Cultura y Sociedad - 14/06/21

ARTE Y CONCEPTO (V): El universo mundo / mudo y el pintor José Orús

 

J. Orús, ‘Sin Título’, 1976. Técnica mixta s. tabla. (Col. Ayuntamiento de Zaragoza)

 

La quinta entrega de la serie. En las últimas décadas del pasado siglo pudimos ver la que ha sido imagen primordial de la centuria, y hasta de la historia de nuestra Humanidad: el planeta Tierra contemplado desde la Luna. El conocimiento de la astronomía se ha ido ensanchando en igual medida que ha venido a dejar a la Tierra (y a sus habitantes) en un lugar marginal. La intuición creativa del pintor José Orús ha sabido representar plásticamente este silente universo, esta periférica situación.

José Orús

 

Siempre he pintado lo mismo: magma, un mundo cósmico,

 un mundo de energía y materia. J.Orús

¿Qué hubiese ocurrido si el artista José Orús (1931-2014) en lugar de nacer en Zaragoza lo hubiese hecho en EE. UU. ? Pues que muy posiblemente sería hoy valorado como uno de los principales representantes del informalismo orgánico tras la Segunda Guerra Mundial.

El pasado año se cumplieron setenta desde la primera exposición del artista. Al principio, cuando formaba parte de la zaragozana Peña Niké, pocos entendieron su obra. No fue el caso de Miguel Labordeta quien la calificaba como “imaginativa, onírica, llena de originalidad y fuerza”. Sabía que un artista es incapaz de hacer algo nuevo si no ha aprendido todo lo anterior en igual medida que deseaba investigar, experimentar e innovar. Sus padres querían que fuera médico pero él en 1955 se marcha con sus papeles a París y allí comenzarán sus exposiciones internacionales en la misma capital de Francia y en Bruselas, Nueva York, Oslo, Helsinki, Munich, Berlín, Siena, Roma, Florencia, Bienal de Venecia, Méjico… Principales museos del mundo van a comprar obra del artista que hoy tenemos la fortuna de ver concentrada en el Centro Cultural Mariano Mesonada-Museo Orús de la Plaza España de Utebo. Vivió, como hemos visto, en París, una década, también en Nueva York pero sus principales talleres estuvieron en Gran Vía, Miguel de Ara, Méndez Nuñez y Plaza del Pilar de Zaragoza.

José Orús (1931-2014). Fuente: ‘akí-Zaragoza-Magazine’; Fot.: Pilar Alquézar

Fue pionero del informalismo matérico (rechaza desde el principio la abstracción geométrica) y lo seguirá siendo, aunque con matizaciones, toda la vida ya que datan de 2014 sus postreras obras, el mismo año en el que fallece. En la segunda bienal de París, en 1966, sorprende a todos con la utilización de colores metálicos (oro y plata), que nadie había usado hasta entonces. Si en el universo no hay atmósfera, los colores tiene que ser metálicos. Cuatro años después, hace una primera exposición con luces externas al cuadro. De Nueva York se trae lámparas de luz negra y somete al mismo cuadro a la luz blanca y a la negra. Su hija, Desirée, nos cuenta que son tres los ejes importantes que definen la obra plástica del creador: el primero es el color que irá de los tierras y los pigmentos naturales (él mismo lo “cocinaba”, no era pintor de tubo) a los vibrantes pigmentos metálicos pasando por rojos, violetas y tintes puros;  el segundo de los factores es la luz -las diferentes luces- que irradian los colores y, como hemos visto, la que viene de fuera y cambia radicalmente el resultado perceptivo por la mutación del color; y el tercero de lo ejes es el movimiento. Lo consigue a través de la explosión de la materia hasta la absorción de los agujeros negros. Son cuerpos que flotan en el vacío, que vibran, caen, ascienden o se expanden. (Véanse el catálogo Orús. La busqueda de la luz. Retrospectiva 1950-2014, Palacio de Sástago, con textos de Desirée Orús y M.ª Pilar Sancet y, de esta misma, “Orús, pintor oficial de la Peña Niké, pintor genial”, en rev. n.º 9 de Digital AACA, 2009).

