Internacional - 10/05/11

No me contéis más cuentos

Nos habían dicho y hemos repetido muchas veces que hay que ser buenos y solidarios. Durante veintitantos años he ido enseñando en las clases de Ética y Filosofía  y en el entorno familiar que no es de recibo imponer la ley del más fuerte o que el fin no justifica los medios. Desde los púlpitos se proclamaba el sinaítico “no matarás” o el evangélico perdón a los que nos han ofendido. A mediados de los setenta España fue dejando su caspa celtibérica y empezó a hablarse de democracia y de libertades. Personalmente, explicaba con pasión en las aulas la ética de Aristóteles y sobre todo la de Kant como un maravilloso himno a la coherencia personal y ciudadana. Sin embargo, hoy no sé muy bien qué podría ya decir y enseñar, pues el despropósito moral y la demolición –por acción u omisión- de ciertos valores éticos fundamentales se van adueñando de los foros oficiales del mundo.

Malo es que las fuerzas especiales de un país realicen complejas operaciones militares dentro del territorio de otro país, con desconocimiento de éste último. Malo es que los perpetradores de esa acción se escuden en la defensa de la democracia y las libertades para acabar con el cabecilla de otras acciones terroristas anteriores en su propio territorio (entiéndase, Torres Gemelas; los aviones estrellados contra el Pentágono o sobre el Estado de Pensilvania aún están envueltos en una espesa bruma de preguntas sin respuesta). Debe de haber tal sarta de gruesas mentiras encadenadas en el asalto al búnker de Ben Laden que ya hay mil y una versiones distintas de lo allí ocurrido, todas ellas procedentes de la Casa Blanca y de la CIA, inventoras del último concepto falaz en la historia de la ética: la defensa propia nacional. ¿Acaso Adolph Hitler no acudió a ese mismo concepto para invadir media Europa, apelando a la afrenta que suponía el Tratado de Versalles?

El resultado final hasta la fecha es que no solo han disparado en la cabeza y rematado en el suelo a un Osama que simultáneamente había disparado, estaba desarmado y solo hizo ademán de empuñar un arma que tenía a su vera, sino que el soldado de los Navy Seals que ejecutó a Ben Laden es condecorado en secreto, si bien su identidad quedará en el anonimato “por razones de seguridad”. Lo que aún no queda claro es si tal acto heroico y digno de condecoración se perpetró en la propia casa del finado o en el helicóptero de regreso o dónde. Más aún, llevado por mi propia paranoia y por poco que conozca a esa gente por otros hechos análogos, dudo de que la mal llamada ¡inteligencia! norteamericana, más retorcida que un olivo milenario, se haya privado de interrogar previa y exhaustivamente a tan suculenta presa. Si finalmente lo han matado y cómo y dónde es ya harina de otro costal.

Cuatro cadáveres acribillados dejaron el soldado condecorado y sus compañeros, amén de dieciséis personas más maniatadas con esas bridas de plástico que salen en algunas series de televisión. Entre ellas, nueve niños de entre 2 y 12 años y tres mujeres. La niña mayor (12), hija de Ben Laden, declaró a la prensa que su padre fue capturado vivo y ejecutado después por los  bizarros soldados de las fuerzas especiales estadounidenses.

Pero eso no es lo peor. Lo peor es que, por ejemplo, la  ministra de española Asuntos Exteriores, Trinidad Jiménez, se haya limitado a declarar que existe “cierta confusión” en las informaciones sobre la captura y posterior muerte de Ben Laden. ¿Ha pedido algo más? Sí, “tiempo” para aclarar “algunos detalles”. Lo peor es también que el Presidente Rodríguez Zapatero (¿dónde le habrá quedado ya la retirada fulminante de las tropas españolas de Irak?) haya justificado en el Congreso todo este embrollo con un “Osama se lo ha buscado” y le resulte “entendible” que “las circunstancias hayan dado lugar al resultado de la operación” (ejemplo nítido de cómo no decir absolutamente nada tras pronunciar un enunciado aparentemente rutilante), amén de escudarse tras que la posición española es “la posición de la comunidad internacional”.

Y me llueven las preguntas, en cueros, descarnadas, inseguras ya de su función, pero que se cuelan en el tuétano mismo de mi mismidad: ¿la legalidad internacional es hoy algo más que la ley del más fuerte y una historia escrita por los ganadores? ¿La ONU y su Consejo de Seguridad resisten ya el más mínimo examen crítico de su función real?¿Hacen y deshacen las grandes potencias a su antojo y solo en su propio beneficio en el panorama económico, político y militar? ¿Es que acaso no se está justificando la tortura al aceptarla como “ayuda” utilizada en Guantánamo para localizar a Ben Laden? ¿Alguien podría defender en otras circunstancias y aplicado a cualquier otro ámbito que el fin no justifica los medios? A estas alturas de la partida, ¿resulte creíble Zapatero al afirmar que las tropas españolas en Afganistán “están ahí para garantizar el futuro de un Afganistán democrático”’?

Dice Obama que no mostrará la fotografía de Osama muerto, pues “una imagen tan explícita puede incitar a nuevos episodios de violencia”. Y en el colmo del extravío ético, vete a saber si Obama no se estaba refiriéndose a un nuevo 11-S, en el que los suyos pudieren volver a ser víctimas, olvidando de raíz la violencia continua a la que someten al mundo sus tropas de élite, sus asesores, sus agencias de inteligencia y los miembros del Tea Party, en sus múltiples ramificaciones y modalidades.

La violencia de Al Qaeda es execrable. Pero lo que siempre olvidan los bienpensantes  es que no es gratuita.

No me contéis más cuentos, /que vengo de muy lejos /y sé todos los cuentos. /No me contéis más cuentos. /Contad /y recontadme este sueño. /Romped, /rompedme los espejos. /Deshacedme los estanques, /los lazos, /los anillos, /los cercos, /las redes, /as trampas /y todos los caminos paralelos. /Que no quiero /que me arrullen con cuentos,/ Que no quiero, /que me sellen la boca y los ojos con cuentos, /que no quiero que me entierren con cuentos, /que no quiero verme clavado en el tiempo, /que no quiero verme en el agua, /que no quiero verme en la tierra tampoco, /que no quiero, a su ovillo, como un hilo de barba sujeto. /Quiero verme en el viento, /quiero… ¡quiero!… sueño… ¡sueño! / Soy gusano que sueña… y sueño /verme un día volando en el viento (León Felipe).

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