Publicaciones - 16/07/15

Un joven poeta en Venecia

 

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El café Quadri, en la plaza San Marcos de Venecia

Desde que empecé a escribir sobre literatura recibo solicitudes de amistad y mensajes en Facebook. Vienen de cualquier lugar, sobre todo de España o Latinoamérica, pero también de otros países. Algunos resultan extraños, como el de un joven madrileño que me escribió lo siguiente.

Estimado Ricardo, en primer lugar agradecerle que me haya aceptado como amigo. Es para mí un honor. Perdóneme de antemano, pero si no es mucha molestia me gustaría que me aconsejara… Verá, he decidido marcharme de España. Estoy harto de la vida aquí. Me abruma tanta corrupción, tanta hipocresía, tanta falta de oportunidades… Cada vez que veo a Mariano Rajoy mentir por televisión me entran ganas de vomitar (debo aclarar que por entonces acababa de destaparse el caso Bárcenas). Por eso quiero marcharme a Venecia. Dedicarme a lo que más me gusta: la poesía. No veré la televisión, no leeré los periódicos. Le pido, si no es mucha molestia, que me aconseje lo que debo hacer para convertirme en un verdadero poeta… Si quiere puede entrar en mi página de Facebook. He insertado allí algunos de mis poemas… Gracias de antemano…

Normalmente no suelo responder a estos mensajes. Me parecen demasiado personales para dirigirlos a un desconocido. Pero la sincera, la aparente humildad del que transcribo me llevó a contestar.

Estimado J., es para mí un placer aceptarte. Te ruego que me tutees. En primer lugar, lamento tu estado presente, y te alabo el gusto de querer pasar una temporada en Venecia escribiendo poemas. Me alegro por ti, porque supongo que tienes los medios para llevar a cabo tu plan…

Esta última frase encerraba una suave ironía, y pensé que antes de continuar con el mensaje debía meterme en su página de Facebook y leer sus poemas. Pude observar que J. tendría unos veinticinco años. Vestía ropa de marca, aparecía rodeado de amigos y amigas, guapos casi todos, disfrutando de veladas en terrazas. Cuando sonreía se le achinaban los ojos y parecía un caradura simpático y seductor: una especie de Alexis Tsipras antes de que se iniciara el corralito griego.

Pasé a leer sus poemas. El último se titulaba, precisamente, Me voy, y venía a relatar su deseo de abandonar España, su hastío vital muy propio de un héroe romántico contemporáneo. Curiosamente, sus fotos parecían reflejar todo menos hastío. El caso es que los poemas me parecieron poco trabajados, y así se lo manifesté…

9788498411454_L38_04_l…He entrado en tu página, y leído tu poema Me voy. Está bien, porque refleja tus sentimientos…, pero desde el punto de vista literario me parece claramente mejorable… Mi primer y casi único consejo es que leas mucho antes de ponerte a publicar. Puedes escribir entre tanto, y debes hacerlo, porque escribir y leer es casi la misma cosa… Lee historias de la literatura. También libros de teoría literaria. Lee a los poetas clásicos y busca entre ellos tus referentes, tus influencias. Lee también a poetas actuales. Y procura hacerlo en varios idiomas, si eres capaz. Traducir es un modo de aprender a escribir. Te recomiendo algunos libros que te pueden resultar inspiradores: “La muerte en Venecia”, de Thomas Mann; “Historia de mi vida”, de Giacomo Casanova, en la versión de Mauro Armiño para la editorial Atalanta. También hay otro libro que podría gustarte, editado por Siruela. Se trata de “Marca de agua”, una especie de diario del poeta y Nobel de literatura Joseph Brodsky, que vivió una temporada en Venecia. Quizá, por lo que he podido notar en tus poemas, también te gustaría Jaime Gil de Biedma. Es un poeta muy cercano, quizá próximo a tu sensibilidad, y también muy bueno.

