Cultura y Sociedad - 01/05/11

La huella de Santiago Ramón y Cajal en Barcelona

 

Santiago Ramon y Cajal

 

…Y llegó 1888, mi año cumbre, mi año de fortuna. Porque durante este año que se levanta en mi memoria con arreboles de aurora, surgieron al fin aquellos descubrimientos interesantes, ansiosamente esperados y apetecidos.

S. Ramón y Cajal, Barcelona, 1888

 

…Resolví al fin, en contra del consejo de mi familia, trasladarme a la ciudad condal y acerté en mis presunciones, porque en Barcelona encontré no nólo el sereno ambiente indispensable a mis trabajos, sino facilidades imposibles en otras ciudades para organizar un bien provisto laboratorio y publicar folletos ilustrados con litografías y grabados”.

S. Ramón y Cajal, “Historia de mi labor científica”.

 

La vida de Cajal siempre tuvo un tinte de aventura como chaval travieso o voluntario en la guerra de Cuba o buscador infatigable de lugares recónditos del cerebro humano.

Las aventuras de Robinson Crusoe, que leyó a hurtadillas en la casa del pastelero de Ayerbe, fue una constante inspiración durante toda su vida. Su verdadera proeza fue sobrepasar a Daniel Defoe y usar el microscopio para descubrir un mundo más fantástico que la isla de Crusoe.

Padres de Cajal, Justo y Teresa

Su infancia fue controlada y dirigida con afecto y disciplina por su padre médico, Don Justo Ramón Casajus, hombre de extraordinario carácter y el menor de los hijos de un modesto labrador de Larres (Huesca). Logró encauzarle hacia la Medicina. Después, a la vuelta de la guerra de Cuba, logró interesarle por la ciencia anatómica.

 

…Cuando la naturaleza proyecta que un individuo haga de explorador, no le equipa más que con deseos y le deja que encuentre su propia ruta”.

Las dos grandes pasiones de los hombres de ciencia son el orgullo y el patriotismo. Trabajan sin duda por amor a la verdad, pero laboran más en pro de su prestigio personal, o de la soberanía intelectual de su país. Soldado del espíritu, el investigador defiende a su patria con el microscopio, la balanza, la retorta o el telescopio… Es sabido,  en cuanto a genios se refiere, que difícilmente se doblegan a reglas escritas, prefieren hacerlas. Como dice Condorcet, las medianías pueden educarse, pero los genios se educan por sí solos”.

 

Catedrático en Barcelona.

Cajal era un espíritu insatisfecho. Se consideraba pionero de una ciencia que se iniciaba, en la que casi todo se desconocía, comenzando por su posible alcance. Esta libertad individual, esa falta de ataduras a lo que se creía conocido y este deseo de superación, eran otros factores no aparentes pero decisivos.

Ramón y Cajal llegó a Barcelona en 1887 como catedrático de Histología Normal y Patológica. En aquella época, la Facultad de Medicina estaba en la calle del Carmen, en un edificio neoclásico diseñado por Ventura Rodríguez. Actualmente es la sede de la Real Academia de Medicina. Su primer alojamiento fue un viejo  edificio de la calle Riera Alta. Cada año tenía un hijo y publicaba un libro. Era difícil encontrar una silla en la que sentarse, eran pocas y en ellas se depositaban libros y revistas. Su sueldo de catedrático era de sesenta duros al mes.

Discípulos

Trabajaba infatigablemente con su microscopio Zeiss, obsequio de la Diputación de Zaragoza. Le supuso una gran alegría este obsequio… “No cabía de gozo. Tenía un espléndido statif, con profusión de objetivos, entre ellos el famoso 1.18 de inmersión homogénea, última palabra de la óptica amplificante…

Sus discípulos nos describen con fidelidad la vida de Cajal durante estos años.

