Publicaciones - 23/12/16

Leonardo Romero Tobar, Goya en las literaturas, Marcial Pons, 2016

Goya en las literaturas es un libro que ha ido creciendo despacio, paralelo a la vida de Leonardo Romero en Zaragoza, donde ha ejercido como Catedrático de Literatura Española en nuestra Universidad, dando lugar a entregas desde los años noventa y que finalmente ha adquirido su forma definitiva no como una acumulación de estos trabajos previos sino con una cuidadosa refundición de los mismos. Una tarea ardua, sin duda, porque a veces implica reducir a unos párrafos lo que antes fue un trabajo más extenso y minucioso.

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La complejidad de su asunto requería esta elaboración morosa de reposado encaje de datos y conceptos procedentes de obras literarias escritas en diferentes lenguas y con el tema común de Goya. Explicar lo evidente no es nunca fácil. Explicarlo bien es siempre sumamente difícil. Este libro lo ilustra a la perfección. La evidencia de partida es la enorme e incontestable importancia de la obra de Francisco de Goya y Lucientes en la cultura universal. Su carácter de «faro» de la modernidad que le fue ya reconocido por Baudelaire en un célebre poema, «Les Phares», donde lo emparejó a pintores tan potentes como Rubens, Leonardo, Rembrandt, Miguel Ángel, Watteau y Delacroix. Decía de él: «Goya, la pesadilla de ignotas cosas llena, / fetos que se cocinan en medio del sabbat, / viejas ante el espejo, niñas todas desnudas, / que las medias se ajustan tentando a los demonios.»

Es cierto que Baudelaire recurría a tópicos de la visión romántica de España en estos versos (una cultura llena de supersticiones, mujeres tentadoras con sus celestinas) y a Goya como producto de esta, pero no lo es menos que en otros textos acertó a caracterizarlo como uno de los creadores de la caricatura moderna, siguiendo a Gautier, que ya lo había calificado como «caricaturiste fantastique». El humorismo moderno más radical y corrosivo tenía en el pintor aragonés para ellos uno de sus máximos representantes. Uno de los maestros de la modernidad por lo tanto y en consecuencia su vida y sus obras se constituyeron desde pronto en modelos y han ido produciendo una ingente cantidad de literatura, cuyo estudio es el objeto de este libro.

El reto asumido por Leonardo Romero es extraordinario por la amplitud y por la complejidad del asunto, ya que abarca dos siglos largos de recepción de la vida y de la obra de Goya en diferentes lenguas, focalizando la atención en la literatura creativa a que ha dado lugar tanto la figura del pintor como sus obras en diferentes géneros literarios. Su intento cuenta sobre todo con un célebre precedente, el libro de Nigel Glendinning Goya y sus críticos (1977, trad. 1982), quien analizó sobre todo cómo fue biografiado a lo largo del tiempo y cómo fue recibida su obra por la crítica. Un libro admirable de cuya publicación han transcurrido más de cuarenta años durante los cuales han seguido creciendo exponencialmente la literatura sobre Goya y su prestigio de creador de la cultura moderna. Era necesario por tanto no solo completar el repaso crítico del inolvidable hispanista británico sino ponerlo al día, tal como se hace extendiendo las averiguaciones hasta 2015 y desarrollando una perspectiva diferente: indagando en la literatura biográfica y literaria a que ha dado lugar. Goya constituido en «tema» literario, muy productivo en la poesía lírica, en la narrativa, en el teatro o en el cine. El objetivo del libro queda manifiesto en su «Preliminar»: «Leer el mayor número posible de estos textos y situarlos a la luz de los cambios axiológicos y estéticos producidos en los dos últimos siglos ha sido el objetivo que he perseguido al escribir este libro del que el lector sabrá disculpar las ausencias y discutibles apreciaciones. Los varios centenares de textos que se comentan en este volumen me han invitado a trazar un discurso accesible para el mayor número de lectores, exposición en la que se atenúan las discusiones técnicas para centrar la atención en los aspectos que considero de mayor interés para el tema Goya.» (p. 11)

