Cultura y Sociedad - 26/04/11

Los ateos también sangramos

Aunque evito salir estos días a la calle en la medida de lo posible, el hecho de vivir en el Casco Viejo me garantiza un lugar preferente en el desfile de carrozas de inspiración gore, custodiado por tipos encapuchados que marcan lúgubres ritmos con sus bombos entre un perturbador olor a incienso y cirio. Nada más traspasar la puerta de mi casa me veo obligada a zambullirme en una realidad que me produce escalofríos. No hay escapatoria.

Uno de los múltiples traumas de mi infancia tuvo lugar cuando mi testarudo padre se empecinó en que me acercara a besar a un individuo con capirote. El personaje, seguramente un conocido camuflado bajo el tétrico anonimato de su atuendo, permanecía estático en espera del infantil abrazo. Recuerdo que complementaba su look con un cinturón de ásperas cuerdas oprimiéndole la cintura, una vela enorme y los pies descalzos. Unos días antes, había visto una película en la tele en la que unos fantoches con la misma pinta colgaban a un señor de color negro delante de una gigantesca cruz en llamas. No he de decir que la resistencia que desarrollé ante la solicitada carantoña podría clasificarse como una crisis de posesión diabólica que mi progenitor, sabio pedagogo, exorcizó de una terapeútica bofetada. ¿Quién tuvo consideración con mi sensibilidad de niña aterrorizada? ¿Quién la tiene ahora cuando, impepinablemente, veo mi vida cotidiana avasallada por la grotesca exaltación del sufrimiento y ejecución de un señor hace más de 2.000 años?

Recientemente, un grupo de personas que estaban reunidas en la asociación Cabo Verde-Aragón celebrando una fiesta con tambores y bocinas a las 7 de la tarde, fueron disueltos por alterar el orden público. Pero a las cofradías no solo se les da patente de corso para atizar a los bombos a cualquier hora del día o de la noche. Además se les proporciona infraestructura logística desde las instituciones públicas. Aunque por definición constitucional, somos ciudadanos de un estado aconfesional que no debería tener privilegios entre los credos, la realidad es bien distinta. Desde que empieza la preparación del evento, un gran número de servicios municipales se ponen a sus órdenes.

Las procesiones ocupan las calles durante un largo periodo de tiempo, un permiso impensable de conceder a cualquier otro culto o colectivo. Pero además cuentan con la fuerza pública. Un servicio de seguridad que pagamos entre todos, aunque seamos más ateos que Marx. Creo que son motivos para herir la sensibilidad de los que entendemos que no debe existir discriminación, positiva o negativa, ni subvención económica a ninguno tipo de manifestación religiosa en una sociedad que, por ley, así lo tiene establecido.

Y otra conmoción que debemos padecer los laicos es la presencia de las autoridades en estos cortejos religiosos. Aluden a motivos de tradición pero lo que practican es el populismo pasándose por el forro la sensibilidad de los agnósticos o practicantes de otros cultos.

Una nube de abogados cristianos han demandado aquí y allá arguyendo que sentían que se estaban produciendo delitos contra la sensibilidad religiosa de los católicos. Entienden la crítica y la sátira como una agresión y ese es su problema. Lo indignante es que se utilice el mismo discurso para prohibir una procesión atea en Madrid por parte de las autoridades. ¿Por qué no defienden con el mismo ahínco el perjuicio que este gran circo nos produce a los que no somos tan devotos?

La Semana Santa nos cuesta buenos dineros a los contribuyentes. A todos. Podríamos justificarlo por motivos turísticos e incluso artísticos. Pero los excesos morbosos a los que recurre, en todos los terrenos, me retrotraen hasta los ojos de comadreja que asomaban por dos agujeritos en la caperuza del fantoche de aquellas otras Pascuas y vuelvo a sentir la llamada de la bestia.

¡Por dios que alguien piense en la sensibilidad de los ateos! Es que si nos pincháis, ¿no sangramos?. Si nos cosquilleáis, ¿no reímos? Si nos envenenáis, ¿no morimos? Ya ven, hasta Shakespeare lo entendía. Los ateos, como el judío de El Mercader de Venecia, también sangramos y… nos sangran.

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