Cultura y Sociedad - 21/05/11

Rayos de sol

Fotografía: Primo Romero

Durante toda la semana, acudo a mezclarme con la gente que acampa en la Plaza del Pilar de Zaragoza. Me gusta ir sola, descubrir un abanico de caras desconocidas y empaparme de la tormenta de ideas que bulle en sus asambleas. La generación perdida, esa que debía resignarse a poblar el purgatorio para cuadrar las cuentas de los tiburones, se levanta pacíficamente en un grito unánime para decir: ¡Basta! Y ese alarido se acopla en un eco multitudinario que ha rebasado las fronteras de nuestro propio país. Los jóvenes que protagonizan las movilizaciones del 15-M reclaman algo tan elemental como el derecho a una vida digna. Una cuestión que debería estar garantizada en un sistema democrático. Pero nuestra democracia está tan degenerada que los ciudadanos carecen de resortes para interactuar ante las decisiones arbitrarias de uno u otro gobierno. Estamos indefensos. Por eso mismo el 15-M reivindica un cambio del sistema. Pero no para destruir la democracia, como braman los ultramontanos perros de los tesoreros, sino para reformarla. Para hacerla a la medida de los seres humanos libres

En realidad no se trata de un movimiento apolítico aunque no responda a las siglas de ninguna formación o partido. A pesar de no enarbolar bandera alguna, el 15-M esgrime unos principios basados en la tolerancia y la justicia social que encuadran con las ideologías progresistas de la izquierda. Pero se han desprendido de los ismos. Se han desvinculado de ese sufijo maldito que te encasilla en tal o cual facción ad eternum e impide que evolucionemos con los tiempos. Están ensayando otra forma de hacer política para intentar cambiar el mundo. Nada menos.

Por eso deben soltar lastres, para que su imaginación pueda volar a lo más alto y conseguir el milagro de recuperar las riendas de nuestro destino. Y los que no somos tan jóvenes, pero aún sentimos correr la sangre por las venas, debemos ponernos a sus órdenes. Tenemos que colaborar con su causa, nuestra causa, poner a su servicio la experiencia de viejos guerrilleros curtidos en las tristes guerras de la vida. Aprender a desaprender los errores cometidos. Desnudarnos también de muchos ismos, como del cinismo o el escepticismo, que nos hacen débiles y cobardes. Muy vulnerables al otro ismo: el esclavismo al que han decidido someternos los telúricos mercados financieros.

Solo quien ama vuela, dicen unos versos. A mí no me ha costado nada enamorarme de esta generación desahuciada que se rebela cabal y decidida contra la falta de futuro. Sus rayos de sol brillan en mis ojos y elevan el espíritu por encima de las frustraciones cotidianas. Me están dando alas. Algo bueno habremos hecho para tener una juventud tan preparada, generosa y valiente como la que invade las plazas españolas.

No se que sucederá mañana o dentro de unos meses. Pero este movimiento dirige un mensaje claro a los partidos políticos, sobre todo a los de la presunta izquierda. Ya no pueden seguir doblegándose a las presiones que ejerce el poder económico. La voz del pueblo es el único poder legítimo al que deben responder. Tienen que decidir para quién trabajan realmente y limpiar la basura de los trasteros. Promover reformas acordes a la realidad social que atravesamos. Cambiar leyes injustas, como la ley de partidos, reescribir una Constitución que se ha quedado obsoleta y necesita nutrirse de mecanismos que salvaguarden la libertad y los derechos fundamentales de los individuos.

No se trata de hacer posible lo imposible ni de rumiar utopías inalcanzables. A pesar de las descalificaciones, ataques y cortapisas legales que se le están aplicando al 15-M la bola de nieve rueda ya adquiriendo cada vez mayor volumen. Los indignados han abandonado el anonimato y poco importa lo que pase en las elecciones del día 22. Cuando los de abajo se mueven cualquier gobierno se tambalea. Con el gobierno del capital podría pasar lo mismo.

Sin duda es una carrera de fondo en la que nos encontraremos poderosos obstáculos. Habrá que mantenerse ágiles. Mover la cintura para esquivar los golpes y el desánimo. Recuperar mentalmente nuestros veinte años.

Volver a enamorarnos.

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