Siete capítulos y dos apéndices, el primero con la bibliografía selectiva que sustenta el estudio y el segundo con una enumeración cronológica de los textos sobre los que teje la trama de su ensayo, es la forma en que se ofrece organizado el libro, cerrándolo además con útiles índices onomásticos de nombres y títulos, indispensables en un ensayo de estas características para la localización de las obras y de los autores mencionados. Nada por lo tanto se ha dejado al azar, aunque se ha buscado un discurso ensayístico apropiado para un lector de cultura media. Un ensayo de alta divulgación tal como esta se entiende en el mundo anglosajón: rigurosa, pero sin una ostentación excesiva de la erudición. El riesgo de un ensayo de estas características es que se convierta en un mero ensartado de referencias, en una bibliografía más o menos completa sobre el tema, pero de árida lectura. No es el caso, ya que tras un primer capítulo sobre «La fabricación del tema literario» que hoy llamamos «Goya» (pp. 13-51), para entendernos, se procede un seguimiento del mismo en los diferentes géneros literarios.

Algunos hechos han tenido especial relevancia en la construcción del «tema Goya» durante estos dos siglos: el cambiante status del artista en la sociedad española en los años en que vivió el artista, la creciente apreciación internacional de su obra a la par que se formulaba la visión romántica de España, que convirtió al pintor aragonés en un genuino representante del genio español, una de las máximas figuras de la «escuela española de pintura» donde se le colocó al lado de grandes maestros como El Greco, Velázquez o Murillo, convirtiéndolo en la práctica en el puente entre nuestros pintores clásicos y la pintura moderna. Si por este lado se le reconocía su excepcional calidad como pintor, por otro, algunas anécdotas repetidas una y otra vez hicieron de él un impetuoso hombre romántico, mezcla de torero y bravucón, perseguido por la Inquisición por sus ideas de filósofo y por sus aspectos críticos. Una personalidad, que se perfilaba ya compleja y contradictoria.

Algunos hechos conformaron definitivamente su gloria: la exhibición de obras en el Museo Español de Luis Felipe (1838-1848), la exposición de las llamadas Pinturas negras en la Exposición Universal de París en 1878. O en otro orden de cosas, tuvo enorme importancia en su canonización el traslado y repatriación de sus restos desde Burdeos en 1900 para inhumarlos junto con los de Juan Meléndez Valdés, Leandro Fernández de Moratín y Juan Donoso Cortés, lo que dio lugar a un despliegue de actos y escritos que ha analizado con minucia Jesusa Vega en su magnífico libro Goya 1900. Siguieron memorables exposiciones de su obra o en 1928 la celebración del centenario de su muerte, que constituyen hitos indispensables para su sacralización. El «tema Goya» estaba por tanto asentado, su productividad literaria garantizada.

Un primer acierto de Leonardo Romero es presentar encarnadas en Goya las contradicciones de la modernidad en nuestro país, su ambivalencia. Y mejor aún, su seguimiento en la literatura goyesca a que ha ido dando lugar, empezando por el repaso de biografías románticas o las nacidas de la conmemoración del centenario. Después repasando poesía con impronta goyesca desde los contemporáneos de Goya hasta la guerra civil española (cap. II) y posterior (cap. III). El corte no es azaroso o arbitrario, sino que los beligerantes en acudieron a su obra para apuntalar su patriotismo o su reflexión amarga sobre la confrontación entre hermanos. No en vano había sido testigo de otra cruel guerra civil en 1808 de la que dejó imágenes que son hoy emblemas universales del repudio de los desastres de la guerra. Se había ido acrecentando la consideración de Goya como implacable crítico de las clases dominantes en sus sátiras, adquiriendo su pintura un valor moral y de enaltecimiento de la nobleza popular. Y fue imponiéndose su carácter visionario, añadiendo un nuevo arco al puente tendido sobre la modernidad de Goya por Baudelaire, que subrayaba Rubén Darío en Cantos de vida y esperanza (1897): «Poderoso visionario, / raro ingenio temerario, / por ti enciendo mi incensario. / Por ti, cuya gran paleta, / caprichosa, brusca, inquieta, / debe amar todo poeta.»