Con objeto de nivelar sus gastos, Cajal acogió en su casa a varios médicos, deseosos de conocer las nuevas disciplinas e iniciarse en lo que entonces eran secretos de la Microbiología. Entre ellos Durán y Ventosa, hijo del exministro Durán y Bas; Pi y Gibert, que opositaría a histología; Gil Saltor, que llegó a ser profesor de histología en Zaragoza y de patología externa en Barcelona; Sala y Pons, que realizó interesantes investigaciones, y a Bofill, gran naturalista.

También fue discípulo José M.ª Roca, que en su “Recuerdo al maestro” (1923) nos dice que se instaló en un pisito más que modesto del arrabal de la ciudad, en el que comenzaron a trabajar tres médicos jóvenes, sólo por el gusto de hacerlo.

Roca nos hace una semblanza de la impresión que le causó su figura. Le describe como de “cara angulosa y pálida, estigma de su paludismo pretérito; calva prematura y barba rala y descuidada; mirada inteligente, escrutadora como un estilete; soberbia frente reveladora de fuerte mentalidad; poco o nada efusivo en su expresión y algo o muy arisco. Haciendo honor a su tierra, no conocía la ficción, siendo tan sectario de la sinceridad como enemigo de la hipocresía o de las malas acciones. Devoto de la soledad, es un contemplativo de la naturaleza en toda su inagotable y polimorfa belleza”.

Silveria Fañanas, su esposa

“Trabajador impenitente, no solía perder el tiempo en conversaciones inútiles. Habla como escribe: claro, conciso y con gran corrección: no es unilateral como tantos sabios, antes al contrario, posee extensa cultura: políglota, filósofo, literato, dibujante, acuarelista y fotógrafo. Pertenecía a aquel tipo de médico predilecto de Letamendi que además de medicina sabe otras muchas cosas y bien sabidas”.

“Nada atildado en el vestir, deambula con movimientos arrítmicos. En invierno salía cubierto por una capa madrileña, con aire indiferente, que me recordaba otra capa que en mi juventud había visto pavonearse por el claustro de la Universidad, puesta sobre las amplias espaldas del gran histólogo de la literatura: don Manuel Milá y Fontanals. Como Cajal, selecto: como Cajal, eminente, maestro de maestros como él; como él, distraído y, como él, portador de una capa con igual donaire.”

Nos habla de su habilidad para dar cortes a mano alzada si el microscopio estaba ocupado, así como cuando le dominaba la impaciencia, si no tenía trapo a mano, secaba el dorso del portaobjetos con el faldón izquierdo de su chaqué, a fin de poder contemplar inmediatamente una preparación.

Tertulias

Perteneció a algunas peñas. Consideraba Cajal importante el oreo contrastador de las peñas, especialmente al hombre de laboratorio, a fin de no llegar a un esquistamiento intelectual por aislamiento. En sus memorias, nos recuerda: “Sólo los ricos, a decir los escuetamente capitalistas y las malas personas, serán cuidadosamente eliminadas, porque si los últimos causan disgustos, los primeros desaniman con sus groseros argumentos a ras de tierra a los inspiradores de altos ideales. La buena peña supone un atinado reparto de papeles”.

Al principio acudió al café de Pelayo, situado en el cruce de la calle Pelayo y las Ramblas. Era un local clásico decorado con grandes espejos, que daban luz y parecían agrandar el espacio. Estableció una gran amistad con Victoriano García de la Cruz, catedrático de química, desaparecido prematuramente. Cerrado el café Pelayo, pasó la tertulia a un local próximo, inaugurado el 16 de mayo de 1888 en la plaza Catalunya, no urbanizada todavía, era el Gran Café del siglo XIX, que los barceloneses llamaban La Pajarera.

La inquietud por la cultura refleja en esta frase lapidaria: “Los que enseñan a los estudiantes que la ciencia no deja sitio a la estética, van por el camino de la mediocridad”.

