Poesía - 03/06/21

Ildefonso Manuel Gil, mi poeta de la ilusión y la esperanza

Ildefonso Manuel Gil (Paniza, 1912 – Zaragoza 2003). Él mismo se consideró adscrito a la Generación de 1936, a la par que los críticos le vinculan al grupo de la revista «Hora de España». Poeta de su tierra y del exilio, fue uno de los primeros introductores de la obra de Fernando Pessoa en España. Algunos de sus títulos: «Borradores»,1931; «La voz cálida, 1934; «Poemas de dolor antiguo», 1945; «El tiempo recobrado», 1950; «La moneda en el suelo», 1951; «El incurable», 1957; «Pueblonuevo», 1960; «Los días del hombre», 1968; «Hombre de su tierra» Antología, 1978; «Las colinas», 1990.

 

Conocí a Ildefonso Manuel Gil allá por los últimos años cincuenta de la pasada centuria, cuando compartía clases en el Instituto Goya de Zaragoza con su hijo Alfonso Gil Carasol, ya fallecido. Ildefonso era un hombre menudo, discreto y atento, de rostro enjuto marcado por un poblado bigote y mirada penetrante y a veces, por la amistad con Alfonso, coincidía con su madre, Pilar, mujer que me parecía, con su tez tan blanca y su mirada clara y apacible, una perfecta encarnación de la musa poética, capaz de inspirar los más encendidos versos.

Aquellos chicos de instituto de catorce o quince años poco o nada sabíamos de la trayectoria vital de Ildefonso. Luego, al estudiar su vida y su obra, conoceríamos asombrados su triunfo en el Madrid de anteguerra, sus relaciones: Jarnés, Alberti, Juan Ramón y muchos otros famosos poetas y escritores, su obra inicial y el cariño con que era recibido. Sabríamos de su agitada biografía durante la guerra civil, la cárcel y, por poco, el fusilamiento; la depuración y la lucha por sobrevivir en los años oscuros que nunca parecían acabar, sus amores y su amor definitivo, total, intenso, con una jovencísima Pilar que no quiso o no pudo sobrevivirle…

 

 

Pero en aquellos años de anestesiada adolescencia, propiciada desde los estamentos gobernantes, nuestras preocupaciones estaban más en los billares del Plata o en el futbolín del bar de la calle Baltasar Gracián, aledaña al instituto, con su iracundo dueño escatimándonos las bolas «rescatadas». O en las clases del cura Temprano y de otro cura de olvidado nombre a quien llamábamos «el Copias», pues nos hizo copiar el libro de religión a casi toda la clase. Y del temible Ciriquián y del todavía más temible don Benigno Baratech que, aun jubilado,  venía a darnos clases de matemáticas y a servidor, a la sazón becario, a punto estuvo de darle el disgusto de su vida con su famoso «cero-omega» de principios de curso.

Hacía pocos años que el Instituto Goya se había trasladado a la avenida homónima desde el viejo caserón de la Magdalena, donde el gran Blecua hizo a tantos amar las letras y la literatura. Hasta el dictador se había acercado a inaugurar las instalaciones aprovechando algún viaje a Zaragoza y por aquel entonces coincidían grandes profesores, buena gente como Eugenio Frutos, Albiñana, Moreno Alcañiz, con otros impuestos por el régimen para impartir clases de «formación del espíritu nacional» o de gimnasia, de cuyos nombres prefiero no acordarme, aunque piedo asegurar que su aspecto físico era, en el caso de los profesores de gimnasia, todo lo contrario a lo que pudiera considerarse el perfil idóneo.

Era todavía una época en blanco y negro, aunque comenzaban a definirse en el horizonte algunos destellos de luz. Llegaban los años sesenta, Paul Anka cantaba «Diana» y, al menos, no nos asfixiaba el humo de las velas y el incienso como en los colegios, que seguían practicando su peculiar manera de educar en el temor al pecado (léase mirar las piernas a una chavala) y en la omnipresencia de todo lo religioso, o más bien litúrgico, pasado por el tamiz del «Glorioso Movimiento».

