Publicaciones - 28/12/20

¿Ha cambiado la OCDE?

 

Una entrevista con la economista jefa de la OCDE, Laurence Boome (El País, 2-12-2020, p. 38-39), suscita algunas cuestiones, motivadas, sin duda, por la propia ignorancia en temas económicos, así como por cierto recelo respecto a instituciones como la OCDE que han dictado, y lo siguen haciendo, las políticas que, aunque ahora lo traten de ocultar, es de temer que nos han llevado a la situación de crisis económica, social, institucional y sanitaria en que estamos instalados. Tal y como se lee en su página web (https://www.oecd.org/acerca/):

La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) es una organización internacional cuya misión es diseñar mejores políticas para una vida mejor. Nuestro objetivo es promover políticas que favorezcan la prosperidad, la igualdad, las oportunidades y el bienestar para todas las personas. Nos avalan casi 60 años de experiencia y conocimientos para preparar mejor el mundo de mañana.

 

Ahora -un poco tarde, la verdad- reconocen que su actuación en la crisis de 2008 no fue la correcta. En realidad, la economista no lo reconoce, pues atribuye la responsabilidad a los políticos: «Hemos aprendido las lecciones de la crisis financiera y los responsables políticos han sido mejores a la hora de implementar políticas que protejan a la gente y la capacidad colectiva de la economía». En la responsabilidad de los políticos, no en quienes diseñan sus políticas económicas, insiste al final de la entrevista: «En el pasado, muchos políticos no prestaron suficiente atención a los afectados por la globalización y la digitalización».

Ahora -repito- su objetivo es «proteger a la gente». ¿Antes no? Desconozco qué término concreto utilizó la economista, pero adviértase que el periodista escribe (traduce) ‘a la gente’, ¿tal vez para evitar el término ‘pueblo’, palabra proscrita para aquellos que aborrecen lo políticamente correcto? Demasiada suspicacia por nuestra parte, lo puedo reconocer. Llega a ser conmovedor leer las palabras de esta economista preocupada por la desigualdad («Lo que más me preocupa es la desigualdad que estamos creando»), especialmente entre los niños y los jóvenes trabajadores. Por cierto, dice ‘estamos creando’. ¿A quiénes se refiere, a los economistas, a los políticos, a las instituciones supranacionales? ¿O en la primera persona del plural incluye a todos los ciudadanos, sin excluir a quienes fueron y siguen siendo víctimas de las políticas que ellos sugieren y, de facto, imponen a los diferentes gobiernos?

Ahora -insisto- las propuestas de la OCDE  parecen más propias de comunistas o, al menos, socialdemócratas, aunque, desde luego, ellos no tienen aspecto de perroflautas, por utilizar el término que popularizó, si no lo inventó, la muy alabada por Mario Vargas Llosa como la esencia del liberalismo, la expresidenta de la Comunidad de Madrid, loa que el novelista de nuevo dedicó años después, por cierto, a la actual presidenta de la misma Comunidad.

Y es que son muchos -incluidos la mayor parte de los economistas, por supuesto- quienes creen que la Economía es una ciencia cuyos dictados hemos de seguir de manera inapelable como si de una ciencia exacta se tratara. Consideran que los modelos matemáticos que utilizan son la realidad misma. Y eso enseñan desde sus cátedras, ahora también en la Educación Secundaria. Pero la realidad es mucho más compleja como enseña Edgar Morin (Ciencia con conciencia, Anthropos, 1984). Los historiadores aprendieron hace tiempo que no podían predecir el futuro y, por lo general, aceptaron sus limitaciones y se volvieron más humildes en sus apreciaciones.

No me parece que haya muchos economistas ni entidades supranacionales que hayan sacado alguna conclusión de sus errores de predicción. Con su poder de influencia y su capacidad de presión sobre los gobiernos, siguen dictando líneas de actuación política y económica desde su atalaya. The Economist y The Financial Times son el oráculo de Delfos contemporáneo que pocos se atreven a cuestionar. Por cierto, en relación con The Economist, se esté de acuerdo o no con las tesis que el ensayista y novelista indio Pankaj Mishra defiende en Fanáticos insulsos. Liberales, raza e Imperio (Galaxia Gutenberg, 2020), no estaría de más leer el capítulo que titula «The Economist y el liberalismo».

En fin, no puedo evitar que esta conversión me recuerde a la inane declaración del presidente francés Nicolas Sarkozy en la crisis de 2008 cuando dijo aquello de que había que reformar el capitalismo. Y no pasó nada. Nada se reformó. Todo siguió igual… o peor. Igual me equivoco, lo que me alegraría enormemente, y entonces debo disculparme. Una vez más. Y es que yo no soy economista, sino un ciudadano anónimo.

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