1888, el año de la fortuna

En 1888 fue el año de la exposición: la Barcelona de la calle Ancha, de la calle Moncada, de Santa María del Mar y del Señor Esteve, desapareció para convertirse en un recuerdo romántico. Al tiempo nacía la Barcelona de la plaza Catalunya, del paseo de Gracia, del parque de la Ciudadela y del Fomento de Trabajo Nacional, heredero y legatario universal de la tendera del Borne y de la calle de los Cambios.

En 1888  Cajal dijo: “Y llegó 1888, mi año cumbre, mi año de fortuna. Porque durante este año que se levanta en mi memoria con arreboles de aurora, surgieron al fin aquellos descubrimientos interesantes, ansiosamente esperados y apetecidos; sin ellos habría yo vegetado tristemente en una Universidad provinciana, sin pasar en el orden científico de la categoría de jornalero detallista más o menos estimable. Por ellos llegué a sentir el acre halago de la celebridad: mi humilde apellido pronunciado a la alemana (Cayal) traspasó las fronteras; en fin, mis ideas, divulgadas entre los sabios, discutiéndose con calor. Desde entonces el tajo de la ciencia contó con un obrero más”.

En alguna ocasión también le llamó “su domingo de Ramos”: “Consciente de haber encontrado una dirección fecunda, procuré aprovecharme de ella consagrándome al trabajo no con ahínco, sino furia. Al compás de los nuevos hechos aparecidos en mis preparaciones, las ideas bullían y se atropellaban en mi espíritu. Una fiebre de publicación me devoraba”.

Cierta mañana resplandeció en su espíritu el esbozo de una idea que en el transcurso de tres meses formuló con precisión: cada célula nerviosa es un cantón fisiológico absolutamente autónomo. Había pronunciado el primer postulado de la actual fisiología del sistema nervioso.

Para calmar el ansia de publicar sus observaciones, reunió en primer lugar a las páginas de la “Gaceta Médica Catalana” pero, angustiado por la lentitud y espera de la aparición de sus artículos en la revista, optó por editarlos por su cuenta, creando la revista trimestral de Histología Normal y Patológica. Hizo una edición de 60 únicos ejemplares que destinó exclusivamente a investigadores extranjeros.

Su esposa, Doña Silveria

La madre y la esposa de Cajal tienen apellidos de la ribera del Gállego. Hablando de las mujeres dijo en sus últimos años que un hombre aficionado a la cultura se perdería en el azul a no ser que la mujer, como el lastre y la cuerda de un globo, lo volviese prudentemente a la tierra otra vez.

Se casó en 1880 con Silveria Fañanas García y fue un matrimonio de armonía perfecta que enriqueció incalculablemente la vida de Don Santiago. “Olvidamos a menudo que en la sociedad conyugal, al lado de factores económicos, actúan también resortes éticos y sentimentales decisivos, a cuyo influjo se producen impensadas y casi siempre felices metamorfosis de la personalidad física y moral de los esposos. En virtud de estos cambios y de la consiguiente integración de actividades, la sociedad conyugal constituye una entidad superior, capaz de crear valores mentales y económicos enteramente nuevos o apenas latentes en los sumandos”.

Su mujer fertilizó su espíritu y podó su excesiva imaginación, dando a sus raíces una oportunidad para agarrar en lo profundo… Habla así de su esposa: “Excusado es decir que la vorágine de publicidad absorbió enteramente mis ingresos ordinarios y extraordinarios. Ante aquella racha de gastos mi pobre mujer, atareada en la cría y vigilancia de cinco diablillos, resolvió pasarse sin sirvienta. Adivinaba sin duda en mi cerebro la gestación de algo insólito y decisivo para el porvenir de la familia y evitó discreta y abnegadamente todo conato de rivalidad o competencia entre los hijos de la carne y las criaturas del espíritu”.

Debió convivir con un científico que sacrificó todo a su vocación: familia, tiempo, dinero, economía, aficiones, y tuvo momentos de intenso dolor.