Savia por tanto Goya de nuestra modernidad poética. Se ha salvado en el libro la presentación de los textos poéticos como un mero hilván de citas agrupándolos con relación a lugares significativos de Goya (El Prado, San Antonio de La Florida), a géneros de su pintura: los retratos, la obra gráfica y las Pinturas negras (no pocos poemas se basan en el tópico del ut pictura poesis), agrupándolos en torno a los temas de la violencia bélica y la denuncia política; o, en fin, dando relevancia a algunos libros singulares.

Sin lugar a dudas, lo más complicado de ordenar y categorizar es «El Goya novelado», que da lugar a dos capítulos, el así titulado (cap. IV) y «Goya en la narrativa posterior a las guerras de España y Mundial» (cap. V). El camino recorrido va de la biografía claramente novelada o novelas inspiradas en episodios de su vida a la creación de novelas a partir de sus imágenes. Es en este territorio donde la potencia inspiradora y germinativa del «Tema Goya» es más esplendorosa. Goya personaje de relatos románticos empieza a ser llamativo de la mano de novelistas como Pérez Galdós que lo redime de tratamientos anecdóticos anteriores y aprovecha la capacidad sugestiva de sus pinturas en muchos momentos (159-176); su vigoroso trazo inspira el de las pinturas y escritos de José Gutiérrez Solana (177). Iba a ser seguido por otros novelistas —Pardo Bazán (La sirena negra; La quimera) o Blasco Ibáñez (La maja desnuda) son hitos relevantes en el cambio de siglo— y cada vez más con un horizonte internacional donde se suman biografías novelas con novelas históricas inspiradas en su obra. O Goya personaje en biografía y/o novelas basadas en otros personajes.

Dada la variedad de formas narrativas del siglo pasado y del actual se ha diferenciado un apartado sobre «Novelas de focalización específica» (223 y ss.) acotando «Enigmas policiacos» con temas como el del cuadro robado o la explicación de un misterio de la vida del personaje. El más llamativo resulta el inquietante asunto de por qué o quien separó su cabeza del conjunto del cadáver de Goya, objeto inevitable de varias novelas o de algún ensayo memorable como el librito de Juan Antonio Gaya Nuño, aquí no nombrado, La espeluznante historia de la cabeza de Goya, que con su apariencia de ensayo, no deja de ser un inquietante relato más.

Un segundo grupo de «Novelas de focalización específica» son las que presenta bajo el marbete de «Comitivas macabras y escenas de locos»; otras sobre «La brutalidad bélica», otras, acerca de «Falsificaciones y copias»… Es decir, el «tema Goya» se ha ido aprestando con las nuevas modalidades narrativas: tan potente, sugestivo y variado son su mundo personal y su obra plástica.

Del amplio acervo de novelas y cuentos comentados me ha gustado especialmente el enorme esfuerzo de síntesis que se ha hecho para ofrecer sus tramas resumidas, sus técnicas narrativas y su posible clasificación genérica. Algo que se repite en el capítulo VI «Goya en escena. La pintura teatralizada» donde se repasan piezas teatrales de inspiración goyesca, unas castizas como la zarzuela Pan y otros (1864), de José Picón y música de Asenjo Barbieri, otras expresión de un modernismo ya casticista como La maja de Goya (1910), de Francisco Villaespesa y otras, en fin, conformando una de las series más relevantes del teatro español del siglo XX arrancando de la famosa formulación valleinclaniana de «El esperpentismo lo ha inventado Goya» en Luces de bohemia. Un verdadero eslogan que han seguido otros: Rafael Alberti (Noche de guerra en el museo del Prado), Buero Vallejo (El sueño de la razón, 1970) o el Goya. Dramaturgia sobre la vida y la obra de Francisco de Goya y Lucientes (1996) de Alfonso Plou.