Creo que hasta aquí te he apuntado una serie de ideas… No tienes por qué seguirlas. Te lo repito: busca tus propias influencias, pero sobre todo ¡lee! No me cansaré de decírtelo. Escribir, en el fondo, no es más que reciclar lo leído y modularlo con tus propias experiencias. No tengas ninguna prisa, corrige varias veces lo que escribas. Si lo haces, al cabo de algunos años, serás escritor… Espero te sirvan mis consejos, y en caso de que no, sepas perdonar mis limitaciones. Te deseo lo mejor en tu aventura veneciana.

webcubiertacasanova (1)Así terminaba el mensaje. Desconocía el efecto que causaría en J. Pero tampoco me importaba demasiado. Me había pedido mi opinión y yo se la había dado –ignoro por qué me la pidió, dada mi ignorancia poética…–. La sinceridad, en cualquier caso, es el punto de partida de la amistad. Y yo había procurado decir la verdad. No buscaba el aplauso a mis palabras, ni siquiera respuesta, me bastaba con que le sirvieran de algo…

Durante días vi sus entradas en Facebook. Se había alojado en el centro de Venecia y desde allí enviaba sus poemas, tan mediocres como el que yo leí. Algunos eran tristes, sobre amores frustrados. Otros eran ampulosos y carnavalescos, sobre la belleza de la ciudad. Todos tenían decenas, centenares de “Me gusta”. Muchas chicas guapas insertaban sus comentarios: “Precioso, J.”; “J., has logrado emocionarme…”. De pronto irrumpía un amigo con apellido compuesto “Martínez de no sé qué”: “Chavalote, eres un crack”. Había otro amigo vestido de surfero: “Tío, si voy a probar las olas del Adriático te llamo sin falta…”

Un buen día, veo en pantalla a J. Está sentado en una terraza de la piazza di San Marco. A su lado una morena con vestido de lentejuelas bebiéndose un capuchino. Él empuña una enorme pluma y finge escribir poemas sobre una mesita de mármol mientras prodiga su sonrisa de Alexis Tsipras.

Había pasado una semana y mi mensaje seguía sin respuesta. Resulta curioso observar cómo, en muchas ocasiones, la incertidumbre se convierte en motor del relato y de la ficción. No deseaba que J. me contestara, y sin embargo no dejaba de fantasear con la idea de que lo hiciera. Evocaba al joven seductor leyendo mis palabras con expresión que oscilaba entre la preocupación y el desencanto. Frente a la pantalla de su portátil se acariciaba la barbilla recién afeitada. Su rostro seguía siendo el de Tsipras, pero ya inmerso en el corralito… Imaginaba a J. escribiéndome:

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La sonrisa peculiar de Alexis Tsipras

Estimado Ricardo, lamento comunicarte mi absoluto desacuerdo con tus consejos. La verdadera poesía nace de la espontaneidad, nunca de la lectura de aburridos tomos de teoría literaria. Y siento también que mis poemas te parezcan “mejorables”. Menos mal que hay muchas personas para las cuales no lo son y están encantadas de leerlos a diario…

En mis fantasías, J. ponía el puntero sobre la palabra enviar, pero finalmente no le daba al botón… Borraba el mensaje y salía de Facebook. Tratando de recobrar la calma, se atusaba sus cabellos engominados que olían a colonia. En media hora había quedado con una amiga que acababa de llegar a Venecia para dar un paseo en góndola .

Jaime Gil de Biedma - 01Un buen día, de pronto, las entradas de J. dejaron de aparecer en mi pantalla. ¿Sería que el señor Zuckerberg me había cambiado el algoritmo de Facebook y él ya no formaba parte de mi círculo? Lo ignoraba. El caso es que no volví a ver más góndolas, ni capuchinos, ni helados, ni las cúpulas de San Marcos o las aguas del Gran Canal. Ya no vi más canalillos, ni escotes exuberantes, ni amigos con apellidos compuestos: “García de la no sé cuál, Álvarez de no sé dónde…” Tampoco volví a leer poemas cuyos primeros versos dijeran: “Ayer te robé un beso…”, o: “Atardece sobre los canales y sobre nuestro amor…”

Pensé que las publicaciones de J. habrían quedado relegadas por las de otros en mi pantalla, en virtud del susodicho algoritmo… Pero al tratar de entrar en su página advertí mi ingenuidad: me había borrado de su lista de amigos. Nunca le pedí explicaciones, ni tampoco traté de comunicarme con él. En realidad -pensé- me resultaba mucho más interesante imaginar sus motivos que saberlos.

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