Lugares, personas e ideas - 26/09/12

Mi encuentro con François Mauriac en Burdeos

François Mauriac

François Mauriac, novelista, poeta, filósofo,  crítico, periodista y ensayista, fue uno de los escritores católicos más importantes del siglo XX.  Nacido en Burdeos, vivió casi toda su vida vinculado a sus raíces bordelesas. Estudió Filosofía y Letras en Burdeos y París. Los personajes de sus novelas  se debaten entre sus deseos de pureza y sus pasiones. Formó parte activa de la Resistencia Francesa contra la invasión nazi y recibió la gran cruz de la legión de honor. Fue miembro de la Academia Francesa  que  le concedió en 1925 el Gran Premio de novela por su obra “El desierto del amor”, Fue premio Nobel de Literatura en 1952.


Llegamos a Burdeos, la ciudad bañada por el río Garona que como un espejo la cruza y crea con una bella curva que más parece una sonrisa, el famoso Puerto de la Luna, patrimonio de la Humanidad, ese tramo de su orilla izquierda entre el barrio de Chartrons y el puente de Piedra, que es un bello paisaje urbano.

Bordeando el flujo majestuoso del agua, se levanta un conjunto impresionante de fachadas que lo acompaña un tramo en su discurrir hacia el Atlántico, como si le hiciera la corte. La ciudad debe su impulso inicial al intenso comercio con Oriente, cuyos barcos ascendían hasta los muelles que jalonan el Garona, y cuya riqueza construyó entre los siglos XVII y XVIII el rostro de jardines y palacios de piedra clara que se asoman al agua.

En el quai Richelieu encontramos hitos monumentales, como la Porte Bourgogne, rodeada de palacios; el Pont de Pierre, que cruza el río; la Porte Cailhau y la plaza de la Bolsa, cerrada por las columnas del Museo de las Aduanas, el Palacio de la Bolsa y la hermosa fuente de las Tres Gracias.

En la explanada de Quinconces la preside el monumento a los Girondinos, en homenaje a los diputados de Burdeos condenados en 1792, durante el terror de la Revolución. En el centro una columna de 43 metros con dos impresionantes fuentes de bronce dedicadas a la República y a la Concordia, y en lo alto, una alegoría de la Libertad rompiendo las cadenas de la opresión. Se rinde también honores a Montaigne y a Montesquieu con sendas esculturas.

En el centro neurálgico de la ciudad la place de la Comèdie, junto al Gran Teatro y cerca de la encrucijada de la Place des Grans Hommes, donde confluye una red de importantes personajes de Francia como Buffon, Rousseau, Montesquieu, Diderot, Voltaire, Montaigne. E n La Cours de l’Intendance , se encuentra el Instituto Cervantes, última morada del gran pintor Goya, donde murió y pinto La famosa “lechera”, considerada por algunos críticos su testamento artístico.

En la Rue de la Porte Dijeaux, la ciudad se peatoniza y descubro el ensamblaje entre el casco antiguo, la ciudad del XVIII y la contemporánea.

Paseando, llegamos ante la catedral de San Andrés, una bella Virgen de cobre dorado remata sus agujas y pináculos, y un grandioso interior adornado  en un gótico maduro de imágenes, esculturas y luz. Desde aquí, detrás del Hôtel de Ville, el Museo de Bellas Artes. Tiene un fondo de 3.000 obras: El Perugino, Tiziano y El Veronés, pasando por Van Dyck o Rubens, Pitoni, Couture, Delacroix, Renoir, Matisse, Picasso y Braque. Una importante y bella colección.

Tras visitar el Museo de Aquitania, que recorre la identidad de Burdeos desde la edad de piedra hasta el siglo XX: utensilios, mosaicos, estelas, frisos y fotografías y la iglesia de Saint Michel con la torre de campanas (la segunda mas alta del país) que se encuentra edificada exenta de la iglesia (como algunos campanilles italianos), mis pasos se dirigen al barrio gótico, que dormita su pasado histórico entre la plaza de los Capuchinos y Saint-Michel.

Callejeando entre la malla de callecitas en una vieja librería encuentro por casualidad un ejemplar bellamente encuadernado, hojas de biblia, tapas rojas y lomo historiado en oro desvaído. Primero fue el placer de mi mano al cogerlo, acariciarlo y abrirlo con suavidad disfrutando de la dulzura del peso, del olor del tiempo, de la patina de lo viejo bien cuidado y el placer se acrecienta al leer el nombre del autor: François Mauriac.

