Cultura y Sociedad - 30/05/10

Madres altaragonesas

La primavera es tiempo de nostalgia al regar nuestras raíces y recordar paisajes humanos  de los años 50 cuando éramos niños de la posguerra ajenos al drama social que nos envolvía.

Paisaje mágico para que zíngaros con osos y cabras improvisaran circos nocturnos. Pedían voluntarios y tras unos pases mágicos en el aire conseguían que los niños de Biescas sacaran de sus narices “duros de Franco” y de los bolsillos billetes de 25 y 100 pesetas. Por un momento eran niños adinerados. Había epidemias de “sarampión negro” y sobrevivían, según dicen, los niños que tomaban lactancia materna. En la escuela daban suplementos de leche en polvo y queso amarillo “de los americanos”. Las abuelas ofrecían bizcochos mojados en anís a sus nietos en el desayuno y la merienda era de pan con vino.

Aquel paisaje era una Arcadia Feliz para los chavales que correteaban por los montes, improvisaban esquís con tablas, jugaban entre las casas destruidas, subían a los árboles, patinaban en el río helado, hacían muñecos de nieve y lanzaban bolas a las chicas. Un empleado municipal hacía de quitanieves con su pala y encendía la estufa de leña para que los estudiantes pudieran acudir a la escuela. Se leían tebeos de Hazañas Bélicas, El Guerrero del antifaz y Roberto Alcázar y Pedrín, junto a la chimenea con los gatos enroscados en los pies.

Ahora recordamos que las madres altoaragonesas dibujaban el paisaje más humano con su capacidad de afecto y de sufrimiento. Lavaban la ropa en el río. Llevaban grandes fardos de hierba en la cabeza, cuidaban los campos y el ganado. Fabricaban el jabón en grandes tinajas. Preparaban la conserva. Cuidaban la casa y la familia con escasos recursos. Eran mujeres impresionantes. Nunca se quejaron. Eran heroínas anónimas.

Casi nadie recuerda que María Martínez fue madre de Joaquín Costa y cuidó su Atrofia Muscular Progresiva. En casa Ruata de Binéfar se conserva un retrato de Narcisa Ruata madre de Mariano Pano Ruata. En Peralta de la Sal, María Gastón dio a luz a José de Calasanz. Leonor Negro fue la madre de Pedro Cerbuna y otra hija de Fonz, Ana Maria de Montserrat y Ustaria fue la madre de Pedro Maria Ric. María Parera de Barbuñales tuvo dos hijos ilustres: Felix de Azara y José Nicolás de Azara. María Dolores Albás fue la madre de José María Escribá de Balaguer. María Fleta consiguió que su hijo Miguel llevara su apellido. Andrea Garcés tuvo 17 hijos siendo el más significado fue Ramón José Sender.

Antonia Cajal Puente, de Larrés, tuvo por hijo a un premio Nobel de Medicina: Santiago Ramón y Cajal, que la describe así en sus libros: “mi pobre madre, ya muy económicamente hacendosa, de suyo hacía increíbles sacrificios para descartar todo gasto superfluo y allanarse a aquel régimen de extraordinaria previsión. Era preciso a todo trance hacer economías”. Antonia Cajal amainó las iras de su estricto marido, Justo Ramón, y le envió alimentos secretamente a su hijo cuando estaba castigado a pan y agua por sus travesuras.

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