En un último capítulo se realiza una aproximación a «Goya y el séptimo arte», recalcando un aspecto: los guiones cinematográficos, una forma literaria que tiene su propio valor y que ofrece ejemplos tan valiosos como el de Buñuel, La Duquesa de Alba y Goya (ed. 1992) o Goya en Burdeos (ed. 1999), de Carlos Saura.

Hay un aspecto más que quiero destacar y es la atención que se ha prestado a los autores aragoneses que han sentido como muy suyo el legado de Goya; un breve repaso sin ánimo exhaustivo: biógrafos madrugadores como el coleccionista de su obra Valentín Carderera, las impagables cartas de su amigo Martín Zapater publicadas parcialmente por su sobrino Francisco Zapater y Gómez en Goya. Noticias biográficas (1868) o Cipriano Muñoz y Manzano, el Conde de la Viñaza, autor de un pionero intento de catálogo razonado; historiadores posteriores como Julián Gállego; periodistas desde Mariano de Cavia o José García Mercadal a Juan Domínguez Lasierra; se repasan poemas dedicados a Goya por José Mor de Fuentes, Jerónimo Borao en el siglo XIX; en tiempos más cercanos Miguel Labordeta, Ildefonso Manuel Gil, Benedicto Blancas, Mariano Esquillor Gómez, Guillermo Gúdel, Miguel Luesma Castán, José Antonio Rey del Corral; José Luis Alegre Cudós, Ángel Guinda, etc.

Novelistas: Benjamin Jarnés, Ana María Navales, Ángeles Irisarri, José Luis Corral, Javier Sierra. Cosa de brujería parece que no aparezca Ramón Sender en el índice de nombres cuando tan significativos textos escribió y que se analizan en el libro: O. P. (Orden público) (1931), Viaje a la aldea del crimen (1934) (p. 188); o luego la trilogía: La noche de las cien cabezas. Novela del tiempo en delirio (1934) o después Aquí estamos (1958) y Las criaturas saturnianas (1968), muy bien comentadas en las páginas 231-232. Dramaturgos: Alfonso Plou. Cineastas: Luis Buñuel, Florián Rey o Carlos Saura. Algún inclasificable como Antonio Fernández Molina. O textos nacidos de obras emblemáticas no siempre bien interpretadas como el llamado «perro hundido», objeto de ensayos míticos y pinturas vanguardistas como las de Antonio Saura y su inquietante ensayo El perro de Goya.   Lo que importa. En el espejo de Goya se mira inevitablemente la cultura aragonesa cuando trata de remontar el baturrismo y volar por los cielos de la modernidad.

El libro es un espléndido balcón desde el que se contempla la significación de Goya no solo a nuestra cultura más cercana sino la literatura universal. Asomados a él se nos ofrecen a los lectores múltiples incitaciones y sugerencias para leer o releer varios centenares de textos donde la savia de Goya es la fuerza que ha impulsado su crecimiento. Goya se cuela por los intersticios más impensados de nuestra cultura.

Mérito destacable de Goya en las literaturas es que presenta las obras literarias ordenadas de tal manera que tan importantes son las referencias concretas como las grandes árboles. Todo es necesario en un buen y amplio paisaje panorámico. Es así como se construye o se pinta, si se prefiere ya que hablamos de diálogo entre diferentes artes, un libro de estas características que sin duda va a tener un lugar propio dentro de la bibliografía sobre Goya. Es una guía perfecta para no perderse por el inmenso bosque que constituye hoy el «tema Goya» en diferentes literaturas. Con ella es fácil cruzar esta floresta o pararse y contemplar un texto o textos singulares, ahondar en ellos sin temor a errar en cuales son sus claves fundamentales porque Leonardo las ha fijado en su ensayo con sobriedad no diré ya anglosajona —que no viene al caso— sino burgalesa, castellana. Goya en las literaturas es un fruto maduro y bien sazonado de este castellano trasplantado y recriado en Zaragoza que se siente aquí en su propia casa y a quien muchos reconocemos y agradecemos su magisterio.

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