Ese era el contexto y esa la Zaragoza provinciana, relamida, donde sólo conservaban secretamente el fuego sagrado de la cultura en libertad unos pocos locos escogidos que se reunían en contados cenáculos. En verano, cuando las vacaciones académicas paraban todo aún más, no había muchas alternativas de recreo: los baños públicos del Ebro, el Club Helios (caro para nuestras economías) o el inefable Stadium Casablanca (con piscinas separadas para ambos sexos) y, por las tardes, los encuentros en el Paseo  de Independencia o el cine (ya en esa época comenzaban a abrirse las nuevas salas refrigeradas que harían de Zaragoza una ciudad de grandes cines). Así pues en esos años no de hambre física, pero sí cultural (y lo que quedaba), comenzábamos a leer poesía y, entre toda ella, la del hombre que en silencio escribía, publicaba y, casi de puntillas, seguía levantando con paciencia y constancia su ingente obra, que tanto nos habría de admirar y enseñar.

Algún ejemplar nos daba además Alfonso, su hijo, de unas novelas -«La moneda en el suelo», «Juan Pedro el dallador»- publicadas años antes y poco más sabríamos entonces del «padre de Alfonso» que, al parecer, trabajaba en la administración del Instituto. Pero algunos poemas de «Borradores» y «La voz cálida» comenzaron a hacer gozosa mella en nuestras mentes. Poco más tarde supimos que tomaba (seguramente asfixiado por el provincianismo, el silencio y la actitud acomodaticia de muchos y ciertamente lleno de amargura aunque ilusionado por la llamada del amigo) la decisión de trasladarse a Nueva Jersey, en Estados Unidos, con toda su familia.

 

*    *    *

 

Corría el año 2000, con todos los fastos y parafernalia finisecular. Se presentaba el libro de poemas de un buen amigo e Ildefonso, como en tantas ocasiones, estaba allí como padre espiritual de todos los poetas para apadrinar una vez más una presentación. Un Ildefonso casi nonagenario, pero vivaz, lúcido y maestro indiscutible que era ya el patriarca de las letras aragonesas, reconocido y galardonado por innumerables premios, homenajes y reconocimientos pero, sobre todo, querido, admirado y respetado por su público fiel, por sus amigos de todas las edades. Se producía el cambio de siglo y de milenio y aquellos chavales de finales de los años cincuenta  eramos casi sexagenarios. Dentro de ese larguísimo paréntesis estaba contenida una vida entera, una serie de años de continuo caminar en los cuales el poeta había crecido con nosotros y dentro de nosotros alimentando con su obra intensa nuestro afán de saber y conocer, para entender la belleza y el orden de las palabras como expresión poética.

Ildefonso seguía siendo el hombre discreto, modesto, silencioso, enjuto, que «andaba con cuidado como quien sabe que su vida es un precioso vino», en bella frase de la poeta Anabel Torres. Pero en su mirada profunda persistía, aún si cabe con mayor fuerza, ese destello de luz de los poetas buenos, de los hombres y mujeres buenos que crean poesía. Y, cuando hablaba, se transfiguraba y se iluminaba; crecía y nos transmitía toda la potecia de su verbo poético. Sus palabras nos abrían la mente y el corazón y, después, sembraban pensamientos que, como sus versos, creaban un indefinido halo de belleza envolvente, apaciguadora y al mismo tiempo de inquietud misteriosa, sutilmente transmitida para que quedase definitivamente prendida en nosotros.

Y también entre esos dos momentos de su vida y de la nuestra, transcurre mi descubrimiento de su obra, el seguimiento de sus pasos y de su producción en Estados Unidos y posteriormente en su querida tierra a la que llegó, tras veintitrés años de ausencia, aureolado de prestigio, feliz y con entera disposición para darnos unos fecundos años de vida y obra que seguíamos como cosa muy nuestra.  Crecimos poéticamente con Ildefonso, como crecimos con otros grandes poetas de esta tierra que, tal vez de haber nacido en otra geografía más propicia, hubieran sido reconocidos gloriosamente. Pero aquí, en esta tierra árida, somos pocos y somos así y, por ello, tantos poetas excepcionales, cuya enumeración y la de su obra llenaría muchas páginas, caminan silenciosamente con su poesía a cuestas hasta que nos damos cuenta, a veces a golpe de premio foráneo y otras demasiado tarde, de que lo que llevan cargado es la esencia fundamental de la que todos deberíamos beber hasta saciarnos, descargarlos de su equipaje y hacerlos nuestros cotidiana, egoistamente. Ildefonso, no obstante, era el jefe de filas, el que marcaba, aun desde la distancia, el paso poético de nuestro camino; el que, en el regreso, reconocido, querido y admirado, dinamizó desde cualquier tribuna, institución o cargo que para ello se le brindase, el momento poético del que tantos pudieron participar.

