le adjudica la realización de dos lienzos, retratos de monarcas con carácter imaginario: Don Alfonso V el Magnánimo y Alfonso I el Batallador, a tres mil pesetas cada uno. A Peiró, concejal y amigo que propició la comanda, le dice en 1879:

Estoy descontento de ellos sobre todo como ejecución, pero ¿cómo ha de ser posible ejecutar con frescura cuando no se tiene delante el natural y se trabaja con remiendos? Es el defecto de la pintura histórica, hay que crear verdad que es lo más difícil y desagradecido.

Él mismo cuenta que le hizo ‘batallar’ con las dificultades de un traje que necesariamente le abultaba. De pie, sobre una colina, algo indica al fondo la ciudad de Zaragoza. El busto del monarca se destaca por oscuro en un cielo luminoso a la vez que aborrascado y que hace de contraste. El artista lo había captado en toda su relación tonal desde la azotea de su casa romana. Las condiciones de composición son limitadas pero engrandece Pradilla la escala al colocar la línea de horizonte en el centro sobre la vertical del rey y de la espada. A distancia, un lancero con el escudo de la ciudad. Grises y pardos con escasas áreas de color algo más intenso en la ornamentación del vestido, vaina y cinto. Sirvió de modelo a la escultura de José Bueno realizada para el cabezo del actual Parque Labordeta en 1918. Y se nota.

Año Pradilla. El folleto de mano es una sucinta biografía del pintor mientras que el completo catálogo (240 págs.) da cuenta de todas las obras expuestas y su correspondiente comentario. Hay visitas guiadas.

Vayan a verla, a mirarla y a admirarla. Vale mucho y, por tanto, es gratis.

 

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