Historia y Política - 05/12/17

La Dictadura de Serrano

Francisco Serrano, en La Ilustración de Madrid

Francisco Serrano, en La Ilustración de Madrid

El régimen político que duró casi todo el año 1874 en España, conocido como la Dictadura de Serrano, fue en la práctica un interin entre la Primera República y la Restauración borbónica, recogiendo parte de la deriva conservadora del final de la República, y que había protagonizado Castelar. La primera pregunta que nos podemos hacer es, ¿podía haberse mantenido este régimen conservador pero que no era monárquico? En Francia se había instaurado una “república de monárquicos”, que no contaba con Constitución ni con una definición clara. Sin ser igual al caso español bien es cierto que durante un tiempo la III República francesa fue un régimen político muy provisional hasta las Leyes Constitucionales de 1875. Sin lugar a dudas, el ejemplo de Mac-Mahon debió influir en Serrano. Por otro lado, Serrano era un personaje que sentía verdadera pasión por el poder. Había servido a Isabel II como capitán general en Cuba y como ministro en un gobierno de O’Donnell, sucediéndole a su muerte en la dirección de la Unión Liberal. Luego había sido protagonista de la Revolución de 1868 y regente hasta la llegada de Amadeo de Saboya. Ahora ostentaba el poder. Al respecto, Cánovas había definido al nuevo régimen como “la aspiración al poder supremo de un soldado con fortuna”. Pero hay que tener en cuenta que existían algunos factores que chocaban con la ambición de este militar para mantenerse en el poder y diseñar un nuevo régimen político, por muy fuerte que fuera su pasión por el mando. En su propio gobierno había quien pensaba que había que abrir paso hacia la solución monárquica, como el propio Sagasta.

Después del golpe en el Congreso, Pavía reunió a los capitanes generales Serrano, Concha y Zavala y a algunos políticos como Sagasta y Cánovas para establecer una especie de República con Serrano como presidente. Se quería dejar claro que el movimiento no se había hecho contra la República en sí, sino contra los que habían derrotado a Castelar en las Cortes al haberle negado la confianza, y para evitar la posible deriva federal del sistema político. Las nuevas autoridades publicaron un Manifiesto a la Nación el 8 de enero por el que quedaban oficialmente disueltas las Cortes. Se definía el régimen con un “poder robusto cuyas deliberaciones sean rápidas y sigilosas, donde el discutir no retarde el obrar”, es decir, sin representación parlamentaria ni democracia, sino claramente una dictadura. Además se reconocía la Constitución de 1869, aunque quedaba en suspenso hasta que retornase la normalidad a la vida política. El ejército adquiría un claro protagonismo al convertirse en una especie de institución arbitral ante la división existente en España. Aunque hemos aludido a que se pretendía mantener el régimen republicano, en el documento no se utilizó el término de República. En el Manifiesto se quería dejar muy claro que la oligarquía española no debía temer nada del nuevo orden de cosas. Y aquí encontramos el principal factor que impidió la estabilización de lo que pretendía Serrano. Esa oligarquía estaba agradecida porque se había disuelto la Primera República, quedando abolida la alternativa democrática y social que suponía, pero otra cosa muy distinta era aceptar esta Dictadura. Lo que pretendía la burguesía española era una Monarquía que recuperase parte del sistema político liberal moderado o doctrinario, es decir, con una soberanía compartida, una Corona fuerte, sufragio censitario para elegir a las Cortes y mantenimiento del orden frente al desarrollo de los derechos. La burguesía francesa podía optar por una República moderada, habida cuenta de que no se podía volver a la solución monárquica, pero la española sentía pánico por la realidad republicana. Durante todo el año 1874 se sucedieron en Madrid un sinfín de reuniones y conspiraciones de signo monárquico, protagonizadas por políticos de signo conservador y miembros destacados de los poderes económicos. Serrano terminó quedándose solo, porque si no contaba con el apoyo de la oligarquía era imposible que le apoyase la pequeña burguesía progresista, los intelectuales y mucho menos el movimiento obrero.

El gobierno se empeñó en restaurar el orden y no puso ningún reparo al uso de la fuerza. En enero se disolvió la Internacional y se prohibió la prensa obrera, ya que suponían un atentado a pilares fundamentales del orden, como eran la propiedad y la familia. También se persiguió a los republicanos en todas sus modalidades. El cantón de Cartagena se rindió en el mismo mes de enero de 1874. Por otro lado, había que empeñarse en conjurar el peligro carlista. Serrano se puso a la cabeza del ejército en el norte, consiguiendo romper el cerco de Bilbao y, aunque no terminó la guerra, quedó muy clara que la derrota de los carlistas era una cuestión de tiempo.

Así pues, Serrano trabajó para una oligarquía y una burguesía que, en realidad, pretendía restaurar la Monarquía en la figura del príncipe Alfonso de Borbón. Para los defensores de la causa monárquica el principal problema era el método para restaurar la Monarquía: ¿a través de un pronunciamiento militar o por medios civiles y políticos? El principal valedor de la causa alfonsina era, como bien sabemos, Antonio Cánovas del Castillo. Había conseguido la abdicación de Isabel II y el apoyo de la Casa Real en el exilio parisino para luchar por la causa del príncipe. Pero el político malagueño no deseaba el método militar por la experiencia histórica y porque el empleo de la fuerza no parecía necesario, habida cuenta del creciente apoyo de los principales resortes de los poderes económicos, sociales y políticos españoles. No había que precipitarse a través de un pronunciamiento. Pero Cánovas no controlaba a todos los sectores y el general Martínez Campos se adelantó con el pronunciamiento de Sagunto el 29 de diciembre, a favor de Alfonso. El gobierno no se opuso. Serrano consultó con sus compañeros de armas, decidió renunciar y marcharse a Francia.

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