Cultura y Sociedad - 15/09/19

En la muerte de Javier Delgado

Como escribí hace tiempo, Javier Delgado Echeverría era muy de Andalán: “figuró pronto en su grupo de fundadores, el más joven de todos, ya por entonces miembro activísimo del PCE, y que nunca se cansaba de hablar, de escribir, de discutir, de proponer o de exigir pasos adelante. Escribió de todo, en casi todas las secciones. Educadísimo siempre en nuestras interminables veladas de los lunes, discreto aunque todos sabíamos qué hacía, de donde procedía. Su biografía posterior está contada y muy bien contada por él mismo en su libro de la BArC: una historia muy dura y muy hermosa (a la hora de contarla), antes, durante y bastante después de la muerte del general Franco, un papel muy destacado en el mundo universitario, en el mundo cultural zaragozano, en su partido”.

En su andadura hasta su muerte hace unos días (el domingo 8 de septiembre se le rindió un homenaje cívico por docenas de sus amigos), recorrió muchos caminos, a pie firme o tambaleándose, aprisa y corriendo, o a paso lento y pausado. Era una persona singularísima, que anotó en su atormentada biografía trazos y oficios de estudiante, joven comunista “liberado” y clandestino, librero, bibliotecario… hasta que la enfermedad traidora le dio la baja, luego la jubilación. Siempre, por su jovialidad, su inteligencia, su humor irónico o explosivo, sus verdades del barquero, fue querido, respetado, temido, tenido en cuenta.

“Mientras tanto” (palabras emblemáticas que le mantuvieron activo, en guardia, implacable, a la defensiva), escribió tenazmente, incansable. Fue estupendo poeta y divulgador de la poesía (El peso del humo. Libro de horas profanas (1988) o Amoramorte (2009), su impulso a las convocatorias y ediciones de ‘Poesía en el campus’); novelista y autor de relatos de diversa magnitud (de Érase una vez una niña a la inmensa María, que elevó a su madre a categoría de gran personaje, con graves disgustos familiares); estudioso del latín y el hebreo, al que le mordieron las grandes preguntas espirituales; animador del teatro y sus muchos experimentos; divulgador y defensor de la Naturaleza en todas sus formas (parques y jardines, plantas en el arte, libros como Ciudadanos árboles: Guía de los árboles de Zaragoza); historiador del tan importante y complejo mundo comunista aragonés (biógrafo de Vicente Cazcarra, editor de Manolo Gil, Floreal Torguet); amante de su ciudad, Zaragoza a la que hizo marina en un libro inconmensurable; amigo y discípulo de José Antonio Labordeta y estudioso temprano de su hermano Miguel;

Fue un nostálgico aun de lo no perdido, y sus reflexiones incluyeron intelectuales análisis profundos, poéticos o no (Ética de la resistencia, Memoria vencida, Uno de los nuestros). Y fue un gran activista social, como han recordado las noticias de toda la prensa: apoyando, acompañando, aconsejando, a diversos movimientos y luchas. Ecología y Desarrollo, partidos, sindicatos, movimientos vecinales, tuvieron siempre su presencia, escritos, solidaridad.

Sus dos puntales fueron siempre Ana, su compañera, Celia, su hija. Por ellas construyó un blog que sintomáticamente se titulaba “Renacer una y otra vez”. Con ellas le recordaremos como un luchador solo vencido, según nos contaba en julio, por esa imposible asimilación de la vitamina D, que le descubrieron hace diez años al indagar sobre un posible tumor cerebral, notando este verano, al interrumpir experminetalmente las inyecciones “los síntomas de su falta: gran cansancio y a la vez sobreexcitación, confusión mental, dificultades de movilidad…Te cuento esto para que sepas en qué estado estoy cuando leo y escribo. Empeñarme en hacerlo, sobre todo escribir artículos para Facebook  y para Heraldo es aferrarme a una tarea sin la cual estaría tirado en la cama durmiendo o en el sofá viendo cine o leyendo… y durmiendo…” Y luego, mostraba su gran preocupación por lo que no dudaba en calificar de “El desastre de la vida política española”, sobre lo que salió su último artículo, el mismo día de su muerte.

No mucho antes nos había mandado un cuento tremendo, “Despedida especial”, que comenzaba así: “A partir de ahora vas a ir perdiendo mi rastro, vas a ir desconociéndome, te voy a equivocar todas las pistas, las razones, los gustos, el dolor, vas a ir perdiéndome ante tus ojos: mi identidad se desvanecerá… Como en un mapa militar, voy a cambiar de sitio los lugares importantes, los pasos de montaña, las veredas que salvan barrancos, las entradas a las poblaciones, y te vas a perder más aún que si nunca hubieses mirado ese mapa que ahora trastoca la memoria y la llena de trampas en las que caerás”.

Un muy querido amigo, un gran escritor y pensador, un hombre de una pieza, que sabía lo que significaba la palabra compromiso. El querido Javier.

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