Su hijo mayor padeció una fiebre tifoidea grave, que afectó su desarrollo mental y lesionó su corazón de tal forma que quince años después fue causa de su muerte. Tenía gran semejanza con su padre, que había puesto en él grandes esperanzas.

Este año falleció su hija Enriqueta. La meningitis tuberculosa era inexorable. Cajal se embriagaba con su microscopio durante muchas horas para adormecer sus crueles torturas. Próxima a él en la habitación inmediata, su mujer vigilaba angustiada el curso de la enfermedad. Su instinto de madre se da cuenta de la agravación de la hija y en demanda de un socorro imposible, llamó ¡Santiago! ¡Santiago!, pero no fue oída. Poco después acude al laboratorio, se aproxima a su esposo, y al intentar hablarle se da cuenta de que su abstracción es tanta que ni se percibe de su presencia.

Turbada, presume que aquella actitud debe obedecer a una razón superior y, humilde, acude de nuevo junto a la cama de Enriqueta. Una y otra  vez, ante tan intensa abstracción, la respeta, porque su cariño le dice que algo extraordinario surge en la imaginación de su esposo.

Vuelto Cajal a a la realidad, acude a la habitación de la enferma y contempla una imagen que debía perdurar indeleble en su memoria. Su esposa, doña Silveria, sentada en una silla amortiguando sus sollozos, tapándose la boca con la mano para no distraer a su marido, mantenía sobre sus rodillas el cuerpo inerte de su hija.

Esta anécdota, contada por Durán y Alonso, es histórica. Terminan así: “Se desprende de ello un aroma de tragedia que por su misma generosidad nos asombra y anonada, paralizando nuestra aptitud para juzgar, dada la dificultad para comprender actos tan sublimes”.

Enriqueta murió en la calle Notariado, número siete, piso segundo. Una placa recuerda el paso de don Santiago por este domicilio, donde el destino le había reservado grandes sorpresas.

Silveria Fañanas fue una mujer que hizo posible el triunfo de su esposo. Sus cualidades humanas y morales, pocas veces han podido ser igualadas. Supo evitar a su marido cualquier motivo  de preocupación. Para él, jamás existieron problemas económicos ni de cualquier índole, si le podían ser evitados, para que su atención estuviese fija en su trabajo.

La mariposa del alma

Después de haber convencido a los principales científicos de su época sobre sus descubrimientos y alentado por el aplauso de Kolliker, se entregó al trabajo con furor, causándole un placer, una embriaguez deliciosa, un encanto irresistible.

En la neurología encontró el jardín de su alma y en él hallaron sus instintos estéticos plena satisfacción. Nos habla así de la neurología: “Como el entomólogo a la caza de mariposas de vistosos colores, mi atención perseguía, en el vergel de la sustancia gris, células de formas delicadas y elegantes, la misteriosa mariposa del alma, cuyo batir de alas quien sabe si esclarecerá algún día el secreto de la vida mental”.

“¡Y luego es tan dulce, la emoción de lo nuevo. Resulta tan suavemente acariciador el sentimiento de descubrir islas recónditas o formas virginales que parecen esperar desde el principio un digno contemplador de su belleza!”.

Algún biógrafo reconoce que su verdadera proeza había sido sobrepasar a Daniel Defoe, el primer libro que leyó en el ático del pastelero de Ayerbe, y usar el microscopio para descubrir un reino todavía más fantástico que la isla de Crusoe.

Siguen vivas las palabras que le dedicara Wilder Penfiel a su muerte: “Ahora que el fin ha llegado, su vida y sus realizaciones brillan intensamente en la historia de la Neurología. Era un genio polifacético impulsado por este misterioso ‘susurro’ que llega a los pocos elegidos de Dios, que los empuja siempre adelante para explorar más allá de los conocimientos existentes, sin reposo y sin más recompensa que saber que han penetrado en la tierra prometida de los descubrimientos”.

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