 

 

Muchos investigadores de la obra de Ildefonso han hecho tesis, ediciones y estudios de toda índole cuya consulta en bibliotecas o a través de las nuevas tecnologías es casi siempre fácil y aconsejable. No es por ello objeto de estas líneas  emular semejantes labores de especialistas en su obra, cosa que por otra parte resultaría obviamente innecesaria para el lector ilustrado y empresa inabarcable, aun en su mínima expresión, para quien esto escribe. Sí que desearía conseguir, sin embargo, dar una impresión en el sentido literal emocionada y, por ello, necesariamentre subjetiva, de la influencia del autor en mi aprendizaje poético y vital, que aún continúa y que tan sólo acabará (siempre demasiado pronto) con la inevitable llegada a la orilla opuesta. Y por la dificultad de abarcar los innumerables matices y momentos de su obra poética, reseñaré aquellos con los que más me identifiqué en las diferentes épocas de mi vida en las que la influencia del poeta marcó rumbos de esperanza y generó ilusiones desde la distancia.

En los últimos años cincuenta del pasado siglo, descubrí la luz de la poesía. Ella y el cine compensaron aquellos años de «días del domund», emblemas, rosarios en familia, luces mortecinas, salas de proyección abarrotadas y con su peculiar olor, donde mucha gente nos refugiábamos de la triste cotidianidad y navidades llenas de ausencias. Sin embargo, aparecieron aquellos poetas que iluminaron espacios desconocidos. Llegaban silenciosos y me susurraban al oído palabras bellas, a veces contenidas en preguntas de difícil respuesta. Clásicos, contemporáneos, todos a la vez  llenando vacíos y despejando sombras. Ildefonso ya estaba allí y sus palabras sonaban insistentemente en mis horas de, a veces, entristecido insomnio.

 

Pinchan tus finas pestañas

flechas de rimmel la tarde

la tarde de la pantalla

de soles artificiales

y le hacen -pinchazos hondos-

sangría de claridades.

Tú vas repartiendo besos

a presumidos galanes

besos sin alma de besos

que solo en los labios nacen

no llevando voz del alma

no llevando voz de carne.

 

Mujer-plata en las pantallas

será mejor que no gastes

mi vida inventando besos

en cuyas llamas no ardes.

Bailarina de mis sueños

yo quisiera que bailases

al son de las hondas músicas

que en mi corazón sonasen.

 

¿De qué mundos has venido

tú, sombra, para buscarme?

¿Desde qué mundos me llamas

donde no puedo encontrarte?

Mujer, sombra entre las sombras

de mis ensueños sensuales

que con el jazz de tu risa

la locura de tu baile

y tus besos inventados,

ni voz ni alma ni carne,

llevaste a mi corazón

angustiosas soledades

porque tu vida no es vida

de ti misma solo imagen

¡y no hay un mundo posible

donde yo pueda encontrarte!

(1)

 

Unos años más tarde, ya en los sesenta, amaneció mi adolescencia, el amor ilusionado y febril,la ansiedad por contemplar amaneceres, el despertar al primer amor imposible e idealizado…Y allí se hacía presente también el poeta, su sufrimiento paralelo, sus ilusiones y angustias. Era hermoso verse reflejado en las páginas de sus libros y saberse comprendido y reconocido por aquel hombre de una sensibilidad estremecedora. Al hilo de sus palabras, susurradas tan suave como certeramente en nuestros oídos juveniles, comenzábamos a sentir la necesidad de escribir, de derramar ante un folio en blanco, de la manera que fuese, nuestro dolor o nuestra alegría esperanzada.

 

Hoy te he visto con otro:

marchabas sonriente,

mirándote en sus ojos,

colgada de su brazo.

Me miraste al cruzar indiferente,

como si entre nosotros

nada hubiera pasado.

¡Me miraste, mujer, cual si mi boca

no conociera el gusto de tus labios!

Yo sé, mujer, por qué de esta manera

al pasar me has mirado.

¡Es que olvidas que llevo yo en mis manos

tus virginales senos modelados!

