Historia y Política - 26/06/21

La calidad democrática: algunos apuntes sobre el caso español

 

Carlos Fernández Bañeres

Chris Huhne, nº 2 de su partido, renuncia a su asiento en el Parlamento Británico y presumiblemente, dejará la política. ¿Razón? Hace diez años, le “pasó” una multa de tráfico a su mujer para no perder todos los puntos del carnet. Puede ser acusado de obstrucción a la justicia y terminar en la cárcel.

Un obispo bendice nuevas instalaciones, acompañado de Fraga Iribarne y Adolfo Suárez

Se trata de una noticia referida al Reino Unido en 2013. Aquí, el hecho causó primero sorpresa, luego curiosidad y luego… conatos de hilaridad. En España, ocho años después, más de 40 años tras el restablecimiento de la democracia, dos individuos, un ex-comisario de policía y el tesorero de un partido político, siguen haciendo temblar las redacciones de los medios… y la democracia. Aquí, el primer presidente de la democracia actual y piloto de la transición, vestía camisa azul unos meses antes. A lo mejor él no, pero la mayoría de sus correligionarios, y los del partido a su derecha -en el poder durante diferentes legislaturas, primero de la oposición y gobernando ahora mismo varias regiones y ciudades-, aceptaron el cambio de régimen de mala gana: “Vale, si el sucesor a título de Rey dice que ha de ser así, sea, pero de lo demás nos encargamos nosotros, a nuestra manera, a la de siempre”. Manuel Fraga, en el acto fundacional de Alianza Popular (antecedente del actual PP) de marzo de 1977, declaraba: “Creemos en la democracia, pero en la democracia con orden, con ley y con autoridad».

Estamos en una democracia joven. Nos faltan aún unos cuantos años para que los votantes se avergüencen de sus propios candidatos. Ya saben lo que dijo Roosevelt del dictador nicaragüense Somoza: “Sí, es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta” (la frase le debía gustar tanto a Kissinger que se le atribuyó en referencia a Pinochet). ¿Cómo se puede arreglar esto? Pues resulta que quien podría poner freno a Villarejo o a Bárcenas es el propio PP, simplemente, no entorpeciendo las investigaciones. La justicia se las ve y se las desea para desentrañar las múltiples madejas, sencillamente porque aún tienen mucho que ocultar. Todos los tesoreros de ese partido desde su fundación, menos el actual y menos uno que se murió antes, han estado o están investigados, juzgados o condenados por corrupción. Mal rollo, como dicen los jóvenes. Donde hay tradición democrática, la prensa es inmisericorde, y los propios votantes reniegan del corrupto; luego, la justicia, rápida y certera, hace el resto. Todo esto es parte de la tradición democrática. ¿Cuánto nos queda? ¡Cuánto nos queda!.

El ex-comisario Villarejo y Bárcenas

La mayoría de los votantes de los partidos de derecha, en sus diferentes presentaciones, están aún en el anterior régimen. “Vale, democracia, pero a nuestro estilo. Y si no gobernamos nosotros, es ilegítimo”.

 

 

 

Las cloacas siguen apestando, y apestarán si no se llega al fondo y se limpian a conciencia. Y todo ello no es posible mientras no haya un partido de derechas normal (de todo tiene que haber), un partido con sentido de Estado, un partido en el que sus límites infranqueables no terminen donde empiezan los de los partidos de derechas normales, aquellos de los países con tradición democrática: En Francia, Alemania… esos partidos asumen gran parte de los premisas que aquí se reservan para la izquierda y, sobre todo, les repugna la corrupción. Además, se niegan en redondo a aceptar ni una sola palmadita de los partidos de la extrema derecha.

Fosa común de Monturque en Córdoba (J. M. Baquero, elDiario.es)

Es fácil: se puede ser conservador, capitalista, creyente… pero no se puede mentir ni robar que, por cierto, son pecado. Aquí, sin embargo, aún estamos en si son galgos o podencos, aún hay una fundación Francisco Franco de la que se discute todavía si puede seguir siendo legal  y aún hay casi 100.000 muertos sin enterrar. Una guerra, sobre todo si es civil, no puede terminar si no hay una clara intención de reconciliación. Una guerra sólo termina cuando 1), se rinde una de las partes; 2), se intercambian los prisioneros y 3), se entierra a los muertos.  Aquí falta la tercera premisa, y el partido fundado por un exministro de Gobernación de la dictadura que decía que la calle era suya no quiere saber nada de eso. Quien impide que los vencidos puedan siquiera enterrar a sus muertos no tiene ningún interés en la reconciliación. Dieron el golpe de estado, ganaron la guerra, represaliaron a los que no pudieron huir, pero no tienen suficiente. Siguen pensando que el poder, o es suyo o de nadie. Quousque tandem… etc.

 

 

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