Patrimonio cultural - 30/03/21

ARTE Y CONCEPTO (III): Las lágrimas y la ‘Mujer llorando’ de Eleuterio Blasco Ferrer

Eleuterio Blasco Ferrer, ‘Mujer llorando’ (ca. 1950-1951), hierro.

Eleuterio Blasco Ferrer nace en Foz-Calanda y muere en la residencia de ancianos de Alcañiz el año 1993. Es, por tanto, un artista aragonés, pintor y escultor, cuyo estudio ha sido más objeto de citas que de monografías, hasta que llegó la de Rubén Pérez Moreno (Eleuterio Blasco Ferrer (1907-1993): Trayectoria artística, tesis doctoral Universidad de Zaragoza –dir. Concepción Lomba-, n.º 26, 2014). Su vida transcurre entre las tierras aragonesas, Barcelona y un largo exilio parisino que termina en 1985 con su regreso definitivo a España. Precisamente en una sala dedicada a él en el Museo de Molinos del Maestrazgo turolense podemos apreciar su obra, así como en el de Bellas Artes de la capital zaragozana. El periodo de creación más intenso y significativo se da entre los inicios de los treinta y la primera mitad de los cincuenta. De filiación anarquista, siempre se consideró un “artista del pueblo”. Nos interesa particularmente su trabajo en metal. Dice al respecto el Dr. Pérez Moreno (p. 692):

(…) un análisis más detenido de sus esculturas en metal, nos permite apreciar una intensa y sincera carga emotiva; una pátina de patetismo vinculado a la realidad negativa de la vida y con una tremenda carga de humanidad, junto a una interiorizada misión social del arte, muy relacionada a un cierto concepto anarquista de la obra artística –que arrastra de sus dibujos de los años treinta-, y a ciertas reflexiones de los surrealistas, razón por la que será en este “ismo” donde encuentre refugio su expresión plástica en pintura y dibujo.

Caricatura de E. Blasco por Cerdans, 1937.

Esta Mujer que llora data de 1950-51 y su paradero actual es desconocido. La base del busto, antebrazos terminados en sendas manos y, entremedio, un pañuelo. El lado izquierdo es opaco: la mano tapa al ojo y el rostro; el cabello se hipertrofia y es constitutivo de todo el volumen. El lado derecho se perfila sobre la nariz, la boca y la oreja. Paradójicamente, el vacío compensa la simetría y da más peso visual a esta parte de la cara sin masa. Es un volumen virtual. Concavidades recogen la luz mientras la convexidad la hace resbalar en sombras. La verticalidad de la base se contrarresta con el predominio de la curva en la cabellera y cara, una floritura modernista. La cabeza se retira hacia el lado izquierdo porque el dolor vence. Otra paradoja: el hierro, ese material tan duro aunque maleable, se ‘derrite’ con la humedad y triunfa la gestualidad expresiva.

Y es que de eso se trata. El resentimiento de una guerra perdida; la dureza de las experiencias en los campos de concentración franceses; el amargo exilio… dan la victoria a la carga emotiva, al patetismo de un llanto. Es evidente el parentesco formal con la obra de Pablo Gargallo (y su escultura en metal; y el uso del vacío) aunque a la contención del de Maella se opone la inquietud lírica de este focense.

El llanto emocional y cultural

Difícil para la naturaleza humana situarse entre estar agitada por las pasiones o bien sufrir la privación de ellas. Contrariamente a lo que pueda parecer, este último escenario puede llegar a constituir la más terrible de las pestes. Madame du Deffand decía que era “como la helada que hace morir todas las plantas, un gusto anticipado de la nada, (…) la más espantosa de las enfermedades del alma (J. A. Marina, El laberinto sentimental, p. 194). El otro de los extremos es la pasión, una de cuyas manifestaciones emocionales de mayor fuerza expresiva es el llanto.

Man Ray, ‘Lágrimas’, 1930

Tiene su fenomenología: en el ángulo externo de cada ojo, debajo de los párpados superiores y detrás de las cejas, se encuentran las glándulas lacrimales. Es donde sentimos ese ardor simultáneo al momento en el que los ojos se llenan de lágrimas (seguimos a Lucrecia Maldonado, “Las lágrimas: ese misterioso país”,  Alteridad, 2007). No nos referimos a las basales, esa lágrimas constantes que humedecen el ojo, sino a las emocionales provocadas precisamente por la emoción o el dolor fuerte que tapona los conductos del drenaje lacrimal que se encuentra en la comisura interior del ojo. Estas lágrimas se agolpan entre los párpados y se derraman por los bordes hacia fuera: la sangre se acumula; se enfría la nariz a la par que se enrojece; los ojos se irritan y los párpados se hinchan.

Solo el ser humano llora; como decía Darwin, es “específico de nuestra especie”, al igual que la sonrisa. Conocido –y muy utilizado- es el tema literario y artístico de oponer dos actitudes vitales ejemplificadas en Heráclito vs. Demócrito: el primero es el filósofo que llora, pesimista, triste serio, grave; el segundo, es el que ríe, optimista, alegre y burlón.

El llanto es un medio de comunicación que sirve de soporte (y extensión) a la expresión verbal porque el cuerpo dice muchas veces cosas que nos empeñamos en callar. Hablan las lágrimas y dicen: en la infancia, historias de hambre, molestia o fatiga,  para convertirse con el tiempo en un arma persuasiva hacia los cuidadores; después, más mayores, explican dolor y tristeza, y hasta alegría (por gratitud, reconciliación o reencuentro) y empatía, cuando nos solidarizamos con otro que llora. Antes del llanto, viene la valoración de un objeto, de un deseo, de un anhelo o una relación. Después, el duelo y la tristeza por su pérdida; la angustia o el miedo por temor a perderlo, o la lamentación y la desesperanza que produce la imposibilidad de alcanzarlo. También, como Quino hace decir a Mafalda, las lágrimas purifican la memoria, lavan la acción lamentable cometida antaño y la llevan al olvido porque pueden ser signo de arrepentimiento.

Quino, ‘Mafalda llorando’

No obstante, las lágrimas son también cultura (Tom Lutz, El llanto. Historia cultural de las lágrimas): ni se llora igual en todas partes; ni se llora igual en todos los tiempos; ni es lo mismo en hombre que en mujer. Se ha librado en ocasiones una batalla contra las lágrimas, a favor de su contención. Los héroes clásicos lloraban mucho (recuérdese a Aquiles, a Alejandro, a Odiseo…) porque no se consideraba desmedro de su valentía; La Biblia está llena de abrazos inundados de llanto. En la Edad Media, llora Francisco de Asís por pura emoción mística o el Rolland de Carlomagno, y todos su caballeros, hasta caer desmayados de sus caballos en el funeral de su líder. Después, sin embargo, hacia finales del siglo XVIII, comenzó a considerarse una actitud vergonzante, solo reservada a la literatura: si la razón vence al instinto, quien llora no razona; si la producción y la productividad vencen a la emoción, quien llora no compra ni trabaja. Afortunadamente, las actitudes represivas se ven vencidas últimamente y, frente a los “ojos secos”, el llanto, quizá amparado por la cultura feminista, vuelve a triunfar y nuestro mundo se hace más emocional y más llorón. Como bien decía Unamuno en Del sentimiento trágico de la vida:

(…) si pusiéramos en la calle las penas en común, resolveríamos muchas cosas (…) No basta la peste, hay que saber llorar. -¡Sí, hay que saber llorar! Y acaso esta es la sabiduría suprema.

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