(2)

 

Llegan los años setenta. En esa época el poeta está en su voluntario exilio. Durante la década cambiaría la historia de España y se abrirían horizontes ilusionados a quienes, niños de posguerra, no habíamos conocido nunca un régimen democrático en este país (aunque las venturosas escapadas allende los Pirineos nos despertasen del letargo ibérico). La obra del poeta sigue fluyendo desde la lejanía y yo voy a ser padre casi treinta y cinco años después de Ildefonso, pero sus palabras son actuales, válidas, exactas. Busco los versos precisos que me den fuerza, que me hagan identificarme con los sentimientos que él experimentaba de manera exquisita y sublime.

 

En esta plenitud de sangres confundidas,

arcilla milagrosa por amor modelada;

en esa rosa tuya, brotando como un río del candor más antiguo,

en ese párpado de tus ojos novísimos ante la luz de siempre,

recreada por ellos;

y también en tu llanto que ennoblece el silencio,

se resuelve el enigma de mi destino de hombre.

Porque ahora he sabido que nací por crearte,

para dejar la siembra de sangre estremecida,

escribiendo mi nombre al pie de tu existencia,

hombre leal que paga su deuda devolviendo

la sangre que mis padres para ti me entregaron.

(3)

 

Mientras, febriles, recorremos el camino cotidiano, sentimos algo parecido a un exilio de nuestras ilusiones. La vida cotidiana exige sacrificios y renuncias y, a veces, surge el cansancio. Pero siempre es necesario caminar, siempre imprescindible seguir para ver qué nos depara la próxima estación de nuestra vida.  A la muerte del dictador comienza la deseada transición. Son años de retornos deseados, de ilusiones y esperanzas reverdecidas y de recuerdos amargos, porque nos robaron muchas cosas imposibles de recuperar. Ahora que comienza a verse la luz de la libertad, se ilumina el escenario de aquellos años de sombras. La recuperación de la memoria histórica aún tardaría un tiempo en producirse y todavía la joven democracia pasaría pruebas difíciles, como el fallido golpe de estado del 81. El poeta sufrió como nadie y calló, aunque en su corazón siempre viviesen el recuerdo y la amargura y desde su lejanía de España, ya cercano el fin del régimen, recordara a aquellos que se fueron tan inútilmente, tan cruelmente.

 

A VOSOTROS

mis amigos de cárcel, compañeros del estupor y el espanto,

muchos de cuyos nombres no me acuerdo o nunca lo he sabido,

rostros que se presentan un instante y quizás se confunden,

ojos puestos bajo distinta frente,

una voz de su boca enajenada,

un gesto desprendido de qué manos

o apenas simplemente un estar en silencio…

otros viviendo fuera de su muerte en mi memoria intactos,

Joaquín Muñoz, Segura, Vilatela,

el médico Barea y Francisco Lafuente

y Vázquez y Morales, Pedro Gálvez,

los Tablones, los Chanos y Victorio, el chato de las minas

y aquel ¿cómo era aquel?y el otro, el otro,el otro…

lívidas tardes, madrugadas lívidas,

el terror gota a gota, fuente, arroyuelo, río

desbordándose oculto por los nervios,

un tiempo sin relojes, largas horas brevísimas

y el corazón en tempestad tan aquietado…

hace treinta y cuatro años en estas mismas horas

en que sin concocarnos me venís a los versos,

tuvimos la más honda hermandad, compañeros

sentados a la puerta del alma para esperar la muerte,

el sacrificio inútil, mas la esperanza cierta…

estas palabras mías que empezaron a andar sin yo saberlo

hace treinta y cuatro años, cuando juntos

hicimos la antesala de la muerte

y estuvieron andando en el estrépito de cañones y músicas triunfales,

hurtándose a exquisitas vigilancias y anatemas feroces,

a la debilidad y al desaliento de tan gastados días,

os las devuelvo ahora,

las desando,

pronunciando en voz alta vuestros nombres

que desde lejanías del espacio y el tiempo vuelven a aquel instante mismo

y estoy junto a vosotros aguardando la lista,

qué guijarro tan hondo cayendo en el silencio cada nombre,

qué tirón de los ojos a los ojos amigos,

qué soledad desamparada quedándose detrás de cada paso,

apretadas las manos sobre el temblor de otras lejanas manos

quizás tan confiadas en el lecho tarado por la ausencia,

y os vuelvo a ver y quiero

ser absolutamente fiel a mi mirada,

os veo ir al encuentro de la muerte sabiendo

que no hay sectas que cubran la desnudez del crimen.

