Historia y Política - 04/01/22

La infelicidad y el ciudadano Borbón que no volvió a casa por Navidad

¿Aumenta la felicidad cuando crece el PIB? Todos los estudios apuntan en la dirección de que los índices de satisfacción vital se incrementan en paralelo con el producto interior bruto solo hasta cuando se alcanza el cumplimiento de las necesidades de supervivencia. Después, no solamente no crecen sino que pueden descender. El ciudadano Juan Carlos es hoy por hoy un contramodelo, un contraejemplo de la felicidad porque, como en los pueblos, demuestra que no se es más feliz cuanto más rico. Sirva de cuento para este principio de año.

Fuente: youarenotmybigbrother.blog

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Hay muchas formas de ser feliz y algunas, ay, ni siquiera podré probarlas. La felicidad es el deseo más universal de la Humanidad y, a la vez, el más difícil de alcanzar. Para nada contribuye a su consecución errores de planteamiento que identifican la satisfacción y la plenitud existencial con el crecimiento económico y la mayor disposición de dinero y crédito. Los gobernantes desde el pasado siglo consideran como objetivo declarado de sus políticas el incremento del PIB; el ciudadano, por su parte, encamina sus estrategias vitales dentro de su escala en igual dirección ¿Se equivocan unos y otros?

Zygmunt Bauman (El arte de la vida, Paidós, 2009) considera que hoy por hoy en nuestras sociedades la felicidad conduce a una tienda. Sin embargo, todos los datos empíricos disponibles sugieren que puede no existir una relación entre una riqueza cada vez mayor y un superior nivel de felicidad. Más bien ocurre lo contrario: superado el umbral de satisfacción de las necesidades básicas, el ‘felizómetro’ decae. Como afirma el mismo sociólogo, resulta más difícil encontrar una persona feliz entre los ricos que entre los pobres, quizá porque estos últimos, si comen tres veces al día han cumplido su objetivo mientras que, entre los opulentos, los objetivos no están del todo claros. Sigue vigente la diferencia que planteaba hace décadas Marcuse entre ‘ser’ y ‘tener’: el deseo es una ‘Caja de Pandora’ que si la destapas ya no se puede cubrir nuevamente. Es una fuente constante de insatisfacción. Léanse estas declaraciones realizadas por un político que no puede calificarse de revolucionario:

Nuestro PIB tiene en cuenta, en sus cálculos, la contaminación atmosférica, la publicidad del tabaco y las ambulancias que van a recoger a los heridos de nuestras autopistas. Registra los costes de los sistemas de seguridad que instalamos para proteger nuestros hogares y las cárceles en las que encerramos a los que logran irrumpir en ellos. Conlleva la destrucción de nuestros bosques de secuoyas y su sustitución por urbanizaciones caóticas y descontroladas. Incluye la producción de napalm, armas nucleares y vehículos blindados que utiliza nuestra policía antidisturbios para reprimir los estallidos de descontento urbano. Recoge los programas de televisión que ensalzan la violencia con el fin de vender juguetes a los niños. En cambio, el PIB no refleja la salud de nuestros hijos, la calidad de nuestra educación ni el grado de diversión de nuestros juegos. No mide la belleza de nuestra poesía ni la solidez de nuestros matrimonios. No se preocupa de evaluar la calidad de nuestros debates políticos ni la integridad de nuestros representantes. No toma en consideración nuestro valor, sabiduría o cultura. Nada dice de nuestra compasión ni de la dedicación a nuestro país. En una palabra: el PIB lo mide todo excepto lo que hace que valga la pena vivir la vida.

El PIB no es la medida de la felicidad de los pueblos. Estas palabras, que recoge Jean-Claude Michéa, corresponden a Robert Kennedy y fueron pronunciadas el 18 de marzo de 1968 en plena campaña electoral a la presidencia de EE UU. Pocas semanas después, murió asesinado y no sabemos si, llegando a gobernar, las hubiese olvidado. Efectivamente, consumismo y prosperidad (más conveniente reparto de la riqueza) no son sinónimos porque la mitad, cuando no más, de los bienes cruciales para la felicidad humana no tienen precio de mercado ni se venden en una tienda: el amor, la belleza, la amistad, el cuidado al ser querido, la autoestima que produce el trabajo bien hecho, la solidaridad, el aprecio al/del otro… no cotizan en Bolsa. Pone Bauman un ejemplo ilustrativo del circulo vicioso en el que nos puede hacer caer una estrategia vital equivocada: una pareja dedica parte de su sueldo a comprar la consola a un hijo porque se siente culpable de no dedicarle el suficiente tiempo. Hacen el regalo pero el modelo queda obsoleto pronto y se comprometen a facilitarle el siguiente; sin embargo, para pagarlo necesitan más éxito profesional, usar más tiempo en el trabajo que quitarán a la familia. Endemoniada paradoja.

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Fuente: Portada revista Sàpiens, juny 2020.

La campechanía del ciudadano Juan Carlos nos ha costado cara. Sobre su reinado, las sombras que se ciernen son cada vez más oscuras. Queda por saber el verdadero papel que jugó el 23-F y si el atributo de salvador de la democracia en la Transición es el merecido ¿Qué democracia es aquella a la que una sola persona salva? Terminaremos sabiéndolo. Hoy ya tenemos constancia de que ejerció desde siempre como un comisionista, más cercano al rey de Marruecos y a los príncipes del petrodólar que a un dirigente constitucional y democrático. Tenía en su casa una máquina de contar billetes y no hay mes en el que no aparezcan más cados fiscales para sus cuentas opacas. Nos preguntamos todos qué necesidad tenía Juan Carlos de la O y ‘cuán desgraciaito que es teniéndolo to’.

Juan Carlos observa su propia imagen en un retrato

Calculen ustedes. Un yerno en la cárcel porque lo imitó. Hermanos (sus hijos) que no se dirigen la palabra. Enfriada (cuando no congelada) la relación con su heredero, el actual monarca, que se desvincula de él y de su herencia para salvar al trono; una amante despechada –la enésima- que pide orden de alejamiento y más dinero todavía del que ya ha obtenido. Y el exilio (dorado, eso sí). Ahora tiene miedo, y con razón, a ir por cualquier calle de España y no ser increpado mientras presencia en vida que los libros de Historia no lo van a presentar como a un héroe. Produce Juan Carlos más republicanismo que los republicanos y hace más daño a la institución que heredó de Franco que todos los disolventes juntos. A este ciudadano Borbón no le terminan de cuadrar las cuentas: si regula con el fisco, de manera cuando menos particular, con cinco millones de euros es que reconoce esa deuda hurtada al fisco. Conoce la historia de su familia y llenó la alforja en exceso por si lo echaban -en eso se parece mucho a Pujol: ‘aman’ tanto a su pueblo que desconfían de él- y ahora resulta que lo echan por tener la alforja irregularmente llena ¡Qué parajoda!

Hay algo de patético en quien presencia su propia muerte, su propia decadencia. No seré yo el que le compadezca pero sí quien subrayo que, al igual que el aumento del PIB no da necesariamente la felicidad a los pueblos, la avariciosa e incontrolada pulsión de un ‘avidodolar’ particular puede conducirle a la des-gracia. Y en esto el emérito se ha convertido en modélico ejemplo. El monarca no puede volver a casa por Navidad y se acoge a la hospitalidad de los jeques árabes, sus verdaderos ‘hermanos’. Es este un cuento más real que el que nos habían venido contando.

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