‘Sin Título’, 1968-69, Tríptico (Col. DPZ)

Se han establecido diversas etapas en su evolución pictórica que comienza en 1950 y concluye el mismo año de su fallecimiento. A lo largo de todas ellas, la defensa de la pintura-pintura es evidente como también lo es esa temática de “magma, un mundo cósmico, un mundo de energía y materia”. Tras un breve paso por el surrealismo, en una primera fase incorpora materias como la arena para pasar en la década de los sesenta al color metálico (etapa dorada), hasta los vibrantes azules y rojos que en los últimos años de “1970 se enriquecen con pigmentos sensibles a los ultravioletas, añadiendo al cuadro una nueva luz cambiante y misteriosa” (José Orús Fernández, GEA). La radiación ultravioleta, la luz, emana de la superficie del cuadro tras ser absorbida hasta el punto de que, si se apaga, los cuadros siguen encendidos. Es el inicio de su etapa conocida como Mundos paralelos en la que el artista acaricia la idea de que “pueda existir un mundo paralelo al nuestro, en diferente dimensión”.

Particularmente me resultan singulares esos cuadros, como el que reproducimos en cabecera, en los que la materia se distribuye por el lienzo y crece desde los negros pero el peso visual -casi una inevitable atracción para la mirada del espectador- se confía a un centro, una esfera en realidad, rodeado de texturas y que se “llena” con un blanco-luz que es la nada, el vacío.

Universo

Sabemos hoy que, en el inconmensurable universo, el ser humano juega un papel marginal. Esta certeza científica debe tener importantes consecuencias en la teoría del conocimiento que, en algunos casos, se están haciendo esperar en demasía. Las exigencias de sentido frente a un cosmos que se manifiesta mudo nos llevan inexorablemente a un desengaño.

Godefroy Engelmann, ‘Tales de Mileto se cae al pozo’, grabado.

Copérnico se atrevió a trasladar de la Tierra al Sol el eje del mundo. Eran tiempos en los que Europa giraba en la órbita de la Iglesia, de todas las iglesias. Lutero calificó de “idiota” al científico y recordó que, en la Biblia, Josué ordenó que fuera el sol y no la tierra quien se detuviera, mientras Calvino llegó a gritar: “¿Quién se aventura a poner la autoridad de Copérnico por encima del Espíritu Santo?“. Posteriormente, los románticos intentaron llegar a una explicación del universo que nos permitiera confiar en él: el cosmos como un libro legible, como obra de arte perfecta, sinfonía armoniosamente estructurada. Hoy sabemos, por el contrario, que es “una máquina sin sentido, yerma y fría” (F. Josef Wetz, Hans Blumenberg, Novatores, p. 107).  El ensanchamiento postcopernicano del universo ha dilatado el tiempo cósmico; deja a la Tierra convertida en un episodio pasajero y al tiempo de la vida humana reducido a una nada efímera. El epitafio borgiano nos pone ante el abismo: “Lego la nada a nadie”.

Los datos dan mucho en que pensar. La edad del universo es inferior a 20 000 millones de años y los astrónomos han tenido que admitir que sus telescopios captan hasta el momento únicamente una fracción de la materia que nos esconde la mayor parte de su cuerpo porque sobre nuestras cabezas hay 14 000 millones de años-luz de cosmos observable de los que solo 1000 millones han sido cartografiados (Frei Betto, La obra del artista. Una visión holística del universo, Ed. Trotta). Únicamente en la Vía Láctea –colocada en el extremo de un archipiélago de galaxias conocido como el conglomerado de Virgo- hay más de 10 000 millones de estrellas como el Sol. En el universo existen probablemente 100 000 mil cuatrillones de planetas con un mínimo de condiciones para que haya vida en ellos. Más cerca de nosotros, el Sol es una estrella rara, pequeña y amarilla situada en los suburbios galácticos en torno a la cual gira la Tierra, cuya vida inteligente no tiene más de un millón de años. Cuesta aceptar lo que ya es verdad incuestionable: igual que nació la Tierra, desaparecerá; igual que hubo vida antes de nosotros en este pequeño planeta azul, la habrá tras nuestra desaparición. La humildad ya ha dejado de ser un valor moral; es una exigencia porque nos hemos quedado sin “una” explicación del mundo.

No es fácil abandonar paradigmas arraigados. El mundo de la vida, por su parte, vive de espaldas a esta incuestionable realidad cósmica: es fiable, familiar, conocido, discreto y comprensible porque no se plantea la cuestión del sentido, como vuelve a señalar Wetz acerca de la filosofía de Blumenberg.

Por ello es todavía más llamativo, y destacable, que José Orús haya sabido dar forma plástica al mundo del cosmos con su intuición creativa. Todavía se sigue riendo la criada tracia al contemplar cómo Tales se cayó al pozo mientras observaba el firmamento estrellado. Orús pinta, a la vez, el pozo y las estrellas.

 

 

 

 

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