(4)

                                               *      *      *

 

Al pasar los años, el amor se sublima en cariño y ternura. Pocos han expresado como Ildefonso ese paso a la madurez amorosa que todos vivimos. Los cumpleaños de la esposa, de la madre de nuestros hijos, iban pasando. Era el día grande de la familia: la tarta, las risas de los hijos y la sonrisa de la mujer que nos acompañaba y con la que recorríamos de la mano el camino. Siempre acudía al exquisito soneto de mi poeta para reconocerme y reconocer en cada palabra la grandeza de un sentimiento que él supo reflejar. La vida era el río y nuestra barquita, a veces, se bamboleaba. Pero por aquel entonces siempre sabíamos enderezar el timón. Ildefonso continuaba acompañándonos con la luminosa presencia de sus versos.

 

ANIVERSARIO

Cada día mi amor ha ido creciendo

enriquecido en tanta confianza.

Si clausuró su cuenta la esperanza,

más de lo prometido va cumpliendo.

La juventud se fue desvaneciendo

y no el amor que día a día avanza

hacia más perfección y más la alcanza

cuando en el corazón va atardeciendo.

Hay un tristeplacer, una hermosura

que sosiega el vivir y lo engrancede

viviendo el tiempo en el rostro de la amada,

 

Cada arruga tornándola más pura,

más bella en la medida que envejece,

más amorosamente codiciada.

(5)

 

Al cumplir cuarenta años, allá por los años ochenta, sentimos la plenitud de la vida, entreverada con ciertas nostalgias de cuarentón, ahora tan lejanas. España cambiaba con rapidez y el poeta regresa a su casa, donde se reencuentra con tantos amigos y donde disfrutará de todos los honores y reconocimientos. Luego, año tras año, hasta doblar la esquina de los cincuenta y apoyarnos ya en algunos recuerdos, seguimos la obra de Ildefonso, felices de verle feliz haciendo camino. Recorrió sus últimos años lúcido, con entereza, hasta llegar a su morada final. Su obra, extensa, variada y clara, nos abrió horizontes, siguió marcando instantes de nuestra vida y haciendo que compartiésemos muchos sentimientos. Al cerrarse el paréntesis, queda para siempre el recuerdo imborrable del maestro y del poeta, pero sobre todo del hombre que fue, hasta sus postreras palabras un intenso y extenso poema de amor.

 

La vejez es quejumbre silenciosa

y en su regazo vuelven a vivirse

muchas horas de antaño.

En mi silencio sueñan

palabras no olvidadas.

Estremecido niño, las evoco

en la voz decisiva de mi padre,

el el amor de su decir, tan claro,

tan digno y noble como fue su vida.

Murió cuando en la mía comenzaba

mi hombría responsable,

que él solo en esperanza conociera.

Hoy vuelve a ser ayer y puedo verme

en un tiempo acabado

hablando tiernamente con mis muertos.

Hay un dejo de música y ternura

acunando sonrisas y sollozos

de entonces y de ahora.

Oigo y veo el revuelo de unos dedos

en un jardín de marfiles y ébanos,

existente tan solo en mi menmoria

de emoción fraternal inacabable.

Escribo este poema

en el año voventa de mi vida,

en indecisa tarde

de abril sin primavera,

después de haber jugado con mis nietas

más niñas a la comba

soslayando yo el salto

pero fiel a la cuerda y a los versos.

El aire se ha calmado y solemniza

la paz del sentimiento.

Hace algo más de cuarenta años dije

que la vida es hermosa

si no le pedís más que ser ya vida.

(6)

 

Índice de poemas:

(1) Romance a la mujer de plata (A la Joan Crawford de cada época)
 (La voz cálida. Poemas. 1934)

(2) Hoy te he visto con otro
(Borradores. Primeros versos.1931)

(3) A mi primer hijo
(Poemas de dolor antiguo. 1945)

(4)  A vosotros
(De persona a persona. 1971)

(5)  Aniversario (A Pilar)
(De persona a persona. 1971)

(6) La vejez es quejumbre silenciosa.
(Cancionerillo y otros poemas inéditos.2003)

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