 

Burdeos. Puerto de la luna. Patrimonio de la Humanidad

 

 

 

A Mauriac lo descubrí por primera vez en la librería de mi padre en el Coso de Zaragoza , la obra se titulaba “Nudo de víboras” un retrato implacable de la humanidad que me hizo pensar en un Dostoievsky reconcentrado.

Nació en Burdeos un 11 de octubre de 1885 en el seno de una familia burguesa profundamente católica de las Landas francesas. Fue soldado en las dos Guerras Mundiales y apoyó la República durante la guerra Civil española. Vivió entre París y Malagar, su refugio tranquilo y literario a 50 Km de Burdeos.

Mauriac debuta en la literatura con la poesía. En esta primera etapa forja una intensidad lírica de signo romántico. Pero es sobre todo en la novela donde  se desarrolla y es más conocido.

El siglo avanza y la historia de la literatura adopta la expresión de la sociedad y también la expresión rebelde de algún escritor contemporáneo. La época del siglo XIX y XX, ha suscitado un cambio de panorama, la literatura se hizo fiel a la imagen de las vivencias y problemas sociales, poniendo de actor principal a la moral.

Mauriac, aislado de los círculos literarios de París, admiraba a los poetas divinos Rimbaud, Baudelaire y los grandes moralistas franceses, Pascal y Montaigne. Siente la necesidad de retratar el ambiente en el que ha crecido, la sociedad burguesa, familiar y rural  de las Landas. Aunque él dice que no describe, ni observa, sino que recuerda y el recuerdo es el motor de su arte, su búsqueda.

Expone los conflictos del ser humano a partir de las tradiciones religiosas y sociales y la sexualidad como elemento fundamental en el desarrollo del hombre y sobre todo el enfrentamiento entre las pasiones y la fe desde una atormentada perspectiva católica. Pero  a diferencia de otros autores, también atraídos por el misterio del dolor y del mal, como Graham Greene, aquí es más perceptible el influjo de la gracia.

En El beso al leproso, novela sorprendente en su argumento, desciende a los abismos de la tentación manteniéndose constantemente en el filo, donde se dan las grandes luchas entre el bien y el mal, entre Dios y el demonio. Le consagró como escritor y le abrió el camino para que en 1933 fuera nombrado miembro de la Academia Francesa.

En El desierto del amor, teje una narración bellísima, con los frágiles hilos de la pasión y el enamoramiento. La culpa y la esperanza de perdón conviven con buen efecto novelístico que resuelven con delicadeza una compleja problemática, de vigencia intemporal.

En El mico, entra de lleno en el mundo tortuoso de las pasiones que destrozan lentamente a quienes las padecen.

Otras obras suyas son Therese Desqueyroux, El misterio Frontenac, El fin de la noche, La Farisea…

Editó las revistas Les Lettres Francaises y Le Cahier Noir. ” Colaboró con el periódico “Le Figaro” y más tarde al recién creado “L’Express” con una serie de artículos periodísticos sobre política. Como ensayista escribe un volumen sobre teoría literaria.

Mauriac escritor casi olvidado en la actualidad, fue para los agnósticos pacato y para los católicos practicantes un sacrílego.

Entre sus muchos escritos y frases encuentro esta:

“Soy un metafísico que trabaja sobre lo concreto. Trato de hacer perceptible, tangible y oloroso el universo católico del mal. Los teólogos nos dan una idea abstracta del pecador. Yo lo doto de carne y hueso. Cada novelista debe inventar su propia técnica y esa es la verdad. Toda novela digna de llamarse tal es igual que otro planeta, grande o pequeño, que tiene sus propias leyes, así como sus propias flora y fauna”.

Fallece en París el 1 de septiembre de 1970.

Cenamos en el “Gran hotel de Burdeos”, frente al Gran Teatro. La decoración es suntuosa y elegante. Sobre la mesa, un jarrón con una orquídea, copas brillantes y una vela cuya luz apenas rasga la penumbra.

El pianista interpreta “Viaje de invierno”, de Schubert, una de las últimas obras del compositor, basada en los poemas de Wilhelm Muller.

 

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